sábado, 28 de junio de 2025

Jorge Isaacs: El Romántico de la Literatura Colombiana

 Imagen en blanco y negro del escritor Jorge Isaacs


Jorge Isaacs (1837–1895) fue un novelista, poeta, político y educador colombiano cuya obra más célebre, María, lo consagró como uno de los grandes exponentes del romanticismo en América Latina. 

Su vida estuvo marcada por contrastes: riqueza y ruina, ideales patrióticos y desencanto, éxito literario y abandono editorial. Sin embargo, su legado permanece vivo gracias a la sensibilidad y lirismo que imprimió en cada página.

Infancia y Juventud

Nació el 1 de abril de 1837 en Cali, en el seno de una familia próspera de ascendencia inglesa y criolla. Su padre, George Henry Isaacs, fue un empresario de origen inglés que se estableció en Colombia como comerciante. Su madre, María Felisa Ferrer Scarpetta, pertenecía a una ilustre familia del Valle del Cauca. El ambiente familiar, culto y multicultural, influyó notablemente en la formación temprana del joven Jorge.

Estudió en Bogotá y tuvo acceso a una educación humanística. Desde joven mostró inclinación por las letras y el pensamiento liberal, así como una profunda sensibilidad hacia la naturaleza y los afectos humanos.

María: La Joya del Romanticismo Hispanoamericano

En 1867, Jorge Isaacs publicó María, su única novela, considerada una de las obras maestras del romanticismo en lengua española. Ambientada en las haciendas del Valle del Cauca, la novela narra la historia de amor trágico entre Efraín y María, inspirada en vivencias personales del autor y marcada por una atmósfera melancólica, exótica y apasionada.

Más que una simple historia de amor, María es también un canto a la tierra colombiana, a sus paisajes, costumbres y contradicciones. La obra fue rápidamente aclamada en Hispanoamérica y Europa, y aún hoy se estudia en universidades y escuelas como una pieza fundamental del romanticismo literario.

Vida Pública y Últimos Años

Isaacs también incursionó en la política. Fue defensor del liberalismo y participó en conflictos armados como la Guerra Civil de 1876. Ejerció cargos públicos en el ámbito educativo y cultural, y promovió causas como la alfabetización y el fortalecimiento de la identidad nacional.

Sin embargo, su vida fue afectada por las deudas, la inestabilidad política y el olvido editorial. Falleció en Ibagué el 17 de abril de 1895, lejos del esplendor literario que una vez alcanzó.

Legado

Aunque su obra narrativa se resume principalmente en una sola novela, Jorge Isaacs dejó una huella profunda en la historia literaria de Colombia y de América Latina. Su voz romántica, melancólica y profundamente humana continúa conmoviendo corazones. María es mucho más que una novela de amor: es el reflejo de un alma que supo captar la belleza efímera de los sentimientos y la naturaleza.

Obras

Novela María, análisis literario



Un Canto al Amor y la Tristeza: Análisis de María, la joya romántica de Jorge Isaacs

 Ilustración de María, joven melancólica junto a una azucena, con fondo vintage y el título de la novela."

Análisis Literario María la novela de Jorge Isaacs  | Novela explicada

Una novela escrita desde la memoria y la herida

Uno de los rasgos más poderosos de María es su estructura narrativa: Efraín cuenta la historia desde el recuerdo. No narra el amor mientras ocurre, sino cuando ya está perdido. Eso cambia todo. La novela no es solo una historia romántica, es un largo duelo, una elegía escrita con tinta de ausencia. Desde la primera página sabemos que algo se ha roto para siempre. El pasado es un paraíso cerrado con llave.

Este recurso convierte la obra en una novela de la memoria, donde cada escena feliz está contaminada por la certeza de su final. Isaacs no escribe para contar lo que pasó, sino para no olvidar. Y ahí radica gran parte de su fuerza poética.


El tiempo: enemigo silencioso del amor

En María, el tiempo no es neutral: es un antagonista.
Las separaciones, las esperas, los retrasos, las promesas postergadas… todo conspira contra los amantes. El viaje de Efraín a Bogotá no es solo geográfico: es el paso del mundo ideal al mundo real, del hogar a la historia, del amor al deber.

El romanticismo aquí no grita: suspira.
No hay grandes escándalos ni rebeldías épicas. Hay obediencia, resignación, y por eso mismo, una tragedia más profunda. Isaacs parece decirnos —con dulzura cruel— que el amor puro no sobrevive bien en el calendario de los hombres.


María como símbolo: mujer, fragilidad y sacrificio

María no es solo un personaje: es un símbolo literario.
Representa el ideal femenino del siglo XIX: ternura, silencio, entrega absoluta, belleza asociada a la enfermedad. Su cuerpo frágil refleja una idea cultural muy precisa: la mujer como ser espiritual, delicado, destinado a desaparecer antes de mancharse con la vida adulta.

Vista desde hoy, esta figura puede incomodar. Y debe hacerlo. Pero también permite entender cómo la literatura romántica sacralizó el sacrificio femenino como prueba máxima de amor. María no lucha contra su destino: lo acepta. Y en esa aceptación, Isaacs encuentra belleza… y nosotros, una pregunta incómoda que sigue vigente.


Naturaleza como lenguaje moral

El paisaje en María no es decorativo: juzga, acompaña y recuerda.
La hacienda, los ríos, los árboles frutales, los caminos rurales construyen una geografía moral donde todo parece tener un orden natural. Frente a la ciudad (Bogotá), asociada al deber, al estudio y a la separación, el campo representa la inocencia original.

Este contraste anticipa un conflicto central de la literatura latinoamericana:
civilización vs. naturaleza, progreso vs. memoria, razón vs. sentimiento.

Isaacs no duda: su corazón está del lado del mundo que desaparece. Y por eso la novela es también una despedida anticipada a una forma de vida rural que el siglo XIX estaba a punto de devorar.


Lectura política sin panfletos

Aunque María no es una novela política en sentido estricto, su silencio dice mucho.
La esclavitud aparece naturalizada, envuelta en afecto paternalista. No hay denuncia frontal, pero sí un testimonio claro del orden social: unos aman y deciden; otros sirven y callan.

Ese silencio es histórico. Isaacs escribe desde su tiempo, y eso vuelve la obra más valiosa: no idealiza el pasado por completo, lo revela. Leer María hoy implica también leer lo que no se dijo, lo que se aceptó como normal. Y ahí la novela se vuelve espejo.


¿Por qué sigue importando María?

Porque habla del primer amor, y ese idioma no envejece.
Porque nos recuerda que hubo un tiempo en que la literatura creía en la emoción sin ironía.
Porque nos enfrenta a una pregunta incómoda y eterna:
¿vale la pena un amor que solo existe en el recuerdo?

María no ofrece consuelo fácil. Ofrece belleza. Y a veces, eso basta.

Leerla hoy no es un acto de nostalgia ingenua: es un diálogo con nuestras raíces literarias, con una sensibilidad que fundó buena parte de la identidad cultural latinoamericana. Como todo clásico verdadero, no nos dice qué pensar: nos enseña cómo sentir.

María de Jorge Isaacs: amor, naturaleza e historia

María, la novela más famosa de Jorge Isaacs, se publicó en 1867 y es considerada una de las obras cumbre del Romanticismo hispanoamericano. Ambientada en el exuberante Valle del Cauca durante el convulso siglo XIX colombiano, narra el amor puro e imposible entre Efraín y su prima adoptiva María. 

Este relato intenso y emotivo, con un clima familiar idílico mezclado con presagios trágicos, ha cautivado a varias generaciones, convirtiéndose en un clásico ineludible tanto para jóvenes estudiantes como para lectores especializados.

Sentimiento romántico y paisaje natural

Amor imposible: La relación entre Efraín y María es idealizada y trágica: desde niños se aman con intensidad, pero la educación de Efraín en Bogotá y la frágil salud de María impiden que puedan consumar su amor. El sentimiento de ambos es puro y entregado, típico del romanticismo decimonónico, donde el corazón prevalece sobre la razón.

Naturaleza emotiva: Isaacs describe el paisaje tropical como un espejo de las emociones. La exuberancia del Valle del Cauca enfatiza la armonía del amor en los momentos felices, mientras que la melancolía de los protagonistas queda reflejada en escenas de lluvias, atardeceres nostálgicos y noches silenciosas.

Tragedia nostálgica: María encarna la figura de la “bella moribunda” del romanticismo. Su delicadeza y su enfermedad anticipan su desenlace fatal; su muerte prematura convierte el amor en un recuerdo doloroso y refuerza la idea de un afecto destinado a lo efímero. La emoción lacrimosa de la novela subraya la nostalgia de la felicidad perdida, un rasgo sentimental que conmueve profundamente al lector.

Estas características —amor profundo e imposible, exaltación de la naturaleza y un tono melancólico— son clave del Romanticismo decimonónico. María y Efraín viven su pasión con pureza casi inocente, y la tragedia que los separa refuerza la atmósfera introspectiva de la novela.
Contexto histórico en el siglo XIX colombiano

Construcción de la república: María fue publicada en una época de grandes transformaciones políticas en Colombia. En la segunda mitad del siglo XIX el país debate cómo organizar la nación tras la independencia, surgen partidos Liberales y Conservadores y ocurren frecuentes conflictos civiles. Esta inestabilidad es el trasfondo histórico en el que se desarrolla la obra.

Esclavitud y sociedad patriarcal: La novela refleja la realidad rural de la época, cuando aún existían plantaciones con esclavos en el Valle del Cauca. 

Personajes como Nay y José muestran que, aunque tratados con cariño por los dueños de la hacienda, carecen de autonomía y representan las injusticias sociales del sistema esclavista. Al mismo tiempo, la familia de Efraín encarna las rígidas normas sociales: por ejemplo, es su padre quien decide enviarlo a estudiar lejos de María, lo que subraya la autoridad paterna típica del momento.

Tensiones regionales: El escenario es la alta sociedad campesina del Cauca, una región rica en haciendas. En la obra se insinúan los intereses de las élites vallecaucanas y las tensiones entre grupos sociales:

la relación paternalista de los dueños con los indígenas y negros, y la preocupación por mantener un orden familiar/tradicional, todo dentro de un país que se esfuerza por “civilizarse”. De fondo asoma el proyecto de nación y los cambios que están por venir en Colombia.

Personajes destacados

La novela gira en torno a figuras simbólicas. María, la joven protagonista, encarna el ideal romántico femenino: dulce, etérea y profundamente entregada a su amor por Efraín. Efraín, su narrador y primo, representa al héroe atormentado: apasionado y sensible, sufre profundamente por un destino que no puede controlar. 

El prolongado tiempo que permanece en Bogotá y su regreso tardío refuerzan su desconsuelo al encontrar a María enferma.

Otros personajes secundarios enriquecen el color local y la lectura social: por ejemplo, Nay y José, dos sirvientes negros, son leales y llenos de afecto pero simbolizan la desigualdad de la época; en cambio, la familia de Efraín (y especialmente su padre) encarna las convenciones patriarcales y conservadoras que marcan el destino de los jóvenes amantes. 

En conjunto, estos caracteres construyen un microcosmos de la sociedad rural: fieles al romanticismo, cada uno contribuye al tono emotivo y nostálgico de la historia.

Legado literario en Hispanoamérica


Novela romántica por excelencia: Varios críticos consideran María la obra romántica hispanoamericana por antonomasia. Reúne todos los elementos del género —amor idealizado, exaltación de la naturaleza, sensibilidad extrema, destino trágico— y ha merecido elogios por la pureza de sus sentimientos y su prosa lírica.

Influencia e identidad: La novela ha alcanzado un éxito inusual: antes de 1900 ya contaba con decenas de ediciones y hoy se traduce a más de 30 idiomas. 

Sus lectores han crecido sin cesar gracias a su calidad literaria y a la universalidad de su tema (el primer amor). María se convirtió en parte del canon literario nacional y ha sido inspiración y punto de referencia para escritores posteriores.

Raíces en la tradición: Esta obra enlaza la tradición europea con la realidad americana. Isaacs se inspira en modelos como Atala y Pablo y Virginia, adaptándolos a la geografía y sociedad colombianas. 

Al mismo tiempo, anticipa el surgimiento de la novela criollista de comienzos del siglo XX, al reivindicar el paisaje tropical y un pasado idealizado como el paraíso perdido. En síntesis, María cumple un papel fundacional del americanismo literario al magnificar la naturaleza y dar voz a las aspiraciones románticas de su pueblo.

Conclusión: un clásico por descubrir

La novela María sigue siendo una lectura apasionante. Su descripción lírica de los paisajes colombianos y la intensidad emotiva de sus personajes la hacen accesible a lectores jóvenes, al tiempo que su complejidad temática y contexto histórico la vuelven valiosa para especialistas. 

Adentrarse en sus páginas es viajar al pasado romántico de América Latina: cada escena evoca la belleza de un mundo que se desvanece bajo el peso de la historia. 

Recomendamos leer María como un viaje literario inolvidable: tras la melancolía y la tragedia, la obra revela la fuerza del primer amor y la capacidad de la literatura para enseñarnos sobre nuestra propia cultura. 

Descubrirla es dejarse envolver por un universo de belleza y sentimiento que sigue cautivando a los lectores.

viernes, 27 de junio de 2025

Manuel Payno: gran narrador mexicano del siglo XIX

 


Retrato sepia de un hombre reflexivo


Manuel Payno (1810–1894)

Narrador y cronista de la sociedad mexicana del siglo XIX

Manuel Payno fue un destacado escritor, periodista y político mexicano nacido en la Ciudad de México en 1810. Su obra se caracteriza por un profundo interés en la realidad social y política de México durante el turbulento siglo XIX, marcado por guerras, reformas y la construcción del Estado-nación.

Además de su labor literaria, Payno tuvo una activa carrera en la administración pública, ocupando cargos importantes como diputado y funcionario, lo que le permitió observar de cerca los acontecimientos que transformaron a México tras la independencia.

Como narrador, es especialmente reconocido por su novela "Los bandidos de Río Frío", considerada una obra fundamental de la literatura mexicana por su combinación de aventura, crítica social y descripción detallada de la vida cotidiana y los conflictos de su época. En esta novela, Payno retrata con realismo las injusticias, la corrupción y las dificultades de la vida rural y urbana del México decimonónico, creando personajes memorables y situaciones que reflejan la complejidad del país.

Además de la narrativa, Payno fue un prolífico cronista y periodista, cuya pluma crítica y comprometida fue una voz importante en los debates políticos y culturales del México decimonónico.

Murió en 1894, dejando un legado literario y documental que sigue siendo clave para entender la historia y la identidad mexicana del siglo XIX.

Análisis literario de Los bandidos de Río Frío, novela de Manuel Payno

Acuarela digital que representa a una pareja del siglo XIX en un ambiente rural, inspirada en la novela Los bandidos de Río Frío de Manuel Payno.











Análisis literario de Los bandidos de Río Frío, de Manuel Payno  | Novela explicada

Los bandidos de Río Frío es una de las obras más representativas de la novela mexicana del siglo XIX. Escrita por Manuel Payno entre 1888 y 1891, esta obra monumental combina elementos del folletín, el costumbrismo, el romanticismo y el realismo, dando como resultado una narración compleja, extensa y profundamente arraigada en la realidad social del México posindependentista.

Desde el punto de vista narrativo, la novela destaca por su estructura coral, con decenas de personajes y múltiples historias entrelazadas que se desarrollan en un estilo folletinesco. El autor recurre a un narrador omnisciente que ofrece tanto descripciones detalladas como comentarios irónicos sobre la sociedad de la época. El lenguaje es rico en mexicanismos, modismos y refranes, lo que refuerza su valor costumbrista y documental.

Los temas principales giran en torno a la corrupción, la impunidad, el bandidaje, la desigualdad social y el choque entre tradición y modernidad. Payno retrata un país desorganizado, atravesado por la injusticia y las tensiones de clase. 

A través de personajes como Juan Robreño, el Evaristo o el Licenciado Lamparilla, se muestran diferentes facetas de la sociedad: el honor traicionado, la brutalidad, el arribismo, el fracaso de la ley y las aspiraciones frustradas. La vida rural y urbana, los caminos inseguros, las cárceles, las fiestas religiosas y hasta las supersticiones forman parte de un México que el autor recrea con una precisión casi arqueológica.

El personaje de doña Pascuala y su hijo, supuesto heredero de Moctezuma, añade un componente satírico y simbólico: la permanencia de creencias ancestrales y la distancia entre el discurso oficial y la realidad popular. La obra también introduce elementos cómicos y grotescos que conviven con pasajes profundamente dramáticos.

Ubicada históricamente en las primeras décadas del siglo XIX pero escrita bajo el Porfiriato, la novela funciona como un espejo crítico del pasado reciente. A la vez, expresa una nostalgia por las costumbres que el progreso parece haber borrado, sin dejar de cuestionar los males persistentes del país. En este sentido, Los bandidos de Río Frío no solo entretiene, sino que también reflexiona sobre la construcción de la identidad nacional.

Considerada un clásico de la literatura mexicana, esta novela representa el punto culminante del costumbrismo nacional y un puente entre la narrativa romántica y el realismo social que dominaría buena parte del siglo XX.

Más allá de su valor como retrato social, Los bandidos de Río Frío puede leerse como una novela total, en el sentido decimonónico del término: un intento ambicioso de abarcar todas las capas de la realidad mexicana.

Payno no se conforma con contar una historia, sino que construye un mundo, con sus reglas, vicios, contradicciones y mitologías. Cada episodio, por aparentemente secundario que sea, contribuye a la sensación de vastedad y complejidad del país que describe.

Uno de los rasgos más notables de la obra es su visión ambigua de la justicia. La ley aparece constantemente debilitada, corrompida o burlada, mientras que el bandidaje surge no solo como delito, sino como consecuencia directa del abandono institucional. 

Los caminos inseguros, las cárceles inhumanas y la complicidad entre autoridades y criminales revelan un sistema donde el orden es frágil y la moral pública se halla en crisis. En este contexto, los bandidos no son simples villanos, sino síntomas de un mal estructural más profundo.

Payno maneja con habilidad el contraste entre lo rural y lo urbano, mostrando cómo ambos espacios se alimentan mutuamente de violencia, desigualdad y superstición. 

La ciudad no representa necesariamente progreso ni civilización, sino otra forma de descomposición, mientras que el campo, idealizado en algunos momentos, se presenta también como escenario de brutalidad y atraso. Esta dualidad refuerza la idea de un país atrapado entre la herencia colonial y un futuro incierto.

El tratamiento de los personajes femeninos, aunque limitado por las convenciones de su época, resulta significativo. Figuras como doña Pascuala encarnan la persistencia de la tradición, la fe y el mito, mientras que otras mujeres aparecen como víctimas de la violencia masculina, del abandono o del destino social impuesto. En todos los casos, la mujer es reflejo de una sociedad que la margina y la utiliza como moneda simbólica o moral.

Desde el punto de vista estilístico, la novela alterna largas descripciones con escenas de gran dinamismo narrativo, propias del folletín. Este ritmo irregular, lejos de ser un defecto, refuerza la sensación de oralidad y de relato colectivo, como si la historia de México se contara a sí misma a través de voces múltiples. El humor, la ironía y lo grotesco funcionan como mecanismos de distanciamiento que impiden que el drama se vuelva insoportable, sin restarle gravedad.

Asimismo, Los bandidos de Río Frío plantea una reflexión implícita sobre la identidad nacional. El México que Payno retrata no es heroico ni idealizado; es contradictorio, violento, profundamente humano. La novela sugiere que la nación no se construye solo con gestas gloriosas, sino también con errores, fracasos y zonas oscuras que es necesario mirar de frente.

En este sentido, la obra se adelanta a la narrativa social del siglo XX, anticipando preocupaciones que luego desarrollarán autores como Azuela o Rulfo: la desigualdad, la injusticia estructural, la fragilidad del individuo frente a fuerzas históricas que lo superan. 

Aunque escrita bajo el Porfiriato, su mirada crítica conserva una vigencia sorprendente.

En conclusión, Los bandidos de Río Frío no es solo una novela de aventuras o de bandidos, sino un fresco histórico y moral de México en formación. Su extensión, su complejidad y su mezcla de géneros responden a la ambición de capturar una realidad vasta y conflictiva. Leerla hoy implica no solo acercarse a un clásico literario, sino también dialogar con las raíces profundas de la sociedad mexicana y con los fantasmas que, de una u otra forma, aún la acompañan.

Descarga la obra:

Los bandidos de Río Frío – Manuel Payno (Elejandría)


Carlos María de Bustamante: Biografía del primer historiador de la independencia de México

 Retrato de Carlos María de Bustamante, óleo anónimo de 1836. Figura clave de la independencia de México y la historiografía nacional.

Carlos María de Bustamante (1774–1848)

Historiador, periodista y político insurgente de las letras mexicanas

Carlos María de Bustamante fue uno de los escritores más destacados del México virreinal y de los primeros años de la independencia. Nació en Oaxaca en 1774, y es ampliamente reconocido por ser el primer gran historiador independentista de México, además de uno de los primeros periodistas políticos del país.

Estudió en el Seminario de Tepozotlán y luego en la Real y Pontificia Universidad de México. A lo largo de su carrera fue abogado, escritor, editor, diputado y cronista, pero su verdadera pasión fue la historia. Fue testigo directo de los acontecimientos independentistas, a los que se unió con fervor desde sus inicios. Por ello, sus escritos no solo recogen hechos, sino también el espíritu de lucha y libertad que marcó a toda una generación.

Bustamante fue autor de numerosas obras, entre ellas destaca su papel como editor de los volúmenes de la “Historia General de las cosas de Nueva España” de fray Bernardino de Sahagún, así como sus propias crónicas políticas. Una de sus obras más representativas es el “Cuadro histórico de la Revolución Mexicana”, en varios tomos, donde no solo narra la gesta de independencia, sino que la defiende desde una perspectiva patriótica, crítica y profundamente americana.

Su estilo es pasional, a veces desbordado, y siempre comprometido con el proyecto de construir una nación mexicana libre del colonialismo español. Como periodista, fundó y escribió en periódicos insurgentes y liberales, enfrentándose a la censura y arriesgando su vida en múltiples ocasiones.

Murió en la Ciudad de México en 1848. Su legado es fundamental para comprender el nacimiento de la historiografía mexicana y el papel de la escritura como arma en la lucha por la libertad. Hoy, Carlos María de Bustamante es recordado como uno de los padres fundadores de la historia nacional mexicana.

Obras:

Obras de Carlos María de Bustamante en Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes

miércoles, 25 de junio de 2025

Al Cerro Ancón. Poema panameño

 

Ilustración de poetisa escribiendo el poema Al cerro Ancón,










Análisis del poema de Amelia Denis de Icaza 

| Poema clásico explicado

Una honda sensibilidad se percibe al leer las nostálgicas y sentidas estrofas del poema titulado Al Cerro Ancón, de la inolvidable poetisa de la historia panameña, Amelia Denis de Icaza. 

Cada verso parece brotar de un alma herida por la distancia, por el desarraigo y por la pérdida simbólica de un paisaje amado. La poetisa, lejos de su tierra natal, rememora con ternura los espacios agrestes que en su niñez y juventud le brindaba el recordado Cerro Ancón, convertido ahora en territorio ajeno.

Hay una tristeza que no grita, pero se desliza como un suspiro entre las palabras. Es una melancolía que no solo evoca la patria, sino también la infancia, los sueños perdidos y la identidad en peligro. 

El poema no solo llora la ausencia física del cerro, sino también la transformación de su esencia bajo el dominio extranjero. Se diría que el poema llora de melancolía al igual que su creadora, y que entre líneas se escucha el eco de una patria dolida.

Amelia Denis de Icaza nos lega con este poema no solo una obra literaria de gran valor, sino un documento emocional, histórico y patriótico. 

Su voz emotiva y  firme, se alza desde el corazón del siglo XIX para recordarnos que el amor a la tierra no se disuelve con el tiempo ni con la distancia. Leer Al Cerro Ancón es reencontrarse con una Panamá profunda, íntima y, sobre todo, viva en la memoria de sus poetas.

Venus Maritza Hernandez


Al cerro Ancón, Poema 

Autora: Amelia Denis de Icaza


Videopoema

Panamá, 1906



Amelia Denis de Icaza: poesía panameña

 

Retrato de Amelia Denis de Icaza, primera poetisa panameña y autora del célebre poema al Cerro Ancón.

Amelia Denis de Icaza nació en la ciudad de Panamá en 1836 y es reconocida como la primera mujer panameña en dejar una huella visible en la literatura nacional. Fue una voz temprana, sensible y profundamente conectada con la patria, la naturaleza y el alma femenina, en una época en la que pocas mujeres lograban publicar sus pensamientos en verso. 

Su obra, aunque breve, es una de las más representativas del romanticismo panameño y fue marcada por la melancolía, el sentimiento patriótico y una ternura que atraviesa el tiempo.

Desde muy joven demostró talento para la poesía, y sus primeros versos comenzaron a circular en periódicos y revistas de la época. Fue una mujer culta, apasionada por las letras, y aunque vivió en una sociedad donde las oportunidades literarias eran escasas para las mujeres, logró destacar por la fuerza emocional de su palabra escrita. 

La pérdida, la nostalgia, el amor y el desarraigo son temas que cruzan sus textos, especialmente en su poema más conocido: “Al Cerro Ancón”, escrito cuando Estados Unidos tomó posesión de esa zona del territorio panameño. 

En ese poema, Amelia expresa su tristeza por la pérdida del cerro querido, símbolo del paisaje patrio y de su infancia, convertido ahora en un lugar extranjero. Esa pieza la consagró como una figura clave en la construcción de la identidad nacional.

A lo largo de su vida vivió en distintas ciudades, incluyendo Guatemala y Nicaragua, pero siempre mantuvo vivo su amor por Panamá. Su existencia fue discreta, dedicada a la familia y a las letras, sin grandes reconocimientos en vida. Sin embargo, con el paso del tiempo, su nombre ha sido rescatado por generaciones posteriores que ven en ella no solo una pionera, sino también una artista profunda y genuina.

Amelia Denis de Icaza falleció en 1911, dejando un legado que, aunque pequeño en cantidad, es inmenso en valor histórico y literario. Hoy es recordada como la primera gran voz femenina de la poesía panameña, una mujer que supo hablar con delicadeza y firmeza desde un rincón donde la patria, la memoria y la sensibilidad femenina se fundieron en versos eternos.

Poemas

Al cerro Ancón

¿Quién eres? cuento

Ilustración o imagen relacionada con el cuento "¿Quién eres?" de Teresa Wilms Montt, que presenta la aparición de un espíritu errante y su encuentro con entidades espirituales en un ambiente oscuro y misterioso.









Análisis del cuento ¿Quién eres? | Cuento clásico explicado

Un personaje central hace su aparición: parece masculino, aunque la autora sea mujer. Se trata de un espíritu errante que busca descanso y lo encuentra momentáneamente en un jardín. Sin embargo, se evidencia que es su cuerpo físico el que reposa en paz, mientras su alma continúa su viaje a través de dimensiones.

Almas flotantes lo advierten de no adentrarse más allá, pero él lo hace de todas formas. Allí se encuentra con una dama espiritual, quien le revela que ella y su hermana sufrieron malas experiencias con los humanos en la Tierra y fueron desterradas. Ella representa la bondad, mientras que su hermana encarna la sabiduría.

Un ambiente de oscuridad y pesimismo envuelve la escena, al afirmar que la bondad y la sabiduría ya no existen en el plano terrestre.

A partir de este planteamiento inicial, el cuento se despliega como una alegoría espiritual en la que el viaje no es físico, sino interior y metafísico. 

El espíritu errante que narra su experiencia no busca gloria ni conocimiento, sino descanso, redención y sentido. Su tránsito por dimensiones desconocidas representa el desgaste del ser humano que ha confiado demasiado en su intelecto y en su prestigio, olvidando la humildad y la verdad interior.

La confesión del espíritu es central para comprender el relato. En vida fue considerado un genio, un sabio, casi una figura sagrada del pensamiento humano. Dominó disciplinas, acumuló reconocimiento y se rodeó de símbolos de poder intelectual. Sin embargo, tras la muerte, descubre el vacío de esa soberbia.

La imagen de la “espiga sin grano” resume con crudeza la crítica de la autora: el conocimiento sin ética, sin bondad, sin compasión, es hueco. Teresa Wilms Montt ataca aquí una idea muy propia de su tiempo —y también del nuestro—: la idolatría del intelecto desligado del espíritu.

El juicio no viene impuesto desde fuera, sino desde la propia conciencia del personaje. La muerte no actúa como castigo divino, sino como revelación. 

Esta visión se aleja del moralismo religioso tradicional y se acerca a una espiritualidad íntima, casi mística, donde cada alma es responsable de su propio peso moral. El horror que siente el espíritu al verse desnudo ante sí mismo es más devastador que cualquier condena externa.

El episodio de la nebulosa y la advertencia de las almas flotantes introduce el tema del límite. Hay regiones que no deben cruzarse sin preparación interior. La curiosidad, que antes fue soberbia, ahora se transforma en una búsqueda desesperada de expiación. 

El personaje cree que el sufrimiento extremo puede redimirlo. Esta idea conecta con una concepción casi ascética del dolor, muy presente en la literatura simbolista y decadentista de finales del siglo XIX y comienzos del XX.

La aparición de la figura femenina marca un giro decisivo. La mujer no se presenta como juez ni como autoridad temible, sino como madre, refugio y consuelo. 

Sus manos, comparadas con las de las madres humanas, introducen una ternura que contrasta con el frío cósmico y la soledad espiritual del relato anterior. 

Aquí, Wilms Montt rescata lo femenino como principio salvador, no desde la sensualidad, sino desde la compasión y la acogida.

El espacio que habita esta mujer es revelador: no hay lujo, ni grandeza, ni ostentación. Hay flores humildes, libros olvidados, pájaros de todos los climas. 

Es un lugar fuera del tiempo y de la vanidad. El libro de Salomón, símbolo de la sabiduría bíblica, aparece no como objeto de poder, sino como herencia silenciosa. La sabiduría verdadera no grita ni se impone; espera.

La revelación final —la identidad de la mujer como la Bondad y de su hermana como la Sabiduría— es el núcleo simbólico del cuento. Ambas han sido desterradas de la Tierra tras la crucifixión, escarnecidas por los hombres. 

Esta afirmación es profundamente pesimista y, al mismo tiempo, ferozmente lúcida. Wilms Montt no acusa a un tiempo específico, sino a una constante humana: la incapacidad de convivir con la bondad y la sabiduría cuando estas exigen renuncia, humildad y verdad.

El destierro de estas virtudes explica el tono oscuro del final. La pregunta “¿Es cierto que la bondad no existe?” no recibe una respuesta verbal, sino una respuesta simbólica en la naturaleza: estrellas pálidas, fuentes que lloran, aves nocturnas que chillan, una luna roja y airada. El universo mismo parece reflejar la corrupción moral del mundo humano.

Desde el punto de vista estilístico, el cuento se caracteriza por un lenguaje intensamente poético, cargado de imágenes sensoriales y metáforas cósmicas. La noche, los astros, la niebla, el silencio y la música natural construyen una atmósfera onírica que difumina las fronteras entre sueño, muerte y revelación. Esta ambigüedad es deliberada: el relato no busca respuestas cerradas, sino inquietar al lector.

En conclusión, ¿Quién eres? no es un simple cuento fantástico, sino una meditación profunda sobre el fracaso moral de la humanidad, el vacío del orgullo intelectual y la expulsión simbólica de los valores esenciales. Teresa Wilms Montt escribe desde una sensibilidad herida, pero también desde una lucidez implacable. Su mensaje no consuela: interpela. Y en esa incomodidad reside su fuerza.

El lector termina el relato con la sensación de haber escuchado una verdad antigua y dolorosa: cuando la bondad y la sabiduría dejan de tener lugar en el mundo, la noche se vuelve más larga, y el alma humana queda condenada a vagar, preguntándose eternamente quién es.


 ¿Quién eres? 

Autora: Teresa Wilms Montt


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Videocuento

martes, 24 de junio de 2025

Nada – de José María Sánchez

Ilustración de una mujer campesina recostada en una cama rústica, junto al fuego tenue, bajo la lluvia crecida que azota el exterior; a su lado, un bulto que sugiere el recién nacido, mientras el marido asoma con gesto apesadumbrado en el quicio de la puerta.









Análisis  del cuento "Nada", de José María Sánchez  | Cuento clásico explicado

Este cuento de estilo costumbrista nos sumerge en una atmósfera cargada de emociones, angustia e incertidumbre. Ambientado en un entorno rural, el relato acompaña a una parturienta en medio de una lluvia persistente y amenazante, que afecta no solo al paisaje, sino al ánimo del lector. 

La naturaleza se convierte en un elemento simbólico que rodea, presiona y ahoga lentamente el ambiente del hogar.

El lenguaje, contenido y lleno de silencios significativos, diluye los hechos entre emociones veladas. El lector experimenta zozobra, pero sin certezas; la narración no ofrece explicaciones directas, sino sensaciones. 

Al llegar al desenlace, esa misma ambigüedad se intensifica: el marido, angustiado, se disculpa por no haber llegado a tiempo, y la mujer, con un “no fue nada”, deja la frase flotando mientras a su lado reposa un bultito: el bebé recién nacido.

Ese cierre, cargado de simbolismo y de una calma que inquieta, deja una interrogante abierta. ¿Sobrevivió el niño? ¿La madre minimiza el dolor o realmente está en paz? El cuento no lo dice; lo sugiere. Y es ahí donde el lector, desde su propia sensibilidad, completa el sentido de la historia.

Más allá de su aparente sencillez narrativa, Nada es un cuento de enorme densidad simbólica. José María Sánchez construye una tragedia íntima sin recurrir al dramatismo explícito, confiando en la atmósfera, en los sonidos, en la presión constante del entorno natural. 

La lluvia no es solo un fenómeno climático: es una presencia opresiva que acompaña todo el proceso del alumbramiento, marcando el ritmo del relato y amplificando la sensación de aislamiento. Llueve sobre el paisaje, sobre la casa, sobre el cuerpo de la mujer, como si la naturaleza misma conspirara contra la fragilidad humana.

El río, por su parte, funciona como un símbolo del peligro latente y de la vida desbordada. Su crecimiento constante refleja la intensidad del dolor, la cercanía de la muerte y la imposibilidad de control. 

Cada mención al agua que sube, a las piedras que ruedan, a los ruidos que invaden el espacio, contribuye a borrar la frontera entre el mundo exterior y el interior de la parturienta. El cuerpo de la mujer se convierte en paisaje, y el paisaje en un cuerpo que sufre convulsiones, crujidos y desgarramientos.

La figura femenina está retratada con una mezcla de resignación, fortaleza y ternura silenciosa. No hay gritos exagerados ni lamentos prolongados; hay resistencia. 

La protagonista enfrenta el parto casi en soledad, acompañada apenas por una india anónima, figura que encarna el saber ancestral y la continuidad de la vida en medio de la precariedad. 

La ausencia del marido no es una falta moral, sino una fatalidad dictada por el entorno: el río crecido, la distancia, la pobreza. Todo conspira para que la mujer quede suspendida en un tiempo de espera angustiosa.

El lenguaje del cuento es económico, pero cargado de imágenes poderosas. Sánchez privilegia las sensaciones físicas y auditivas: el crujido de los árboles, el griterío de las piedras, el ruido del agua golpeando sin descanso. 

Esta elección narrativa sumerge al lector en un estado de confusión semejante al de la protagonista, donde los límites entre realidad, dolor y percepción se desdibujan.

El parto se narra como una experiencia casi cósmica, violenta y deshumanizante, en la que el cuerpo parece perder su forma y convertirse en materia pura, sometida a fuerzas mayores.

El momento del nacimiento no trae una explosión de alegría, sino una calma extraña, inquietante. El silencio posterior al dolor no es alivio pleno, sino una suspensión emocional. El “bultito” junto a la mujer se describe sin énfasis, sin calificativos afectivos, lo que abre la puerta a múltiples interpretaciones. 

El texto no confirma la vida ni la muerte del recién nacido; deja esa responsabilidad en manos del lector. Esa ambigüedad no es un descuido, sino una decisión estética que refuerza el título del cuento.

El “nada” pronunciado por la mujer en el cierre es una de las frases más contundentes del relato. No es una negación banal, sino un gesto de contención emocional. 

Puede leerse como un intento de proteger al marido del peso de la culpa, como una minimización del dolor vivido, o incluso como una aceptación resignada de la pérdida. 

También puede interpretarse como una expresión de entereza: en un mundo donde el sufrimiento es cotidiano, lo extraordinario se normaliza hasta volverse “nada”.

Desde una lectura social, el cuento expone con crudeza la vulnerabilidad de las mujeres rurales frente a la maternidad, la soledad y la falta de recursos. No hay médicos, no hay caminos seguros, no hay certezas. 

La vida y la muerte se deciden en silencio, bajo la lluvia, lejos de cualquier mirada protectora. Sánchez no denuncia de manera directa, pero deja al descubierto una realidad dura y persistente, donde el heroísmo femenino se ejerce sin reconocimiento.

En definitiva, Nada es un cuento breve, pero profundamente conmovedor. Su fuerza radica en lo que no dice, en lo que insinúa y deja vibrando en el aire. Es un relato que exige un lector atento, dispuesto a escuchar los silencios y a completar los vacíos con su propia sensibilidad. 

Como ocurre con los grandes cuentos clásicos, su aparente simplicidad esconde una verdad amarga y universal: que la vida y la muerte a veces pasan sin estruendo, y que el dolor más hondo puede expresarse con apenas una palabra.

Nada, Cuento

Autor: José María Sánchez

Cuando se asomó a la puerta, la lluvia tendía una cortina espesa sobre el fondo borroso de la loma. Los árboles comenzaban a oscurecer.

Llena de angustia, trató de penetrar la tristeza del paisaje. Cerca, el río brincaba, encabritándose en el recodo. Nada. Solo, a veces, la sombra fugitiva de un tronco sobre las aguas turbulentas.

De regreso, a la luz del fogón el cuerpo dibujó una figura grotesca. Caminaba con lentitud, meciéndose como hamaca. Se acomodó en la cama haciendo un gesto infantil de miedo.

La voz de la india le hizo volverse, sobresaltada:

 

¡Tonta! No tengas miedo. Yo’a tenío muchos.

 

Afuera, el rumor de la creciente se metía por todos los rincones de la noche. Los árboles de las orillas se empinaban a la defensiva, templando los cables nudosos de las raíces.


Con el alba el marido había salido en busca de la comadrona. La dejó con la certidumbre de que el alumbramiento vendría en cualquier momento. Después, llovió torrencialmente y tuvo el primer dolor. Casi cae de rodillas. 


Un poco asombrada se agarró el vientre, pugnando por ahogar el grito que le hervía desde muy adentro. Aquello pasó pronto. Salió al patio. Al otro lado del río una india lavaba bajo el aguacero. Llamó. La mujer no oía, ensordecida por el ruido parejo de la lluvia. 


Llamó desesperadamente hasta enronquecer. Fue en vano. Desalentada, regresó al rancho y se acostó con las ropas mojadas y los pies llenos de lodo. Casi todo el día hiló con prisa una plegaria. Tenía los labios hinchados a fuerza de refrenar la mordida de las entrañas. 


Atardeciendo hizo tregua el aguacero. Volvió a salir. Aún estaba la india lavando. Llamó. La mujer levantó la cabeza. Cruzó el río y subió al rancho. Juntas continuaron repasando la madeja interminable de la oración. 


No; ella no tenía miedo. Al contrario; se sentía feliz. Solamente quería que el marido estuviera presente a la llegada del hijo.


De pronto escuchó con atención hacia el bajo. El acento bronco del río subía, incontenible, la loma, arrastrándose pesadamente en dirección al rancho. La hendidura de la puerta adelgazó ese sonido amenazador, ese soplo siniestro semejante a una brisa húmeda que, barriendo el piso, subía hasta el jorón y la pared recalentada de cañajira. El fogón, inquieto, estrujaba sombras en la pared.


Un crujido de árbol cambió la queja del río. Se sintió un griterío de piedras que ruedan. Las piedras, locas, salpicaron choques. Los choques saltaron al cuarto, se hundieron en los oídos. ¿Era ella una piedra rodando sobre abismos roncos, o era ella el centro de un choque de peñas y alaridos? 


Así rodando, rodando, se descuajaron las caderas. El cuerpo se transformó en un solo, inmenso nervio retorcido. Se hizo más tirante y le llegó, pobrecita, una oleada de sonidos como campanadas. 


Luego, del sonido quedó solamente el dolor. Del dolor, una carne prieta rojiza de cholo recién nacido. Lejos, a una distancia inasible, se desvaneció la caravana de piedras que ruedan. Las carnes, cansadas, se apaciguaron. Sobre el techo mordía con rabia el aguacero. 


En la madrugada la puerta se abrió. El hombre, agarrotado por el frío y la fatiga, se acercó a la cama. Habló, y el tono de su voz traslucía pesar, remordimiento:

María, pobrecita. ¡El río ‘ta creci’o!

 

 Ella volvió la cabeza y sonrió al ver el gesto de su cara. Fue que se quedó mirando el pequeño bulto que yacía a su lado. Mirándole los ojos, le dijo:

 

No fue na’a. Naa’ita.

El viento, madrugador y huraño, rascaba la nuca áspera del cañablancal. 





lunes, 23 de junio de 2025

El monteador, cuento de José María Sánchez

 

El monteador en su vejez, reposando junto a sus fieles animales frente al rancho, símbolo de su valentía y vida en el monte.










Análisis del cuento “El Monteador” de José María Sánchez | Cuento clásico explicado

En El Monteador, José María Sánchez nos presenta un personaje  pintoresco, cuyas cualidades más sobresalientes son la valentía y la determinación. A pesar de sufrir desde niño un persistente problema estomacal, que jamás fue atendido con la debida importancia, el protagonista logra imponerse ante las adversidades del monte, del trabajo rudo y de la vida misma.

Este descuido con respecto a su salud refleja una realidad común en muchas zonas rurales: la postergación de la atención médica, ya sea por desconocimiento, desinterés o resignación cultural. En este caso, el personaje parece haber asumido su malestar como parte de su existencia, sin permitir que ello le impida realizar las arduas tareas del monte.

Su estampa queda grabada como la de un hombre de pueblo, sencillo, sufrido, pero valiente y digno. El monteador se convierte así en símbolo de esa Panamá profunda, donde la fortaleza del carácter supera al cuerpo dolido, donde el temple pesa más que la medicina, y donde la vida se afronta con lo que se tiene… y con lo que se es.

Sánchez, con maestría y sencillez, nos deja entrever que no son los ideales de perfección física los que definen a los héroes cotidianos, sino su resistencia, su determinación y su silenciosa entrega al deber.                  

 Más allá de la anécdota corporal, el padecimiento del monteador funciona como un símbolo narrativo de gran potencia. El estómago, descrito casi como un ente autónomo, se convierte en un juez silencioso que delata el miedo, la ansiedad y la fragilidad humana frente a lo imprevisible. No se trata de cobardía, sino de una reacción visceral que escapa a la voluntad, y que el personaje aprende a cargar como una cruz íntima, sin confesión ni alivio. En este sentido, Sánchez construye un protagonista profundamente humano: imperfecto, avergonzado, pero jamás derrotado.

El entorno rural no ofrece consuelo ni comprensión. La burla infantil primero, el silencio adulto después, delinean una sociedad que no sabe nombrar la enfermedad ni acompañar la debilidad. En el mundo del monte, donde la hombría se mide por la resistencia física y la eficacia práctica, no hay espacio para la fragilidad invisible. 

El protagonista lo entiende pronto y opta por el exilio: deja la costa y se interna en la tierra adentro, no solo en un desplazamiento geográfico, sino también simbólico. El monte se convierte en su refugio y su prueba, el lugar donde puede reconstruirse lejos del escarnio.

La montaña, descrita con respeto casi reverencial, actúa como un personaje más. Es adversa y generosa a la vez, peligrosa y reveladora. Allí, el monteador aprende a leer señales, a conocer los hábitos de los animales, a dominar un saber ancestral que no proviene de los libros, sino de la observación paciente y del fracaso repetido. 

Cada incursión nocturna, cada sobresalto provocado por un ruido mínimo, es una batalla silenciosa entre el cuerpo traicionero y la voluntad férrea. Y es precisamente en esa lucha constante donde se forja su dignidad.

La aparición del tigre introduce el conflicto mayor, no solo como amenaza externa, sino como culminación del desafío interno del protagonista. El felino representa el miedo absoluto, la prueba definitiva, aquello que no puede eludirse ni postergarse. 

Frente a él, el estómago deja de ser un problema privado para convertirse en un riesgo público: fallar significaría perder prestigio, sustento y honra. La competencia con Mandador acentúa esta tensión, pues encarna la masculinidad agresiva, fanfarrona y sin fisuras que el monteador nunca pudo representar.

Sin embargo, el desenlace revela la verdadera estatura moral del personaje. En el momento crucial, cuando todo parece conspirar en su contra, el monteador actúa con precisión, conocimiento y temple. 

El disparo certero no solo derriba al tigre, sino que silencia, al menos por un instante, todas las burlas pasadas. La pausa posterior, ese gesto humano de apartarse para atender su necesidad corporal antes de regresar con serenidad, es una de las escenas más elocuentes del cuento: no hay negación de la debilidad, pero tampoco vergüenza. Hay aceptación.

José María Sánchez no idealiza a su protagonista, y en ello radica la fuerza del relato. El monteador no vence porque sea invulnerable, sino porque persiste. Su heroísmo es cotidiano, silencioso, casi incómodo. 

No responde al molde épico tradicional, sino al de los hombres anónimos que sostienen la vida rural con esfuerzo, resignación y orgullo discreto. El reconocimiento final no borra su padecimiento, pero lo resignifica: ya no es signo de inferioridad, sino una carga más llevada con entereza.

En última instancia, El Monteador es un cuento sobre la dignidad humana frente a la adversidad permanente. Nos recuerda que el valor no siempre ruge; a veces tiembla, se avergüenza, se esconde… y aun así avanza. 

En tiempos donde se exalta la perfección y se oculta la fragilidad, este relato clásico nos devuelve una verdad antigua y necesaria: la grandeza humana no consiste en no caer, sino en levantarse una y otra vez, incluso cuando el propio cuerpo parece estar en contra.


El monteador, Cuento

Autor: José María Sánchez

Aunque ya estaba un poquito viejo, todo el mundo lo reconocía. Era el mejor monteador de la comarca. En el patio de su rancho, de acuerdo con los meses y las frutas que caían en la montaña, se asoleaban siempre tasajos de saíno, venado, conejo, macho de monte.

No había nacido por allí. Llegó desde la costa con una muca de ropa al hombro, un machete sin afilar en la mano y una ignorancia increíble para todo cuanto se relacionara con las faenas cansinas del chapiador y el palanquero. Pero no tenía pereza, y era dueño de una abierta sonrisa de costeño, que se ganó la simpatía de todos.

Poco a poco se hizo al trabajo del machete, aprendiendo a sobrellevar con paciencia la mordida del sol, la filuda vegetación de los rastrojos erizados de espinas y de ortigas. También se hizo botero: transportaba enormes cargas de banano en canoas que desafiaban las correntadas, el río largo, espumoso, semejante a un camino infinito que reverberaba en el sol y el aire, hirviente de choques y de aguas pulverizadas.

Sin embargo, en lo más profundo de su condición de monteador, escondido entre los pliegues más remotos de su conciencia, había un secreto terrible que pesaba en sus cavilaciones más íntimas, en esos momentos en que, a solas consigo mismo, pensaba, pensaba en los misterios de la vida, del destino. ¡Parecía increíble! Era flojo, de una flojera definitiva, que, para su desgracia de monteador, tenía manifestaciones muy raras. 
El estómago, ese órgano que en el resto del género humano tiene funciones tan vegetativas, tan sencillas, en él tenía la monstruosa propiedad de recoger los estímulos del mundo exterior y transformarlos en un molesto proceso de retortijones, urgencias y ansiedades que culminaban en la necesidad de expulsar esa angustia interior recurriendo al natural expediente de desatarse la majagua que oficiaba de cinturón; y, de cuclillas, mirar estúpidamente, con gesto humillado, un punto neutro ubicado a dos o tres cuartas de los pies. ¡Puñetera vida! Para él, el mejor monteador de la comarca, el estómago era, como quien dice... el barómetro de su flojera.

Casi siempre fue así, desde que era chiquillo y vivía en un pueblecito de pescadores. En aquella época, claro, no se detenía a analizar el hecho un poco molesto, un poco inquietante de sentir que cuando una ola demasiado alta amenazaba con hacer zozobrar la canoa, que si un pez grande se pegaba al anzuelo y tiraba con fuerza, un frío de hielo subía desde las piernas y el estómago y daba un vuelco que le ponía ceniza la piel de la cara. A pesar de todo, trató de esconder esa debilidad tan poco en consonancia con las necesidades de la vida y del trabajo en los pueblos de pescadores. Hasta que un día, bañándose con otros muchachos sintió de cerca el remolino de una tintorera que se varó a muy poca distancia de sus piernas. No lo pudo evitar. 

En medio de las risotadas de los compañeros, se fue para la casa profundamente humillado, caminando entorpecido por un peso de plomo que tiraba la parte posterior de sus pantaloncitos. A partir de ese momento, los muchachos, el poblado todo, comenzó a hacer burla de su defecto. Un día se alejó para siempre de la costa, y llegó a los caseríos de tierra adentro.

Hizo rancho y se buscó una mujer. Cuando los hijos llegaron, encontró que no había manera de satisfacer el apetito de los chiquillos con el solo producto de los miserables jornales. Absolutamente solo, comenzó a meterse en la montaña buscando cacería. 

De más está decir que eran incontables las veces que recostaba la escopeta a los tucos fornidos e impasibles. Al amparo de la hojarasca se desataba el cinturón y daba libertad a esa cosa de adentro.

De noche también iba solo y resultaba peor. El retortijón del estómago culminaba ante los hechos más pueriles. Un grito de pájaro, una rama que crujía. Pero, a filo de recia voluntad, desentrañó el misterio de los comederos, de las picas escondidas, y la montaña espléndida le entregó sus secretos.

Un día, el patrón de una finca cercana lo mandó a llamar. Un tigre asolaba la comarca con sus ruinosas incursiones. No había localidad, por habitada que fuera, que no hubiese sentido en las manadas el atrevimiento del gatazo que mataba casi todos los días terneros, potrillos; 
que en una memorable ocasión, sacó del tambo de un rancho una lechona parida y se la llevó a pesar de los tiros que le hizo el amedrentado dueño. Dos o tres días después, el animal dejó, en las cercanías del mismo rancho, su huella ancha de tigre cebado.

El asunto se convirtió, desde luego, en una cuestión de prestigio profesional que habría de mantenerse por encima de las inconveniencias de un estómago demasiado sensible. Además, el patrón ofreció la respetable cantidad de veinte pesos por el cuero del animal. Por otra parte, Mandador, un hondureño mal encarado, que cometía tropelías entre los indios del Teribe, llegó atraído por la cuantía del premio y ofreció sus servicios de excelente cazador.

La presencia del hondureño despertó apasionados comentarios en la gente, y hubo quienes apostaron a favor de uno u otro. En eso se estaba, cuando llegó la noticia esperada. El tigre cazó en un potrero cercano a la montaña. En una arboleda, al lado de una loma, mató a un ternero y le comió el pecho y los intestinos. Todos sabían que el animal regresaría a comer.

Mandador se acercó, y le propuso una cosa muy razonable. La cacería se reduciría a sentarse en un veladero y esperar con paciencia a que el animal, hostigado por el hambre, regresara. Dividirían la noche en dos turnos, acomodados en el mismo veladero, y el que tuviera la suerte de tirar al gatazo, compartiría el premio con el otro. 

El viejo, presionado por las circunstancias, se vio obligado a aceptar la proposición, y exponerse a que el maldito estómago, en presencia del otro, pudiese poner en entredicho su hombría, sus cualidades extraordinarias de monteador.

Rivalizando en detalles que denotaban gran experiencia, acomodaron en la horqueta de un árbol una plataforma de cañabrava. Mandador pretendió amarrar los restos del ternero con una majagua trenzada, pero el viejo se opuso. Argüía Mandador que el bicho, desconfiado por naturaleza, podía coger la presa sin dar tiempo al tiro.

—El plomo camina má’ —sentenció el viejo.

Temprano en la noche se treparon al veladero, dispuestos a la larga espera, con las lámparas tapadas. A lo lejos distinguían, en el potrero, las pelotas oscuras del ganado, iluminadas por la débil claridad de una luna en cuarto creciente. La montaña, cercana, sacudía sus rumores.

Casi al amanecer, durante el turno del viejo, las hojas del suelo fueron restregadas por un cuerpo que se escurría sigilosamente. Mandador se incorporó en silencio y le dio agua a la lámpara del otro. De golpe, alumbraron el suelo concentrados sobre dos brasas verdes. Detrás de ellas, un cuerpo elástico, levemente moteado de amarillo, esperaba el rugido de la escopeta.

—¡Dele, viejo!

El disparo cortó la canción de los pájaros nocturnos y se perdió en la montaña. Amanecía rápidamente. En un matorral cercano, el tigre se revolcaba con un quejido bronco, quebrando palos y ramas secas.

Bajaron los dos cazadores del árbol. Antes de ir hacia el tigre, el viejo se volvió con naturalidad al Mandador:

—Vo ’a vé si ‘ta cayendo una verbá po’allá, pa’ vení a matá’ dispué sajino.

Apenas subió al barranco, corrió, desesperado, desatándose con dedos torpes por la prisa la majagua que le servía de cinturón.

Cuando regresó, el gesto de apuro había desaparecido.

Lleno de dignidad se acercó a Mandador. Este, con ademán de conocedor, dijo señalando al tigre:

—’Ta bellaco el tiro, viejo. Le metió el plomo en to’o el codillo.

Conclusión

Al final del cuento, se encapsula la esencia del protagonista: un hombre valiente, decidido, cuya fuerza interior supera los límites físicos impuestos por su persistente malestar estomacal. Aunque su problema de salud es un aspecto constante y nunca atendido a lo largo de su vida, no logra opacar su determinación ni su capacidad para imponerse ante los desafíos del monte.

En un giro significativo, el personaje se sobrepone en el momento más crucial: aquel en el que es reconocido como un excelente cazador. Este reconocimiento no solo reivindica su trayectoria, sino que también actúa como una especie de redención simbólica, en la que, al menos por un instante, su cuerpo parece alinearse con la grandeza de su espíritu.

Así, José María Sánchez nos deja una lección profunda: que la verdadera fortaleza no siempre reside en la perfección física, sino en la voluntad de seguir adelante, incluso cuando se carga con dolencias no resueltas. El monteador no solo triunfa como cazador, sino como figura humana que, pese a todo, nunca dejó de luchar.

Venus Maritza Hernández