Análisis literario de “El amor asesinado” | Cuento clásico explicado
“El amor asesinado” es un relato breve, pero de una densidad simbólica devastadora. Emilia Pardo Bazán toma un sentimiento universal —el amor— y lo convierte en personaje, en enemigo, en víctima… y finalmente, en verdugo. La autora no escribe una historia romántica: escribe una advertencia. Y lo hace con ironía, crudeza y una lucidez que incomoda.
Desde el inicio, el texto plantea una idea inquietante: el amor no siempre es deseado. A veces, amar cansa. Amar duele. Amar recuerda heridas que no han cerrado. Eva, la protagonista, no huye del amor por capricho, sino por experiencia. Hay en ella una fatiga emocional acumulada, una memoria del sufrimiento que la vuelve desconfiada. No estamos ante una joven ingenua, sino ante una mujer que ya sabe lo que el amor puede hacer cuando se instala sin permiso.
El amor, personificado como un muchacho rubio, hermoso y travieso, es descrito con rasgos casi infantiles. Es insistente, juguetón, incansable. No respeta fronteras ni decisiones. Eva viaja, se encierra, se protege, levanta murallas físicas y emocionales, pero el amor siempre encuentra una rendija por donde colarse. Este recurso literario refuerza una idea central: el amor no obedece a la voluntad. No se le puede expulsar por decreto ni desterrar con distancia. El amor, cuando llega, se filtra hasta por el aire que respiramos.
Aquí aparece uno de los grandes conflictos del relato: la lucha entre razón e instinto. Eva quiere gobernarse, dominarse, preservar su libertad y su dignidad. Pero el amor no entiende de planes ni de lógica. Es una fuerza elemental, casi biológica, que invade el cuerpo y la mente. La autora lo compara con una atmósfera sobresaturada de oxígeno: algo que, en exceso, puede resultar peligroso. Amar demasiado también puede asfixiar.
Desesperada, Eva decide hacer lo impensable: matar al amor. Y lo hace mediante la seducción. No con violencia inmediata, sino con dulzura calculada. Esta es una de las escenas más perturbadoras del cuento. Eva utiliza las mismas armas que el amor: ternura, caricias, palabras suaves, belleza. Lo atrae, lo arrulla, lo adormece. El amor confía, como confía siempre el amor cuando se siente correspondido. Y esa confianza es su condena.
El asesinato del amor no es un acto impulsivo, sino consciente. Eva duda, siente compasión, reconoce la belleza de aquello que está destruyendo. Y aun así, aprieta. Porque cree que solo así podrá salvarse. Aquí la autora introduce una pregunta brutal: ¿hasta dónde somos capaces de llegar para no sufrir? ¿Qué estamos dispuestos a destruir para protegernos?
La respuesta llega de inmediato y sin piedad. Al matar al amor, Eva siente un dolor físico, insoportable, mortal. Entonces comprende la verdad que había ignorado: el amor no estaba solo en sus brazos, estaba dentro de ella. No se puede asesinar el amor sin asesinar una parte esencial del propio ser. Amar implica riesgo, sí, pero renunciar radicalmente al amor implica una muerte interior aún mayor.
El desenlace es demoledor: Eva se suicida sin quererlo. Su crimen es también su castigo. Emilia Pardo Bazán no moraliza, no sermonea, simplemente muestra las consecuencias. El amor no es un objeto externo que podamos desechar sin daño. Es una fuerza constitutiva de la vida humana. Negarlo, sofocarlo o destruirlo por miedo es una forma de autodestrucción.
Tu análisis inicial acierta al señalar la confusión entre el objeto del amor y el amor como entidad abstracta. Eva no distingue entre amar a alguien concreto y amar como experiencia vital. Al destruir al amor-personaje, cree liberarse de los hombres, del sufrimiento, de la vulnerabilidad. Pero en realidad se priva de la posibilidad misma de sentir, de vivir plenamente.
Este cuento es profundamente actual. En una época donde se huye del compromiso, se teme al dolor emocional y se glorifica la autosuficiencia, “El amor asesinado” nos recuerda una verdad antigua y olvidada: vivir sin amar no es vivir, es sobrevivir. El amor puede herir, sí, pero su ausencia mata lentamente.
Emilia Pardo Bazán, con su mirada aguda y su prosa elegante, nos deja una lección incómoda y eterna: no se puede vivir dignamente negando lo que nos hace humanos. El amor no se asesina sin pagar un precio. Y ese precio, casi siempre, es uno mismo.
Resumen
Nunca podrá decirse que la infeliz Eva omitió ningún medio lícito de zafarse de aquel tunantuelo de Amor, que la perseguía sin dejarle
punto de reposo.
Empezó poniendo tierra en medio, viajando para romper el hechizo que sujeta al alma a los lugares donde por primera vez se nos aparece
el Amor. Precaución inútil, tiempo perdido;
pues el pícaro rapaz se subió a la zaga del coche, se agazapó bajo los asientos del tren, más adelante se deslizó en el saquillo de mano, y
por último en los bolsillos de la viajera.
En cada punto donde Eva se detenía, sacaba el Amor su cabecita maliciosa y le decía con sonrisa picaresca y confidencial: "No me separo de ti. Vamos juntos."
Entonces Eva, que no se dormía, mandó construir altísima torre bien resguardada con cubos, bastiones, fosos y contrafosos, defendida por
guardias veteranos, y con rastrillos y macizas puertas chapeadas y claveteadas de hierro, cerradas día y noche.
Pero al abrir la ventana, un anochecer que se asomó agobiada de tedio a mirar el campo y a gozar la apacible y melancólica luz de la luna saliente, el rapaz se coló en la estancia; y si bien le expulsó de ella y colocó rejas dobles, con agudos pinchos, y se encarceló voluntariamente, sólo consiguió Eva que el amor entrase por las hendiduras de la pared, por los canalones del tejado o por el agujero de la llave.
Furiosa, hizo tomar las grietas y calafatear los intersticios, creyéndose a salvo de atrevimientos y demasías; mas no contaba con lo ducho que es en tretas y picardihuelas el Amor.
El muy maldito se disolvió en los átomos del aire, y envuelto en ellos se le metió en boca y pulmones, de modo que Eva se pasó el día respirándole, exaltada, loca, con una fiebre muy semejante a la que causa la atmósfera sobresaturada de oxígeno.
Ya fuera de tino, desesperando de poder tener a raya al malvado Amor, Eva comenzó a pensar en la manera de librarse de él definitivamente, a toda costa, sin reparar en medios ni detenerse
en escrúpulos. Entre el Amor y Eva, la lucha era a muerte, y no importaba el cómo se vencía, sino sólo obtener la victoria.
Eva se conocía bien, no porque fuese muy reflexiva, sino porque poseía instinto sagaz y certero; y conociéndose, sabía que era capaz de engatusar con maulas y zalamerías al mismo diablo, que no al Amor, de suyo inflamable y fácil de seducir. Propúsose, pues, chasquear al Amor, y desembarazarse de él sobre seguro y traicioneramente, asesinándole.
Preparó sus redes y anzuelos, y poniendo en ellos cebo de flores y de miel dulcísima, atrajo al Amor haciéndole graciosos guiños y dirigiéndole sonrisas de embriagadora ternura y palabras entre graves y mimosas, en voz velada por la emoción, de notas más melodiosas que las del agua cuando se destrenza sobre guijas o cae suspirando en morisca fuente.
Eva le acogió en su regazo; acaricióle con felina blandura; sirvióle golosinas; le arrulló para que se adormeciese tranquilo, y así que le vio calmarse recostando en su pecho la cabeza, se preparó a estrangularle, apretándole la garganta con rabia y brío.
Un sentimiento de pena y lástima la contuvo, sin embargo, breves instantes. ¡Estaba tan lindo, tan divinamente hermoso el condenado
Amor aquel! Sobre sus mejillas de nácar, palidecidas por la felicidad, caía una lluvia de rizos de oro, finos como las mismas hebras de la luz;
y de su boca purpúrea, risueña aún, de entre la doble sarta de piñones mondados de sus dientes, salía un soplo aromático, igual y puro.
Sus azules pupilas, entreabiertas, húmedas, conservaban
la languidez dichosa de los últimos instantes;
y plegadas sobre su cuerpo de helénicas proporciones, sus alas color de rosa parecían pétalos arrancados. Eva notó ganas de llorar...
No había remedio; tenía que asesinarle si quería vivir digna, respetada, libre..., no cerrando
los ojos por no ver al muchacho, apretó las manos enérgicamente, largo, largo tiempo, horrorizada del estertor que oía, del quejido sordo y lúgubre exhalado por el Amor agonizante.
Al fin, Eva soltó a la víctima y la contempló... El Amor ni respiraba ni se rebullía; estaba muerto, tan muerto como mi abuela.
Al punto mismo que se cercioraba de esto, la criminal percibió un dolor terrible, extraño, inexplicable, algo como una ola de sangre que
ascendía a su cerebro, y como un aro de hierro que oprimía gradualmente su pecho, asfixiándola. Comprendió lo que sucedía...
El Amor a quien creía tener en brazos, estaba más adentro, en su mismo corazón, y Eva, al asesinarle, se había suicidado.
Autora: Emilia Pardo Bazán