sábado, 19 de septiembre de 2020

El amor asesinado


Ilustración simbólica del cuento "El amor asesinado", relato clásico de pasión y tragedia.














Análisis literario de “El amor asesinado” | Cuento clásico explicado

“El amor asesinado” es un relato breve, pero de una densidad simbólica devastadora. Emilia Pardo Bazán toma un sentimiento universal —el amor— y lo convierte en personaje, en enemigo, en víctima… y finalmente, en verdugo. La autora no escribe una historia romántica: escribe una advertencia. Y lo hace con ironía, crudeza y una lucidez que incomoda.

Desde el inicio, el texto plantea una idea inquietante: el amor no siempre es deseado. A veces, amar cansa. Amar duele. Amar recuerda heridas que no han cerrado. Eva, la protagonista, no huye del amor por capricho, sino por experiencia. Hay en ella una fatiga emocional acumulada, una memoria del sufrimiento que la vuelve desconfiada. No estamos ante una joven ingenua, sino ante una mujer que ya sabe lo que el amor puede hacer cuando se instala sin permiso.

El amor, personificado como un muchacho rubio, hermoso y travieso, es descrito con rasgos casi infantiles. Es insistente, juguetón, incansable. No respeta fronteras ni decisiones. Eva viaja, se encierra, se protege, levanta murallas físicas y emocionales, pero el amor siempre encuentra una rendija por donde colarse. Este recurso literario refuerza una idea central: el amor no obedece a la voluntad. No se le puede expulsar por decreto ni desterrar con distancia. El amor, cuando llega, se filtra hasta por el aire que respiramos.

Aquí aparece uno de los grandes conflictos del relato: la lucha entre razón e instinto. Eva quiere gobernarse, dominarse, preservar su libertad y su dignidad. Pero el amor no entiende de planes ni de lógica. Es una fuerza elemental, casi biológica, que invade el cuerpo y la mente. La autora lo compara con una atmósfera sobresaturada de oxígeno: algo que, en exceso, puede resultar peligroso. Amar demasiado también puede asfixiar.

Desesperada, Eva decide hacer lo impensable: matar al amor. Y lo hace mediante la seducción. No con violencia inmediata, sino con dulzura calculada. Esta es una de las escenas más perturbadoras del cuento. Eva utiliza las mismas armas que el amor: ternura, caricias, palabras suaves, belleza. Lo atrae, lo arrulla, lo adormece. El amor confía, como confía siempre el amor cuando se siente correspondido. Y esa confianza es su condena.

El asesinato del amor no es un acto impulsivo, sino consciente. Eva duda, siente compasión, reconoce la belleza de aquello que está destruyendo. Y aun así, aprieta. Porque cree que solo así podrá salvarse. Aquí la autora introduce una pregunta brutal: ¿hasta dónde somos capaces de llegar para no sufrir? ¿Qué estamos dispuestos a destruir para protegernos?

La respuesta llega de inmediato y sin piedad. Al matar al amor, Eva siente un dolor físico, insoportable, mortal. Entonces comprende la verdad que había ignorado: el amor no estaba solo en sus brazos, estaba dentro de ella. No se puede asesinar el amor sin asesinar una parte esencial del propio ser. Amar implica riesgo, sí, pero renunciar radicalmente al amor implica una muerte interior aún mayor.

El desenlace es demoledor: Eva se suicida sin quererlo. Su crimen es también su castigo. Emilia Pardo Bazán no moraliza, no sermonea, simplemente muestra las consecuencias. El amor no es un objeto externo que podamos desechar sin daño. Es una fuerza constitutiva de la vida humana. Negarlo, sofocarlo o destruirlo por miedo es una forma de autodestrucción.

Tu análisis inicial acierta al señalar la confusión entre el objeto del amor y el amor como entidad abstracta. Eva no distingue entre amar a alguien concreto y amar como experiencia vital. Al destruir al amor-personaje, cree liberarse de los hombres, del sufrimiento, de la vulnerabilidad. Pero en realidad se priva de la posibilidad misma de sentir, de vivir plenamente.

Este cuento es profundamente actual. En una época donde se huye del compromiso, se teme al dolor emocional y se glorifica la autosuficiencia, “El amor asesinado” nos recuerda una verdad antigua y olvidada: vivir sin amar no es vivir, es sobrevivir. El amor puede herir, sí, pero su ausencia mata lentamente.

Emilia Pardo Bazán, con su mirada aguda y su prosa elegante, nos deja una lección incómoda y eterna: no se puede vivir dignamente negando lo que nos hace humanos. El amor no se asesina sin pagar un precio. Y ese precio, casi siempre, es uno mismo.

    Resumen

En ocasiones, no se desea amar, y el amor, en consecuencia, puede morir en el interior del ser humano, si así se decide. Aunque a veces solo destile atracción, si algo nos perturba y no lo asimilamos con sabiduría, podemos terminar con ese amor, aunque nos duela profundamente… incluso por toda la eternidad.

Conclusión

Intuyo que la protagonista había experimentado muchas decepciones amorosas y ya no quería volver a sufrir. Hay una cierta confusión existencial entre el objeto del amor, personificado por un hombre joven, rubio y bello, y el amor mismo como una entidad abstracta, sin forma material, pero real en tanto que produce heridas en el corazón. Al final, ella destruye al amor acabando con su propia existencia.

Venus Maritza Hernández


El amor asesinado. Cuento


Autora: Emilia Pardo Bazán

Nunca podrá decirse que la infeliz Eva omitió ningún medio lícito de zafarse de aquel tunantuelo de Amor, que la perseguía sin dejarle
punto de reposo.

Empezó poniendo tierra en medio, viajando para romper el hechizo que sujeta al alma a los lugares donde por primera vez se nos aparece
el Amor. Precaución inútil, tiempo perdido;
pues el pícaro rapaz se subió a la zaga del coche, se agazapó bajo los asientos del tren, más adelante se deslizó en el saquillo de mano, y
por último en los bolsillos de la viajera.

En cada punto donde Eva se detenía, sacaba el Amor su cabecita maliciosa y le decía con sonrisa picaresca y confidencial: "No me separo de ti. Vamos juntos."

Entonces Eva, que no se dormía, mandó construir altísima torre bien resguardada con cubos, bastiones, fosos y contrafosos, defendida por
guardias veteranos, y con rastrillos y macizas puertas chapeadas y claveteadas de hierro, cerradas día y noche. 

Pero al abrir la ventana, un anochecer que se asomó agobiada de tedio a mirar el campo y a gozar la apacible y melancólica luz de la luna saliente, el rapaz se coló en la estancia; y si bien le expulsó de ella y colocó rejas dobles, con agudos pinchos, y se encarceló voluntariamente, sólo consiguió Eva que el amor entrase por las hendiduras de la pared, por los canalones del tejado o por el agujero de la llave.

Furiosa, hizo tomar las grietas y calafatear los intersticios, creyéndose a salvo de atrevimientos y demasías; mas no contaba con lo ducho que es en tretas y picardihuelas el Amor.

El muy maldito se disolvió en los átomos del aire, y envuelto en ellos se le metió en boca y pulmones, de modo que Eva se pasó el día respirándole, exaltada, loca, con una fiebre muy semejante a la que causa la atmósfera sobresaturada de oxígeno.

Ya fuera de tino, desesperando de poder tener a raya al malvado Amor, Eva comenzó a pensar en la manera de librarse de él definitivamente, a toda costa, sin reparar en medios ni detenerse
en escrúpulos. Entre el Amor y Eva, la lucha era a muerte, y no importaba el cómo se vencía, sino sólo obtener la victoria.

Eva se conocía bien, no porque fuese muy reflexiva, sino porque poseía instinto sagaz y certero; y conociéndose, sabía que era capaz de engatusar con maulas y zalamerías al mismo diablo, que no al Amor, de suyo inflamable y fácil de seducir. Propúsose, pues, chasquear al Amor, y desembarazarse de él sobre seguro y traicioneramente, asesinándole.

Preparó sus redes y anzuelos, y poniendo en ellos cebo de flores y de miel dulcísima, atrajo al Amor haciéndole graciosos guiños y dirigiéndole sonrisas de embriagadora ternura y palabras entre graves y mimosas, en voz velada por la emoción, de notas más melodiosas que las del agua cuando se destrenza sobre guijas o cae suspirando en morisca fuente.

El Amor acudió volando, alegre, gentil, feliz, aturdido y confiado como niño, impetuoso y engreído como mancebo, plácido y sereno como varón vigoroso.

Eva le acogió en su regazo; acaricióle con felina blandura; sirvióle golosinas; le arrulló para que se adormeciese tranquilo, y así que le vio calmarse recostando en su pecho la cabeza, se preparó a estrangularle, apretándole la garganta con rabia y brío.

Un sentimiento de pena y lástima la contuvo, sin embargo, breves instantes. ¡Estaba tan lindo, tan divinamente hermoso el condenado
Amor aquel! Sobre sus mejillas de nácar, palidecidas por la felicidad, caía una lluvia de rizos de oro, finos como las mismas hebras de la luz;
y de su boca purpúrea, risueña aún, de entre la doble sarta de piñones mondados de sus dientes, salía un soplo aromático, igual y puro.

Sus azules pupilas, entreabiertas, húmedas, conservaban
la languidez dichosa de los últimos instantes;
y plegadas sobre su cuerpo de helénicas proporciones, sus alas color de rosa parecían pétalos arrancados. Eva notó ganas de llorar...

No había remedio; tenía que asesinarle si quería vivir digna, respetada, libre..., no cerrando
los ojos por no ver al muchacho, apretó las manos enérgicamente, largo, largo tiempo, horrorizada del estertor que oía, del quejido sordo y lúgubre exhalado por el Amor agonizante.

Al fin, Eva soltó a la víctima y la contempló...  El Amor ni respiraba ni se rebullía; estaba muerto, tan muerto como mi abuela.

Al punto mismo que se cercioraba de esto, la criminal percibió un dolor terrible, extraño, inexplicable, algo como una ola de sangre que
ascendía a su cerebro, y como un aro de hierro que oprimía gradualmente su pecho, asfixiándola. Comprendió lo que sucedía...

El Amor a quien creía tener en brazos, estaba más adentro, en su mismo corazón, y Eva, al asesinarle, se había suicidado.


Autora: Emilia Pardo Bazán





Cuento de terror de Guy Maupassant y análisis literario

 
Ilustración del cuento de terror "¿Fue un sueño?" de Guy de Maupassant.






Un maravilloso cuento del escritor Guy de Maupassant que atrapa desde las primeras líneas. Se centra en el profundo amor de un hombre hacia su mujer, recién fallecida. Desconsolado, emprende una aventura tenebrosa que marcará su vida para siempre… y que quizá le brinde el consuelo que su alma tanto necesita.

Venus Maritza Hernández


Análisis literario de ¿Fue un sueño?  | Cuento clásico explicado

¿Fue un sueño? es uno de los relatos más inquietantes y brillantes de Guy de Maupassant, un cuento que se desliza con elegancia desde el lirismo amoroso hasta el horror moral, pasando por el territorio ambiguo de lo fantástico psicológico. Como suele ocurrir en su obra, el autor no necesita monstruos ni artificios sobrenaturales evidentes: le basta con el alma humana, la culpa y la verdad desnuda.

El relato se abre con una confesión apasionada: “¡La había amado locamente!”. Desde la primera línea, el narrador está dominado por una obsesión absoluta. El amor aparece como una fuerza totalizante, exclusiva, casi religiosa. Amar, para él, significa reducir el mundo a una sola persona, a un solo nombre que asciende del alma como una oración. Maupassant describe el enamoramiento con una prosa musical, hipnótica, insistente, que reproduce el movimiento circular del pensamiento obsesivo.

Este amor no es sereno ni equilibrado: es posesión, fusión, pérdida de límites. El narrador vive únicamente a través de ella, hasta el punto de no distinguir entre el día y la noche, entre la vida y la muerte. Aquí ya se insinúa uno de los temas centrales del cuento: la fragilidad de la conciencia, la facilidad con que la razón puede resquebrajarse cuando se apoya en un solo pilar.

La muerte de la mujer amada irrumpe de forma casi banal, despojada de dramatismo heroico. No hay grandes discursos ni escenas sublimes: hay lluvia, tos, médicos que entran y salen, recuerdos borrosos. El narrador confiesa haberlo olvidado todo. Esta amnesia parcial no es casual: señala el inicio del desmoronamiento mental. El dolor es tan intenso que la memoria se fragmenta. La muerte no se recuerda, se padece.

Uno de los momentos más poderosos del relato es la escena del entierro. El sonido del martillo cerrando el ataúd se convierte en un símbolo brutal del encierro definitivo. Ella queda separada del mundo, y con ella se entierra también la identidad del narrador. El viaje posterior no es solo geográfico: es una huida de la realidad, una negación del duelo.

Cuando regresa a París, el espacio doméstico adquiere un carácter casi espectral. La habitación compartida, los muebles, la cama, los objetos cotidianos conservan “átomos” de ella. Maupassant convierte lo inanimado en testigo del amor perdido. El hogar deja de ser refugio y se transforma en una trampa emocional. El deseo de suicidio aparece como una tentación lógica, no melodramática: la vida sin ella parece un error de cálculo.

El espejo ocupa un lugar simbólico central. No refleja a la mujer, pero la evoca. Es un objeto frío que, paradójicamente, despierta una pasión ardiente. El narrador llega a amar el cristal, porque fue testigo de su presencia. El espejo representa la memoria: devuelve imágenes, pero nunca cuerpos; conserva apariencias, pero no la vida. Es un recordatorio cruel de lo irrecuperable.

El paso al cementerio marca el tránsito definitivo hacia lo fantástico. El espacio de los muertos se describe como una ciudad pequeña, humilde, casi olvidada, en contraste con la ciudad de los vivos. Maupassant introduce aquí una reflexión amarga: los vivos ocupan grandes espacios; los muertos, apenas nada. La tierra y el olvido los devoran. La tumba con la inscripción “Amó, fue amada, y murió” resume la visión idealizada de la vida humana: una mentira piadosa, breve y tranquilizadora.

La noche en el cementerio es el corazón del relato. El miedo, la oscuridad, la desorientación sensorial preparan el terreno para la irrupción de lo imposible. Cuando los muertos salen de sus tumbas y corrigen las inscripciones, el cuento se transforma en una acusación moral devastadora. Las lápidas, símbolos de la memoria social, mienten. Los vivos falsean la historia para soportarla. Los muertos, en cambio, escriben la verdad.

Cada epitafio corregido revela una existencia marcada por la hipocresía, la crueldad y el egoísmo. Maupassant no salva a nadie: padres, esposas, hijos, comerciantes respetables, todos quedan desnudos ante la verdad. Es una visión profundamente pesimista del ser humano, coherente con la filosofía del autor: bajo la máscara social se esconde la miseria moral.

El golpe final llega con la tumba de la mujer amada. El ideal romántico se derrumba de forma brutal. La inscripción revela que ella murió a causa de una pulmonía contraída al salir a engañar a su amante. No solo no era fiel, sino que su muerte fue consecuencia directa de la traición. El amor absoluto del narrador se revela como una construcción ilusoria.

El título del cuento, ¿Fue un sueño?, adquiere aquí su plena dimensión. Maupassant no ofrece una respuesta clara. El narrador despierta inconsciente sobre la tumba, y el lector queda suspendido entre dos interpretaciones: una experiencia sobrenatural o una alucinación nacida del dolor y la culpa. Esa ambigüedad es esencial al relato. La verdad, como las lápidas, puede ser insoportable.

Finalmente, ¿Fue un sueño? es una obra magistral sobre el amor idealizado, la mentira social y la violencia de la verdad. Maupassant nos recuerda, con una elegancia cruel, que amar no garantiza conocer, que la memoria miente y que, a veces, el mayor horror no proviene de los muertos, sino de lo que los vivos prefieren no saber.


Conclusión

El final de este cuento nos demuestra que, en la vida real, las cosas son así. Creemos conocer completamente a una persona, pero no es así. Cada individuo guarda una coraza de privacidad que resulta imposible derribar. Nos formamos una imagen interna de alguien que, muchas veces, está muy lejos de la realidad. Por eso, el amor a Dios debe reinar ante todo en nosotros, porque Él es, en verdad, el único ser que jamás nos traicionará.


¿Fue un sueño? Cuento

Autor: Guy de Maupassant

Videocuento



domingo, 13 de septiembre de 2020

El árbol santo de Río de Jesús

El árbol santo de Río de Jesús es considerado un árbol santo



En un rincón apartado de Veraguas, un árbol único se alza como guardián de antiguas creencias y milagros. Conocido como el “árbol del Paraíso”, su misteriosa floración, su aroma inigualable y los supuestos poderes curativos que se le atribuyen lo han convertido en centro de devoción y asombro por generaciones. Esta historia nos invita a descubrir el vínculo entre la naturaleza y lo sagrado.

Venus Maritza Hernández


Análisis literario de El árbol santo de Río de Jesús  | Cuento clásico explicado

El árbol santo de Río de Jesús es un cuento que se sitúa en la frontera difusa entre la crónica, la leyenda y la literatura religiosa-popular. Sergio González Ruíz construye un relato donde la naturaleza, la fe y la memoria colectiva se funden en una misma experiencia espiritual. No se trata de un cuento de acción ni de conflicto dramático, sino de una celebración del misterio, de lo sagrado encarnado en lo natural y vivido desde la mirada del pueblo.

Desde las primeras líneas, el narrador establece el tono legendario del texto. El árbol no tiene edad precisa ni origen comprobable; su historia se pierde en los siglos. Esa indefinición temporal lo convierte en un símbolo: el árbol no pertenece al tiempo humano, sino al tiempo mítico. Es un ser que parece haber estado allí “desde siempre”, como si fuese un testigo silencioso del paso de generaciones. La falta de certeza científica no es una debilidad del relato, sino su mayor fortaleza simbólica.

La descripción física del árbol es minuciosa y reverente. González Ruíz lo presenta como una criatura majestuosa, comparable a los grandes árboles nobles del trópico, pero dotada de rasgos únicos que lo separan de cualquier clasificación común. Esta singularidad refuerza su carácter sagrado: lo que no puede reproducirse, lo que no puede explicarse, se vuelve digno de veneración. El árbol no se multiplica por semillas, sus frutos son escasos y estériles, y sus retoños apenas sobreviven. Es como si la naturaleza misma protegiera su unicidad, impidiendo que lo extraordinario se banalice.

Uno de los aspectos más poderosos del cuento es la floración, que coincide con el calendario litúrgico cristiano. El árbol florece en enero y alcanza su esplendor durante la Semana Santa, “vestido de flores” que armonizan con los colores de la Pasión. 

Esta sincronía no es casual dentro del relato: establece un puente directo entre la naturaleza y la fe cristiana. El árbol se convierte así en un altar natural, una catedral vegetal donde Dios se manifiesta sin intermediarios humanos.

El aroma de las flores cumple una función simbólica fundamental. No es solo un elemento sensorial, sino espiritual. El narrador lo compara con un incienso que asciende hacia lo divino, un “incienso pagano y tropical”. 

Esta expresión resume el corazón del cuento: la convivencia entre lo cristiano y lo pagano, entre la religión institucional y la religiosidad popular. No hay condena ni ironía; hay aceptación. González Ruíz observa este sincretismo con respeto y admiración, como una forma genuina de comunión con lo sagrado.

Las creencias curativas asociadas a las flores del árbol refuerzan su carácter milagroso. Dolores de muela, de oído, de estómago: males cotidianos, humanos, humildes. No se trata de grandes prodigios épicos, sino de milagros domésticos, cercanos, transmitidos de generación en generación. El relato no intenta comprobar ni desmentir estos poderes; simplemente los recoge como parte viva de la cultura del pueblo. La fe no necesita demostración científica: vive en la experiencia compartida.

El narrador adopta una postura equilibrada entre observador y creyente. Aunque utiliza expresiones como “según el decir de la gente”, no hay distancia irónica ni escepticismo burlón. Al contrario, el tono es sereno, respetuoso, casi devoto. La voz narrativa entiende que estas creencias forman parte de una sabiduría ancestral, una manera de relacionarse con el mundo que no busca dominar la naturaleza, sino dialogar con ella.

El espacio donde se encuentra el árbol refuerza su simbolismo. Está rodeado de manglares, pero no pertenece a ellos; está cerca del mar, pero aislado. Es un lugar liminal, un umbral entre mundos: tierra y agua, naturaleza salvaje y espacio ritual. Allí se reúnen campesinos, devotos y turistas, todos atraídos por algo que no pueden explicar del todo. El árbol actúa como un centro espiritual, un punto de convergencia de miradas, creencias y silencios.

La romería de Semana Santa es el clímax del relato. Las velas encendidas, los rosarios, las oraciones, el altar improvisado en medio del monte crean una imagen profundamente poética. No es una ceremonia solemne ni ordenada, sino sencilla y auténtica. El autor define este espectáculo como “mitad cristiano, mitad pagano”, y en esa mezcla reside su fuerza. No hay dogma rígido, sino una fe vivida desde el corazón.

En el fondo, El árbol santo de Río de Jesús es una reflexión sobre la necesidad humana de lo sagrado. Frente a un mundo moderno que busca explicarlo todo, el cuento reivindica el misterio, la tradición oral y la fe sencilla. El árbol no es solo un fenómeno botánico extraño; es un símbolo de esperanza, consuelo y continuidad espiritual.

En conclusión, Sergio González Ruíz ofrece un relato profundamente arraigado en la cultura y la sensibilidad panameña, donde la naturaleza se convierte en lenguaje divino y el pueblo en su intérprete fiel. El árbol santo de Río de Jesús nos recuerda que, a veces, Dios no habla desde los templos de piedra, sino desde la savia de un árbol antiguo que florece en silencio cada Semana Santa.



El árbol santo de Río de Jesús, Cuento


Autor: Sergio González Ruíz



Conclusión

El “granadillo” de Río de Jesús sigue floreciendo como símbolo de fe y misterio. Su resistencia al paso del tiempo y el fervor que despierta en quienes lo visitan nos recuerdan que, a veces, la naturaleza guarda secretos que solo la tradición y la esperanza saben interpretar.

Venus Maritza Hernández

Leyenda de niña encantada

La niña encantada del río

Una fascinante leyenda panameña que nos deleita desde las primeras líneas, enmarcando la espiritualidad de la naturaleza y las legendarias figuras del pasado. Percibimos la magia del tiempo en las vívidas descripciones del entorno, que nos atrapan con su hechizo narrativo.


Venus Maritza Hernández

Análisis literario de “La niña encantada del Salto del Pilón” | Leyenda explicada

La niña encantada del Salto del Pilón” es un relato que se inscribe con fuerza en la tradición de la leyenda hispanoamericana, donde la naturaleza no es un simple escenario, sino un ente vivo, sagrado y peligroso, cargado de memoria, misterio y juicio moral. 

Desde las primeras líneas, el autor construye un universo dominado por el río, las montañas y el rumor ancestral del agua, creando una atmósfera solemne que prepara al lector para lo extraordinario.

El cuento inicia con una descripción minuciosa y casi ceremonial del Río Perales y de su recorrido. Esta larga introducción geográfica no es gratuita: el paisaje adquiere un carácter mítico, como si el lector estuviera siendo conducido lentamente hacia un lugar sagrado. El Salto del Pilón no es solo una catarata, es un umbral. 

El estruendo del agua, la profundidad oscura del pozo, la espuma perpetua y la roca milenaria funcionan como símbolos de lo insondable, de aquello que pertenece a un tiempo anterior al hombre y que no puede ser poseído sin consecuencias.

En este entorno aparece la leyenda del “encanto”, heredada de los pueblos indígenas. Aquí se manifiesta uno de los ejes centrales del cuento: el choque entre dos visiones del mundo. Por un lado, la cosmovisión indígena, que reconoce el carácter sagrado y peligroso de ciertos lugares; 

por otro, la mirada del conquistador español, representada por don Julián del Río, quien desprecia las advertencias y reduce la leyenda a superstición interesada. Su pensamiento está dominado por la ambición, por la sospecha de que tras el mito se esconden tesoros de oro.

Don Julián encarna al hombre que cree dominar la naturaleza y burlarse de lo invisible. Sin embargo, al llegar al salto, incluso él experimenta una mezcla de temor y admiración. 

El relato subraya este instante como un quiebre: el personaje comienza a sentir, aunque no lo acepte del todo, que ha cruzado una frontera. El paisaje, descrito con un lenguaje poético y casi místico, actúa como preludio de la aparición sobrenatural.

La figura de la niña encantada es uno de los grandes aciertos simbólicos del cuento. No aparece de forma abrupta, sino envuelta en bruma, arcoíris y luz, como una emanación del propio río. 

Su belleza es absoluta, casi divina, pero no vulgar ni provocativa: es una belleza arquetípica, ligada a la pureza, a la fuerza natural y al misterio. El peine de oro que utiliza no es un simple objeto, sino el símbolo de la tentación material, de la codicia que ha llevado a tantos hombres a la perdición.

El diálogo entre la niña encantada y don Julián condensa el sentido moral del relato. La pregunta —“¿a quién quieres más, a mí o al peine de oro?”— no es solo literal: es una prueba espiritual. 

El oro representa la ambición, el deseo de posesión, la violencia histórica de la conquista; la belleza representa lo inasible, lo que solo puede ser contemplado y respetado. Don Julián, al elegir a la mujer y no al oro, parece superar la prueba y es “salvado”.

Sin embargo, el cuento no se cierra en una moraleja simple. Aunque el personaje se salva del castigo inmediato, no logra dominar su deseo. La fascinación se transforma en pasión desbordada, y el amor se vuelve posesión. 

Al lanzarse tras la niña encantada, don Julián pierde la última barrera entre lo humano y lo sobrenatural. Su caída no es solo física, sino simbólica: renuncia al mundo de los hombres para fundirse con el mito.

El final del relato es profundamente poético y melancólico. Don Julián no muere de manera violenta, sino que se desliza como en un sueño hacia el fondo del charco. El agua, que al inicio era amenaza, se convierte en abrazo. 

La niña encantada desaparece para siempre, como ocurre con las apariciones míticas una vez que cumplen su destino. El amor entre ambos, imposible y eterno, queda sellado fuera del tiempo humano.

En conjunto, “La niña encantada del Salto del Pilón” es una leyenda sobre los límites del deseo, el respeto a lo sagrado y el castigo —o recompensa— que aguarda a quienes se atreven a cruzar fronteras prohibidas. 

El cuento rescata una visión tradicional del mundo, donde la naturaleza juzga, donde el oro corrompe y donde la belleza, aunque sublime, no puede ser poseída sin perderse. Es una historia que fluye como el río que la inspira: hermosa, peligrosa y destinada a permanecer en la memoria.


La niña encantada del salto del Pilón. Cuento

Autor: Sergio González Ruíz

Libro PDF de leyendas

Videocuento 


Conclusión

Una leyenda que nos deja una sensación grata, a pesar de la dimensión fantasmal implícita. El protagonista pierde toda noción de la realidad a causa del encanto de la aparición femenina, y con ello reafirma la leyenda, detenida en el tiempo.


Venus Maritza Hernández