Análisis de “Caperucita Roja” de Teresa Wilms Montt | Cuento clásico explicado
Este cuento, revestido de lirismo, nos ofrece una lectura muy distinta al clásico infantil que todos conocemos. Lejos de tratarse únicamente de una niña desobediente que cae en las garras de un lobo feroz, se revela aquí una historia simbólica, una tragedia disfrazada de inocencia, en la que el alma de una joven flor es arrancada lentamente por el lobo disfrazado de encanto.
Desde el inicio se percibe la intención de desmitificar la visión edulcorada del cuento. La narración nos muestra a una Caperucita que no es una niña cualquiera, sino una muchacha en tránsito entre la niñez y la adolescencia, envuelta en pureza, ternura y belleza.
Hay un énfasis en su despertar emocional, en su naturaleza sensitiva y su fragilidad espiritual. Esa “alma de flor” es la que será expuesta al engaño, y su tragedia no radica solamente en la muerte física, sino en la pérdida de la inocencia, en la devastación interior.
El lobo no es aquí una bestia salvaje, sino un arquetipo: el seductor, el manipulador, el depredador emocional. No ataca con dientes, sino con palabras dulces, con miradas profundas, con promesas que juegan con los sueños de la joven. Es el símbolo de aquellas presencias encantadoras y peligrosas que invaden la vida de muchas mujeres, prometiendo maravillas, pero dejando cicatrices.
Caperucita cae, como tantas otras, por su candidez, por su deseo de creer en la bondad del mundo. Guarda el secreto, regresa al río con una tacita vacía, símbolo de la espera, del anhelo no correspondido, hasta que, vacía también de sí misma, se entrega por completo, abandonando todo. Lo hace no por rebeldía, sino porque está hechizada: su voluntad ha sido doblegada, como ocurre tantas veces cuando el corazón ama sin entender aún los peligros del amor que seduce pero no cuida.
El desenlace es desgarrador: la muerte, sí, pero una muerte con el corazón expuesto, sangrando, clamando con sus manos aún un gesto de súplica. La imagen final no es simplemente trágica, sino profundamente simbólica. La sangre de Caperucita cubre su corazón… y así nos dice la narradora: “Desde entonces todas las mujeres llevamos el corazón cubierto por una caperucita roja de nuestra sangre.”
Esa frase final es la clave del relato: una advertencia ancestral, una denuncia silenciosa. Es un cuento que se hermana con todas las historias de mujeres heridas por lobos disfrazados de humanidad. Caperucita, entonces, no es una sola: somos todas. Todas, alguna vez, hemos amado con el alma abierta. Todas hemos sentido ese canto melífluo del lobo. Y todas, de alguna forma, llevamos ese manto rojo: de dolor, de advertencia, de memoria.
Este cuento, escrito en prosa poética, no es para niños. Es para nosotras. Es una plegaria por la inocencia perdida, y también una voz que nos recuerda que debemos enseñar a nuestras hijas no solo a temer al bosque, sino a reconocer los ojos del lobo, aunque vengan ocultos tras palabras dulces y manos extendidas.
Caperucita roja, Cuento
Autora: Teresa Wilms Montt
¡Caperucita Roja!
¡Pobre muñeca rubia, cuya historia tanto hemos escuchado sin
penetrar nunca la tragedia de su alma de flor!
Como ustedes saben, Caperucita era buena, pero curiosa. Amó
demasiado la plática del lobo en la soledad del bosque, olvidando los
buenos consejos de su madre.
¡Era tan melífluo el ladino lobo! Sabía
mirar tan hondo con sus ojos encendidos como ascuas.
Caperucita no pudo escapar de esa red hábilmente entretejida de
sutiles encantos, y murió, triturado el corazón entre los dientes de
aguja...
¡Pobre Caperucita Roja, frágil cosita de sueño! ¡Con qué
pena debemos llorar la muerte de tu alma de flor! En un país cuyo nombre no recuerdo —de esto hace mucho
tiempo,— vivía una señora viuda que poseía, como inmenso y único
tesoro, una hija.
Era la niña tan linda, tan blanca, tan rubia, tan
suave, cual rayo de sol, cual copo de nieve; era ángel humano cuya
carne fuese hecha de raso y pétalos.
La viuda adoraba a su hijita; ella correspondía a ese cariño con
beata sumisión.
Caperucita debía su nombre al traje que siempre vestía: una
hermosa capita y gorro de color rojo, que sentaba a las mil
maravillas en sus cabellos de oro y nacarada tez.
Cuando Caperucita cumplió quince años, hízole saber la madre
todos los peligros a que se expone una criatura sin experiencia, y
todos los agrados que trae consigo la conducta honesta y obediente.
La niña, emocionada, prometió seguir las amorosas enseñanzas.
Como la viuda fuese pobre, ayudábala su hija en los quehaceres
domésticos, dedicando sus momentos de recreo a las gallinas, a las
cuales daba de comer migajas de pan, y regando las flores, cuyos
tallos ostentaban su frescura en las macetas del balcón.
Caperucita, diligente, se levantaba con el sol; la cesta bajo el
brazo, ligera y bulliciosa, salía a hacer compras.
Eran sus andares
rítmicos, armoniosos; había tal gracia en la redonda carita, que
provocaba el piropo a cuantos la veían.
Ella, naturaleza humilde, bajaba los ojos ruborizada y sonreía
como el más casto de los querubines.
¡Pobre chiquilla rubia!
Una mañana hecha de luz, de cantos, de perfumes, Caperucita,
embriagada de sol, sintió la irresistible tentación de ir a bañar sus
piececitos al río. El agua clara era su juguete predilecto. ¡Cuántas
veces hubo de amonestarla su mamá para que retirase las manecitas
casi yertas del chorro del pilón!
Caperucita tenía la peregrina ocurrencia de formar un collar con
cuentas de agua que brillarían multicolores al sol.
Esa tan bella mañana, no pudo la chica sustraerse al deseo de
llegar hasta el río.
—¿Por qué ha de enojarse mamá —pensó— si
vendré a tiempo para hacer la comida? y si me atraso, no le diré
nada. —Conforme con su atolondrada reflexión salió, el cestito al
brazo. La roja gorrita colgada a las espaldas daba libertad a sus
rubios bucles, cuyas ensortijadas hebras flotaban desordenadas al
viento.
Juguetona, corcobeante, esta cabrita nueva despojóse de sus
zapatos y en un cerrar de ojos estuvo dentro del agua hasta las
rodillas.
El río, quieto, quieto, murmuraba apenas un rezo al follaje;
parecía dormido en su urna de cristal.
¡Qué rica, qué fresca burbujeaba el agua!
En ansia indecible de agradecer el dulce bienestar que le regalaba
la corriente, inclinóse Caperucita hasta las ondas y les ofreció sus
labios.
Fué tan musical el chasquido de aquel beso, como el ruido que al
caer en el río haría una piedra preciosa.
¿Acaso no eran los labios de Caperucita, un corazón de paloma
tallado en un solo rubí?
Inconsciente la chica en su felicidad, no había notado dos ojos
como carbunclos chispeantes, que la observaban detrás de una
barca en la orilla opuesta.
¡Qué iba a notar ella el lobo!
Pero la humana fiera, estaba codiciosa de la imagen que se
destacaba en medio de la brillante naturaleza, cual una esbelta flor
primaveral.
De un brinco saltó a la barca, a espaldas de ella, y acercándose
sin ser notado, la sorprendió con saludo amable impregnado de
perfidias y de mieles.
—Buenos días, Caperucita Roja. Benditos mis OJOS que te ven y
mi corazón, que a tu sonrisa se adelanta.
–Buenos días, señor, —respondió azorada la niña,— ¿por dónde ha
llegado usted, que no le he visto?
—La corriente me trajo hasta aquí; venía de pescar. ¿Te gustan los
pececillos rojos, Caperucita? Son tocayos tuyos.
—¡Oh, sí! —
respondió juntando las manecitas; y agregó tristemente. —Pero no
se pueden pescar; son tan ligeros como los gusanillos de luz que
echa el sol sobre el río cuando va a morir.
—Caperucita, ¿quieres pescaditos? Yo iré a buscarlos para tí.
Mañana los tendrás.
—¡Oh sí! ¡Oh sí! —exclamó llena de júbilo;— traeré una tacita de
porcelana para llevarlos a casar.
—¿Me prometes que vendrás —preguntó el joven tomando una de
las inquietas manitas— y no dirás nada a nadie?
—¿Por qué no podría contárselo a mamá?
¡Se pondría tan contenta!
—No, tontuela; mejor es ofrecérselos de improviso.
—Tiene usted razón. Pero ya es tarde y debo marcharme. Puede
notar mi madre que he estado en el río. Adiós, señor pescador.
—
Adiós Caperucita, hasta mañana.
Caperucita trabajó aquel día más contenta. El gorjeo de sus
cantos subía hasta anidar en las madreselvas que tapizaban los
viejos muros de la casuca. La viuda, embelesada, escuchaba
empapando su alma en la dicha del tesoro.
No sabía la madre el secreto que aleteaba dentro del pecho
juvenil, como pajarillo travieso que le hiciese cosquillas.
A la mañana siguiente, Caperucita volvió al río, pero llegó a casa
sin los peces.
No obstante, continuaba en su garganta el arrullo de la alegría.
El lobo, el terrible lobo, ya había destilado en su vida la venenosa
gota verde de la esperanza.
Sin que lo notase la señora, volvió la chica muchas veces al río.
Continuaba vacía la tacita de porcelana que había de guardar los
pececillos. Y los días pasaban, rápidos cual flechas a través de rayos
lunares. Y así transcurrió un año.
Caperucita seguía cantando; pero un oído que fuese atento habría
notado la tristeza de esas canciones. Además, la niña palidecía.
¿Qué tenía la dulce Caperucita? Ah! estaba enferma de ese terrible
mal cuyo verdugo mata martirizando lentamente con sus garras
sedosas y finas.
Caperucita amaba...
Y fué una noche, una noche de viento, de obscuridad, de
tormenta, cuando la niña aprovechando el sueño de la madre
abandonó el hogar, sin un gesto de piedad para ese inmenso dolor
que dejaba dormido confiadamente.
El lobo la había hechizado hasta hacerla olvidar los más sagrados
sentimientos.
La madre enloqueció dé pesar al verse impotente para encontrar
el perdido tesoro.
¿Y ella? —me dirán ustedes.— ¿Ella, qué fué de la pobre
Caperucita?
Cuentan los pescadores de aquel país, que una tarde, cuando
venia el río revuelto, encontraron cerca de unos matorrales el cuerpo
de la desdichada.
Estaban desencajadas sus preciosas mejillas, y aun conservaba las
manecitas estrechamente unidas en gesto de imploración.
Una gran herida dejaba descubierto el corazón de donde manaba
sangre roja, tan roja como sus labios que triunfaron de la muerte en
un regio color de rubí.
Desde entonces todas las mujeres llevamos el corazón cubierto
por una caperucita roja de nuestra sangre. Porque todas hemos sido
heridas por el lobo de ojos brillantes, de gestos graciosos, de
palabras melífluas...