viernes, 4 de julio de 2025

La cabellera de Laura – Cuento de Emilia Pardo Bazán con análisis literario

Ilustración en acuarela de una joven de cabello largo y rojizo junto a una ventana abierta con vista a un jardín verde y florido.










Análisis literario de “La cabellera de Laura”, un cuento de Emilia Pardo Bazán. |Cuento clásico explicado

En este cuento se siente desde el principio el peso de la pobreza y el dolor silencioso de una joven que, a pesar de todo, sigue adelante con valentía. Laura es un personaje que despierta ternura y admiración, porque no se rinde ni maldice su suerte, sino que, con humildad, cuida de su madre y trabaja sin descanso, aunque la vida le haya quitado todo menos su dignidad.

El sacrificio que hace es conmovedor: entregar su cabellera, su único tesoro, no por vanidad ni por interés, sino por amor. Ese acto es una entrega pura, una renuncia a su orgullo, a su belleza y hasta a su identidad como mujer. Pero lo hace por algo tan humano como el hambre y la necesidad de ayudar a quien ama.

Lo curioso del cuento es cómo ese cabello, ese símbolo de oro, se convierte en algo más que un objeto. No solo les da un poco de alivio económico, sino que despierta en el caballero una pasión tan profunda que cambia por completo su vida. El oro de la cabellera es también el oro del espíritu, el valor oculto de una mujer buena, pura y sacrificada, que sin buscarlo, despierta un amor obsesivo en un hombre que hasta entonces solo conocía el placer superficial.

Sin embargo, también se percibe algo que no deja de inquietar: don Luis, el caballero, decide casarse con ella sin siquiera pedirle su consentimiento. Es como si la pobreza de Laura le quitara su voz, como si él creyera que ella no tiene derecho a elegir. Ahí se refleja la sociedad de la época, donde el hombre tiene el poder, y la mujer, por muy virtuosa que sea, queda relegada al papel de premio o de objeto de deseo.

La historia tiene un aire de cuento de hadas, donde la muchacha pobre es rescatada por un caballero rico, pero a la vez, deja ver esa tristeza oculta de una vida dura, de una juventud sacrificada, de un amor que nace de una cabellera perdida y de un destino decidido sin preguntar.

El cabello de Laura es mucho más que un adorno: es símbolo de pureza, de entrega, de dolor y de esperanza. Es el puente entre la miseria y una nueva vida, pero también nos recuerda que las decisiones que afectan a una persona no deberían tomarse nunca sin su voz.

Venus Maritza Hernández

La cabellera de Laura, Cuento

Autora: Emilia Pardo Bazán


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Videocuento


miércoles, 2 de julio de 2025

Caperucita Roja: por Teresa Wilms Montt, El simbolismo oculto tras el cuento


Caperucita Roja en un bosque, ilustración en acuarela de estilo melancólico.














Análisis de “Caperucita Roja” de  Teresa Wilms Montt   | Cuento clásico explicado


Este cuento, revestido de lirismo, nos ofrece una lectura muy distinta al clásico infantil que todos conocemos. Lejos de tratarse únicamente de una niña desobediente que cae en las garras de un lobo feroz, se revela aquí una historia  simbólica, una tragedia disfrazada de inocencia, en la que el alma de una joven flor es arrancada lentamente por el lobo disfrazado de encanto.

Desde el inicio se percibe la intención de desmitificar la visión edulcorada del cuento. La narración nos muestra a una Caperucita que no es una niña cualquiera, sino una muchacha en tránsito entre la niñez y la adolescencia, envuelta en pureza, ternura y belleza. 

Hay un énfasis en su despertar emocional, en su naturaleza sensitiva y su fragilidad espiritual. Esa “alma de flor” es la que será expuesta al engaño, y su tragedia no radica solamente en la muerte física, sino en la pérdida de la inocencia, en la devastación interior.

El lobo no es aquí una bestia salvaje, sino un arquetipo: el seductor, el manipulador, el depredador emocional. No ataca con dientes, sino con palabras dulces, con miradas profundas, con promesas que juegan con los sueños de la joven. Es el símbolo de aquellas presencias encantadoras y peligrosas que invaden la vida de muchas mujeres, prometiendo maravillas, pero dejando cicatrices.

Caperucita cae, como tantas otras, por su candidez, por su deseo de creer en la bondad del mundo. Guarda el secreto, regresa al río con una tacita vacía, símbolo de la espera, del anhelo no correspondido, hasta que, vacía también de sí misma, se entrega por completo, abandonando todo. Lo hace no por rebeldía, sino porque está hechizada: su voluntad ha sido doblegada, como ocurre tantas veces cuando el corazón ama sin entender aún los peligros del amor que seduce pero no cuida.

El desenlace es desgarrador: la muerte, sí, pero una muerte con el corazón expuesto, sangrando, clamando con sus manos aún un gesto de súplica. La imagen final no es simplemente trágica, sino profundamente simbólica. La sangre de Caperucita cubre su corazón… y así nos dice la narradora: “Desde entonces todas las mujeres llevamos el corazón cubierto por una caperucita roja de nuestra sangre.”

Esa frase final es la clave del relato: una advertencia ancestral, una denuncia silenciosa. Es un cuento que se hermana con todas las historias de mujeres heridas por lobos disfrazados de humanidad. Caperucita, entonces, no es una sola: somos todas. Todas, alguna vez, hemos amado con el alma abierta. Todas hemos sentido ese canto melífluo del lobo. Y todas, de alguna forma, llevamos ese manto rojo: de dolor, de advertencia, de memoria.

Este cuento, escrito en prosa poética, no es para niños. Es para nosotras. Es una plegaria por la inocencia perdida, y también una voz que nos recuerda que debemos enseñar a nuestras hijas no solo a temer al bosque, sino a reconocer los ojos del lobo, aunque vengan ocultos tras palabras dulces y manos extendidas.


Caperucita roja, Cuento

Autora: Teresa Wilms Montt

 ¡Caperucita Roja! ¡Pobre muñeca rubia, cuya historia tanto hemos escuchado sin penetrar nunca la tragedia de su alma de flor! Como ustedes saben, Caperucita era buena, pero curiosa. Amó demasiado la plática del lobo en la soledad del bosque, olvidando los buenos consejos de su madre. 

¡Era tan melífluo el ladino lobo! Sabía mirar tan hondo con sus ojos encendidos como ascuas. Caperucita no pudo escapar de esa red hábilmente entretejida de sutiles encantos, y murió, triturado el corazón entre los dientes de aguja... 

¡Pobre Caperucita Roja, frágil cosita de sueño! ¡Con qué pena debemos llorar la muerte de tu alma de flor!  En un país cuyo nombre no recuerdo —de esto hace mucho tiempo,— vivía una señora viuda que poseía, como inmenso y único tesoro, una hija. 

Era la niña tan linda, tan blanca, tan rubia, tan suave, cual rayo de sol, cual copo de nieve; era ángel humano cuya carne fuese hecha de raso y pétalos. La viuda adoraba a su hijita; ella correspondía a ese cariño con beata sumisión. 

 Caperucita debía su nombre al traje que siempre vestía: una hermosa capita y gorro de color rojo, que sentaba a las mil maravillas en sus cabellos de oro y nacarada tez. Cuando Caperucita cumplió quince años, hízole saber la madre todos los peligros a que se expone una criatura sin experiencia, y todos los agrados que trae consigo la conducta honesta y obediente. 

La niña, emocionada, prometió seguir las amorosas enseñanzas. Como la viuda fuese pobre, ayudábala su hija en los quehaceres domésticos, dedicando sus momentos de recreo a las gallinas, a las cuales daba de comer migajas de pan, y regando las flores, cuyos tallos ostentaban su frescura en las macetas del balcón. Caperucita, diligente, se levantaba con el sol; la cesta bajo el brazo, ligera y bulliciosa, salía a hacer compras. 

Eran sus andares rítmicos, armoniosos; había tal gracia en la redonda carita, que provocaba el piropo a cuantos la veían. Ella, naturaleza humilde, bajaba los ojos ruborizada y sonreía como el más casto de los querubines. ¡Pobre chiquilla rubia! 

 Una mañana hecha de luz, de cantos, de perfumes, Caperucita, embriagada de sol, sintió la irresistible tentación de ir a bañar sus piececitos al río. El agua clara era su juguete predilecto. ¡Cuántas veces hubo de amonestarla su mamá para que retirase las manecitas casi yertas del chorro del pilón! 

Caperucita tenía la peregrina ocurrencia de formar un collar con cuentas de agua que brillarían multicolores al sol. Esa tan bella mañana, no pudo la chica sustraerse al deseo de llegar hasta el río. 

—¿Por qué ha de enojarse mamá —pensó— si vendré a tiempo para hacer la comida? y si me atraso, no le diré nada. —Conforme con su atolondrada reflexión salió, el cestito al brazo. La roja gorrita colgada a las espaldas daba libertad a sus rubios bucles, cuyas ensortijadas hebras flotaban desordenadas al viento. Juguetona, corcobeante, esta cabrita nueva despojóse de sus zapatos y en un cerrar de ojos estuvo dentro del agua hasta las rodillas. 

El río, quieto, quieto, murmuraba apenas un rezo al follaje; parecía dormido en su urna de cristal. ¡Qué rica, qué fresca burbujeaba el agua! En ansia indecible de agradecer el dulce bienestar que le regalaba la corriente, inclinóse Caperucita hasta las ondas y les ofreció sus labios. Fué tan musical el chasquido de aquel beso, como el ruido que al caer en el río haría una piedra preciosa. 

 ¿Acaso no eran los labios de Caperucita, un corazón de paloma tallado en un solo rubí? Inconsciente la chica en su felicidad, no había notado dos ojos como carbunclos chispeantes, que la observaban detrás de una barca en la orilla opuesta. ¡Qué iba a notar ella el lobo! Pero la humana fiera, estaba codiciosa de la imagen que se destacaba en medio de la brillante naturaleza, cual una esbelta flor primaveral. 

 De un brinco saltó a la barca, a espaldas de ella, y acercándose sin ser notado, la sorprendió con saludo amable impregnado de perfidias y de mieles. 

 —Buenos días, Caperucita Roja. Benditos mis OJOS que te ven y mi corazón, que a tu sonrisa se adelanta.

–Buenos días, señor, —respondió azorada la niña,— ¿por dónde ha llegado usted, que no le he visto? 

—La corriente me trajo hasta aquí; venía de pescar. ¿Te gustan los pececillos rojos, Caperucita? Son tocayos tuyos. 

—¡Oh, sí! — respondió juntando las manecitas; y agregó tristemente. —Pero no se pueden pescar; son tan ligeros como los gusanillos de luz que echa el sol sobre el río cuando va a morir. 

 —Caperucita, ¿quieres pescaditos? Yo iré a buscarlos para tí. Mañana los tendrás. 

—¡Oh sí! ¡Oh sí! —exclamó llena de júbilo;— traeré una tacita de porcelana para llevarlos a casar. 

 —¿Me prometes que vendrás —preguntó el joven tomando una de las inquietas manitas— y no dirás nada a nadie? 

—¿Por qué no podría contárselo a mamá? ¡Se pondría tan contenta! 

 —No, tontuela; mejor es ofrecérselos de improviso. 

—Tiene usted razón. Pero ya es tarde y debo marcharme. Puede notar mi madre que he estado en el río. Adiós, señor pescador. 

— Adiós Caperucita, hasta mañana. 

Caperucita trabajó aquel día más contenta. El gorjeo de sus cantos subía hasta anidar en las madreselvas que tapizaban los viejos muros de la casuca. La viuda, embelesada, escuchaba empapando su alma en la dicha del tesoro. No sabía la madre el secreto que aleteaba dentro del pecho juvenil, como pajarillo travieso que le hiciese cosquillas. 

A la mañana siguiente, Caperucita volvió al río, pero llegó a casa sin los peces. No obstante, continuaba en su garganta el arrullo de la alegría. El lobo, el terrible lobo, ya había destilado en su vida la venenosa gota verde de la esperanza. 

Sin que lo notase la señora, volvió la chica muchas veces al río. Continuaba vacía la tacita de porcelana que había de guardar los pececillos. Y los días pasaban, rápidos cual flechas a través de rayos lunares. Y así transcurrió un año. 

Caperucita seguía cantando; pero un oído que fuese atento habría notado la tristeza de esas canciones. Además, la niña palidecía. ¿Qué tenía la dulce Caperucita? Ah! estaba enferma de ese terrible mal cuyo verdugo mata martirizando lentamente con sus garras sedosas y finas. 

Caperucita amaba... Y fué una noche, una noche de viento, de obscuridad, de tormenta, cuando la niña aprovechando el sueño de la madre abandonó el hogar, sin un gesto de piedad para ese inmenso dolor que dejaba dormido confiadamente. 

El lobo la había hechizado hasta hacerla olvidar los más sagrados sentimientos. La madre enloqueció dé pesar al verse impotente para encontrar el perdido tesoro. ¿Y ella? —me dirán ustedes.— ¿Ella, qué fué de la pobre Caperucita? 

Cuentan los pescadores de aquel país, que una tarde, cuando venia el río revuelto, encontraron cerca de unos matorrales el cuerpo de la desdichada. Estaban desencajadas sus preciosas mejillas, y aun conservaba las manecitas estrechamente unidas en gesto de imploración. 

Una gran herida dejaba descubierto el corazón de donde manaba sangre roja, tan roja como sus labios que triunfaron de la muerte en un regio color de rubí. Desde entonces todas las mujeres llevamos el corazón cubierto por una caperucita roja de nuestra sangre. Porque todas hemos sido heridas por el lobo de ojos brillantes, de gestos graciosos, de palabras melífluas...

Job, el burro que aprendió a mirar al cielo – Cuento de Teresa Wilms Montt

Burro contemplando un cardo azul bajo un cielo estrellado, inspirado en el cuento “También para ellos” de Teresa Wilms Montt.










Análisis del cuento "También para ellos"  | Cuento clásico explicado

Este cuento nos envuelve en la vida silenciosa y resignada de Job, un burro envejecido por los años y la injusticia humana, cuya historia se despliega como un suspiro poético de dignidad y ternura. Lo que a simple vista parece una narración sencilla, es en realidad una profunda alegoría sobre el alma, el sufrimiento callado y el milagro de la contemplación.

Desde las primeras líneas se percibe un tono compasivo, casi maternal, con el que el autor describe la existencia de Job, un pollino doblegado por la carga física y emocional de una vida entera dedicada al trabajo. A través de él, el cuento nos habla de los olvidados, de aquellos seres humildes a quienes rara vez se les concede la gloria del descanso. 

Job representa a todos los que, por su naturaleza callada y sumisa, son invisibles ante la mirada egoísta del mundo. En algunas líneas, incluso se desliza un fino sentido del humor al retratar las meditaciones de Job y su visión del mundo, lo que aporta calidez y humanidad al relato.

El lenguaje es evocador y poético. Las descripciones del campo, del potrero, del hilo de agua, y de los cardos azules, tienen un lirismo que envuelve al lector en una atmósfera nostálgica. Pero no se trata de una naturaleza idealizada: la belleza aquí no es un adorno, sino un refugio. Es consuelo, revelación… un bálsamo para un ser que ha vivido sumido en el desencanto.

La escena del cardo azul es, a mi parecer, el corazón espiritual del cuento. Ese instante en que Job levanta por primera vez la cabeza al cielo, creyendo ver cardos florecidos en la bóveda nocturna, es profundamente simbólico. 

Nos habla de un alma que, tras una vida de resignación, descubre por fin el asombro. Y lo más hermoso es que no lo hace a través del entendimiento, sino del sentimiento. Job no sabe de reflejos ni de cielos, pero intuye que algo sagrado ha descendido a su mundo.

El relato sugiere que incluso los más ignorados pueden vivir una experiencia mística, una epifanía. Job no fue amado, no conoció ternura más allá de la de su madre en sus primeros días. Y, sin embargo, al final de su vida, cuando ya no espera nada, recibe una revelación silenciosa: el cielo también florece para él.

Me conmueve profundamente cómo este cuento transita de la desesperanza a la contemplación. No hay redención convencional, ni justicia reparadora, ni reconocimiento humano. Lo que hay es algo más íntimo: una paz que nace del alma, de esa mirada que, alzándose por primera vez, se atreve a encontrar belleza.

En este cuento, los animales no son simplemente animales. Son símbolos vivientes del abandono, del amor frustrado, del peso de la rutina, pero también del espíritu que, pese a todo, no se extingue. Job es una criatura herida, pero su sensibilidad ha sobrevivido. Aunque no sepa nombrarlo, intuye lo sagrado. Y al mirar al cielo, comprende —sin palabras— que también él pertenece al misterio y a la belleza del mundo.

Y eso, creo yo, es lo que convierte a este cuento en una pequeña joya: su forma sencilla esconde una verdad conmovedora. A veces, basta una flor azul para recordarnos que todos, hasta el más humillado, merecemos mirar al cielo y ver en él una esperanza. También para ellos hay cardos en el campo azul.


También para ellos, Cuento

Autora:  Teresa Wilms Montt

Texto del cuento

 


Juan Ruiz de Alarcón: El dramaturgo que desafió a su siglo

 

Retrato de Juan Ruiz de Alarcón, escritor novohispano nacido en Taxco, México












Juan Ruiz de Alarcón y Mendoza nació en Taxco, en la entonces Nueva España (hoy México), en el año 1581. Fue uno de los dramaturgos más notables del Siglo de Oro español, aunque su camino hacia el reconocimiento estuvo marcado por desafíos personales, prejuicios y una lucha constante por afirmar su talento en un mundo que no siempre lo valoró.

De origen criollo, viajó a España para formarse en leyes en la Universidad de Salamanca y más tarde en la de Sevilla, con la intención de seguir una carrera jurídica. Sin embargo, fue en el teatro donde encontró su verdadera vocación. A pesar de sus estudios y de obtener cargos en la administración, su pasión por las letras lo llevó a escribir comedias que se distinguirían por su profundidad moral y su estilo refinado.

A lo largo de su vida, Ruiz de Alarcón enfrentó burlas y desprecios por su físico —era bajo, jorobado y pelirrojo—, además de ser criollo en un ambiente dominado por españoles peninsulares. Sin embargo, con inteligencia, ironía y perseverancia, plasmó su respuesta a esas injusticias en su obra literaria. Muchas de sus comedias exploran la hipocresía, la soberbia y la falsedad social, temas que lo convirtieron en un crítico agudo de su época.

Su obra más célebre es "La verdad sospechosa", una comedia que influiría incluso en el teatro francés, inspirando a autores como Pierre Corneille. Esta pieza, junto a otras como "Las paredes oyen" o "Los pechos privilegiados", demuestra su dominio del diálogo, la sátira y la creación de personajes complejos.

Aunque escribió menos que sus contemporáneos como Lope de Vega o Tirso de Molina, su estilo se caracteriza por la coherencia moral, la elegancia del lenguaje y la profundidad psicológica de sus personajes. Fue uno de los pocos autores del Siglo de Oro que revisaba cuidadosamente sus textos antes de publicarlos, lo que da cuenta de su exigencia artística.

Juan Ruiz de Alarcón murió en Madrid en 1639, sin haber alcanzado la fama que merecía en vida. Con el tiempo, sin embargo, su obra fue reivindicada, y hoy es considerado uno de los grandes dramaturgos del teatro clásico español y un pionero de las letras mexicanas.

Obras de teatro

La verdad sospechosa pdf

Gaspar Octavio Hernández: La voz eterna del modernismo panameño

 


Retrato en sepia del escritor Panameño Gaspar Octavio Hernández

Gaspar Octavio Hernández nació en la ciudad de Panamá en el año 1893, en una época de intensos cambios históricos y culturales para el istmo. Desde muy joven manifestó una profunda inclinación hacia las letras, la poesía y el pensamiento crítico. 

Fue un lector apasionado, autodidacta en gran medida, que encontró en la escritura una vía de expresión espiritual y estética. Su sensibilidad lo llevó a abrazar el modernismo, movimiento que dominaba las letras hispanoamericanas a principios del siglo XX, influenciado por autores como Rubén Darío, José Asunción Silva y Julián del Casal.

A pesar de su juventud, se insertó con rapidez en el ambiente intelectual y periodístico de su tiempo. Trabajó como redactor y cronista en el periódico La Estrella de Panamá, uno de los medios más influyentes del país. Desde allí no solo informaba sobre los acontecimientos del momento, sino que compartía sus inquietudes estéticas y sociales, combinando la mirada crítica con una profunda vocación poética.

Gaspar Octavio no solo fue un poeta de palabras bien construidas, sino un alma muy comprometida con la belleza, la verdad y el destino de su tierra. Sus poemas son un reflejo de su mundo interior: intensos, melancólicos, espirituales. En ellos se entrelazan la contemplación del amor idealizado, el dolor existencial, el misterio de la muerte y un profundo sentido de la patria. Su estilo, marcado por la musicalidad y el lenguaje cuidado, revela una búsqueda constante de armonía entre la emoción y la forma.

La vida de Gaspar Octavio Hernández fue tan breve como intensa. El 13 de noviembre de 1918, mientras trabajaba en la redacción del periódico, cayó fulminado por un ataque al corazón. Murió prácticamente con la pluma en la mano, dejando inconclusa una labor que era tanto vocación como destino. 

Su fallecimiento, ocurrido a los 25 años, causó una gran conmoción en el medio cultural de la época, y fue visto como una pérdida irreparable para la poesía panameña. Su figura quedó envuelta en un aura de leyenda, como ocurre con aquellos artistas cuya vida se apaga en plena juventud.

A pesar de no haber publicado un libro en vida, sus poemas fueron recopilados póstumamente y han sido incluidos en diversas antologías de la literatura nacional. Su nombre ha sido perpetuado en escuelas, calles y homenajes literarios.

Gaspar Octavio Hernández es recordado no solo por su talento, sino por representar al poeta íntegro, apasionado y genuino. Su obra, aunque breve, sigue siendo leída con admiración y respeto, y su legado vive en la memoria literaria de Panamá como una de las voces más puras y conmovedoras de su tiempo.

Cuentos

Edénica



lunes, 30 de junio de 2025

Mahmú mi muñeca fea, de la escritora Teresa Wilms Montt

 

Mujer de aspecto melancólico sostiene una muñeca desgastada en sus brazos, en una pintura de estilo realista y tonos oscuros que evoca tristeza, abandono y reflexión interior.










Análisis literario de “Mahmú, mi muñeca fea”  | Cuento clásico explicado

Mahmú, mi muñeca fea es un texto profundamente íntimo, doliente y simbólico, donde Teresa Wilms Montt convierte un objeto —una muñeca desgarbada— en espejo del alma. No estamos ante un cuento infantil, aunque hable de muñecas y niños; estamos ante una confesión poética disfrazada de diálogo, un monólogo del desamparo que se dice en voz baja para no romperse del todo.

Desde la primera línea, la autora declara el tono: la muñeca nace del ensueño, de un estado alterado de la percepción. El “hachish”, lejos de ser una provocación gratuita, funciona como clave estética: todo lo que sigue pertenece al territorio de lo onírico, lo simbólico, lo emocionalmente deformado. Mahmú no es una muñeca real: es una proyección. Es el doble de la narradora, su imagen externa, fea, triste, larguirucha, compasiva. En otras palabras: Mahmú es el yo.

La fealdad, lejos de ser un defecto anecdótico, se convierte en eje moral. Los niños —dice la narradora— aman a los juguetes feos porque intuyen que la fealdad es una condena social. Aquí Wilms Montt revela una visión profundamente moderna y dolorosa: lo bello es aceptado sin esfuerzo; lo feo necesita ternura para sobrevivir. Mahmú despierta compasión porque encarna lo excluido, lo que no encaja, lo que nadie elige. Exactamente como la voz que narra.

El diálogo entre la narradora y la muñeca no es infantil: es existencial. Mahmú pregunta por el frío, por el lugar en que están, por la muerte, por los niños. Y cada pregunta desgarra un poco más a Teresita, que responde desde un cansancio antiguo. 

La muñeca, hecha de estopa y algodón, posee más sensibilidad que el mundo exterior. La narradora, en cambio, confiesa tener un “corazón de piedra”. La inversión es clara: lo inanimado siente; lo humano se endurece para no morir.

Uno de los temas centrales del cuento es la imposibilidad de la maternidad simbólica. Teresita cuida a Mahmú como una madre, la arrulla, la protege, la abriga del frío. Sin embargo, sabe que no es una niña, y esa afirmación duele. 

Los hijos aparecen como un ideal luminoso, casi sagrado, pero inalcanzable. Los niños representan la pureza, la redención, la posibilidad de un amor absoluto. No tenerlos —o haberlos perdido— convierte ese ideal en herida permanente.

La infancia, en este texto, no es refugio: es contraste. Cuanto más bellos y puros son los niños, más evidente se vuelve la soledad de la narradora. La infancia no consuela; acusa. Es un paraíso perdido que nunca se habitó del todo. 

Por eso la muñeca, que debería pertenecer a ese mundo, ha caído “en manos de una juventud anciana”: una frase devastadora que condensa el espíritu del relato. Teresita es joven en años, pero vieja en alma.

El invierno es otro símbolo constante. Nieva afuera, pero sobre todo nieva dentro. El frío no es climático: es existencial. El “eterno invierno” del corazón de la narradora habla de una depresión profunda, de una melancolía estructural, muy presente en la obra de Wilms Montt. 

El cisne, imagen modernista por excelencia, aparece como caballero del invierno, pero no trae salvación: solo embellece la tristeza.

Mahmú, al final, quiere rezar. Ese gesto es clave. La muñeca, criatura marginal y fea, busca a Dios. No lo hace la narradora: lo hace su doble. La fe aparece como último refugio, no como dogma, sino como susurro, como necesidad de consuelo. La oración no promete milagros; promete compañía.

En Mahmú, mi muñeca fea, Teresa Wilms Montt escribe desde el borde: del dolor, de la soledad, de la feminidad herida, de la exclusión emocional. 

Es un texto breve, pero densísimo, donde cada imagen sangra significado. No hay moraleja ni redención clara. Hay, en cambio, una belleza triste, torcida, profundamente humana.

Este cuento confirma a Wilms Montt como una voz adelantada a su tiempo: moderna, desgarrada, lúcida. Mahmú no es solo una muñeca: es el símbolo de todos los seres que aman desde la intemperie, que cuidan aunque estén rotos, y que, aun en el frío más largo, todavía sienten ganas de rezar.


Nota: 

La autora utiliza un lenguaje simbólico cargado de sensibilidad, característico de las corrientes modernistas y decadentes de principios del siglo XX. En este contexto, menciona que la figura de la muñeca es “soñada bajo la influencia del hachish”, expresión que, más allá de su posible alusión literal, debe entenderse aquí como un recurso literario: una forma de evocar el ensueño, lo onírico o el delirio poético.

El término “hachish” era comúnmente empleado por autores europeos como Charles Baudelaire o Théophile Gautier para describir estados de percepción alterada, no necesariamente vinculados al uso real de sustancias, sino como símbolo de inspiración o enajenación creativa. 

En este cuento, funciona como un puente hacia lo subconsciente, lo emotivo y lo estéticamente deformado: una muñeca que, pese a su fealdad, despierta ternura y compasión.

Otros aspectos:

En este cuento, la narradora establece una fuerte contradicción entre la luz de la infancia, representada por los niños, su ternura y su risa y su propia condición sombría, desplazada del mundo humano. No se nombra como mujer, ni como madre, ni siquiera como persona: su voz se ubica en la periferia de lo humano, quizá como muñeca, objeto o espectro del pasado.

Cuando aparece la referencia a la figura vieja, sin fuerzas, el texto parece proyectar una sensación de desgaste vital, de desencanto profundo con la existencia. Esta figura desgastada podría ser una metáfora del rol femenino impuesto, del alma domesticada, o incluso de una identidad poética rota.

La dulzura de los niños se vuelve entonces no una promesa, sino un reflejo inalcanzable: una utopía que no redime, sino que evidencia más aún la marginación del yo narrativo. En esta visión, la infancia no consuela, sino que hiere dulcemente. Es un lugar luminoso al que la protagonista no pertenece, y al que quizás nunca perteneció.

Mahmú mi muñeca fea. Cuento

Autora: Teresa Wilms Montt


Mahmú - Teresa Wilms Montt - Ciudad Seva - Luis López Nieves


domingo, 29 de junio de 2025

Édenica, cuento de Gaspar Octavio Hernandez

Ilustración en acuarela de Adán y Eva bajo un árbol frutal en el Jardín del Edén, cubiertos con hojas verdes, en una escena serena y simbólica inspirada en el poema en prosa 'Edénica' de Gaspar Octavio Hernández.










Análisis literario sobre “Edénica”  | Cuento clásico explicado

Este cuento en prosa de Gaspar Octavio Hernández es tan dulce, tan sereno al inicio, que al llegar al final se siente como un baño de agua fría después de una tibia siesta. Es un contraste fuerte, realista, casi desgarrador, pero profundamente humano.

Se acoge a la esencia misma de la naturaleza humana: esa inconformidad constante, ese anhelo por lo inalcanzable, aun cuando se nos ha dado todo. No importa cuánta dicha, compañía o belleza Dios nos haya brindado... siempre parece que algo falta. Y a veces, lo que deseamos no nos pertenece, ni nos conviene.

Solo Dios sabe qué es lo mejor para nosotros. Cuando caminamos de su mano, Él nos da lo que realmente nos beneficia, y lo que no llega, simplemente no es el momento, o no es lo adecuado para nuestro bien. Porque en su infinita sabiduría, Él sabe cuándo, cómo y por qué darnos cada cosa.

“Edénica” no es solo un cuento: es un espejo antiguo donde aún hoy seguimos mirándonos. Gaspar Octavio Hernández escribe con una delicadeza que engaña. Todo parece suave, luminoso, casi infantil en su pureza. El Edén respira inocencia, la tarde se despide con perfumes, el agua canta, la creación aún está tibia en las manos de Dios. Y, sin embargo, en medio de tanta perfección, nace la grieta. Silenciosa. Humana. Inevitable.

Adán lo tiene todo. Todo. La naturaleza entera como herencia, la belleza sin sombra, la compañía amorosa de Eva, creada no solo para estar, sino para cuidar, consolar, embellecer la soledad. Y aun así, Adán está triste. Esa tristeza desconcierta, incomoda, casi indigna. ¿Cómo puede doler algo cuando no falta nada? Ahí está la clave del cuento y, quizás, de nuestra propia historia.

La inconformidad humana no nace de la escasez, sino del deseo. No del vacío, sino del anhelo. El ser humano, incluso en el paraíso, sueña con lo que no tiene. Y a veces, peor aún, con lo que no necesita. Adán no llora por hambre, ni por frío, ni por abandono. Llora por algo más profundo y más peligroso: por la nostalgia de sí mismo, por el misterio de la soledad, por ese rincón interior que ni el amor más puro puede ocupar.

Eva es ternura, cuidado, presencia. Ella ama como aman los que no conocen la traición ni el miedo. Su discurso es hermoso, casi maternal, lleno de imágenes suaves y promesas silenciosas. Ella se ofrece entera, sin reservas. Pero Adán calla. No porque no la ame, sino porque hay dolores que no se explican, solo se padecen. Hay silencios que no son desprecio, sino vértigo.

Y entonces aparece Dios. No como juez, sino como Padre. No acusa, pregunta. No impone, escucha. Le recuerda a Adán todo lo que se le ha dado. Le enumera las bendiciones, como quien intenta despertar la gratitud dormida. Pero Adán responde con una frase brutal, sincera, desnuda como su cuerpo: “¡Estar solo, Señor!”

Esa frase cae como un rayo. Porque revela una verdad incómoda: a veces, incluso lo bueno pesa. Incluso el amor abruma. Incluso la compañía cansa. El ser humano necesita espacios de soledad no como castigo, sino como refugio. No para huir del otro, sino para encontrarse a sí mismo.

“Edénica” nos recuerda que Dios conoce el corazón humano mejor que nadie. Sabe que no todo deseo debe cumplirse. Que no toda súplica es sabia. Que hay anhelos que nacen de la confusión y no del verdadero bien. Por eso, muchas veces, Dios guarda silencio. No por crueldad, sino por misericordia.

Este cuento es una advertencia vestida de poesía: no todo lo que queremos nos conviene. No todo lo que anhelamos nos pertenece. Vivimos creyendo que la felicidad está siempre un paso más allá, cuando muchas veces está justo donde estamos… y no la vemos.

La tradición nos ha enseñado —y este texto lo confirma— que el ser humano no se pierde por lo que le falta, sino por lo que desea sin medida. Adán no fue expulsado del Edén por pobreza, sino por inconformidad. Y ese es un eco que sigue resonando hoy, en una sociedad que lo tiene todo y aun así vive insatisfecha.

“Edénica” nos invita a detenernos, a mirar lo que ya hemos recibido, a confiar en que si algo no llega, es porque no es el tiempo, o no es el camino, o no es para nuestro bien. Dios no se equivoca. Nosotros sí.

Y quizás la verdadera lección sea esta: aprender a estar solos sin rechazar el amor, y a amar sin olvidar quiénes somos. Porque solo cuando aceptamos el orden divino, incluso la soledad encuentra su lugar, y el paraíso deja de ser un recuerdo perdido para convertirse en una forma de vivir.

Como siempre, lo antiguo no envejece: nos sigue diciendo verdades que aún nos duelen… porque aún las necesitamos.



Edénica, Cuento

Autor: Gaspar Octavio Hernández

 Desnudos, en la pulcra desnudez del más ingenuo pudor, bajo cargado peral se reclinaron en el césped aquellas dos puras bellezas humanas. 

Era uno de los días primeros. El Mundo estaba recién creado y exhalaba toda la frescura de su niñez. Con iris de perla blanca y luz de diamante esplendía el cielo.... 

Era la horade languidez en que se iba la Tarde.... Canciones y vuelos de pájaros turbaban la serenidad y el silencio. Y se oía la música del agua del río que fecundaba la tierra edénica, abriendo- sus cuatro brazos de color de ópalo, como si con ellos quisiera juntar, en uno sólo, todos los jardines que florecían en los cuatro puntos cardinales del planeta. ... 

 Y sucedía que en aquel instante, Adán estaba triste. Echado en la yerba naciente, con la riza cabellera negra en desorden bellísimo; apoyada la faz en la diestra; la mirada fija en el verde suelo del Paraíso, el primer hombre meditaba. 

Con la más fina tenuidad se humedecían sus pupilas. Mas su boca era inmóvil, inmóvil y muda como una montaña, en ese instante de meditaciones íntimas. Frente al meditabundo, casta en su desnudez, regia en la opulencia de su rosada carne desnuda; blonda como la diadema que ciñe la frente de Artemisa en las noches más diáfanas; con las grandes pupilas de azul clavadas en el rostro del cuitado, hablaba nuestra madre, Varona, la primera ternura convertida en mujer; la primera sonrisa de Dios convertida en cuerpo terreno. Apoyó la diestra en el hombro del hombre. 

Le miró fijamente a los ojos. Dijo: —¿Qué te apena. Adán mío?—¿Por qué esas pupilas, cuyas miradas eran suaves como una sonrisa, miran con gravedad y tristeza? ¿Porqué se aflige tu rostro? ¿Por qué tan contraída esa mejilla que ahora no más parecía un fruto lozano de color de manzana madura? ¿No ves que me haces pensativa? 

 ¡Mira qué dulcemente se va despidiendo la Tarde....Va caminando por un sendero de rosas y agita un pañuelo morado como las lilas que tiemblan a orillas del rio. ¡Mira qué dulcemente se va despidiendo la Tarde! 

 Los luceros comienzan a asomar para vernos.... sólo para vernos! Hoy aspiro más fragancias que ayer! Hoy siento más deseos de amarte, porque te hallo triste, muy triste!... .Yo he nacido para ennoblecer con mi belleza la soledad de tu vida....

¿Qué te falta, Adán mío?.... Tiempo hubo en que sobraron motivos para que entristecieras. Llegaban las noches, y las es trellas te veían solo, melancólicamente solo.... 

 Llegaba la aurora en su barca de velas rosadas, y al verte solo, tan dolorosamente solo, palidecía de angustia y de compasión por tí: lloraba y sus lágrimas caían en el huerto y parecían transparentes piedrecitas blancas en cada flor y en cada hoja. 

 Mas aquellos días de soledad pasaron como la sombra. Para hacerte compañía he nacido.... Yo he nacido para ceñir mis manos a tus sienes cuando en tus horas de intensos pensares pareces presentir la ruina de nuestra ventura. 

Cuando a dormir empiezas en tu lecho de flores, yo me regocijo hundiendo mis dedos en tu cabellera. Me place 'arrullarte con blandas músicas hasta verte profundamente dormido. 

Si, al caminar, tropieza tu planta con algún pedrusco, mis labios acuden gozosos a besar tu carne herida y advierto que, entonces, mi beso te devuelve quietud y alegría. Ya no estás solo, Adán mío....Ya no estás sólo. .. .¿Por qué entristeces?. . ..  

Y Adán permanecía callado. Y ya había desaparecido la Tarde. Y la música del agua del rio sonó más penetrante en el silencio del comenzar de la noche. Y el jardín se ennegreció de oscu ridad y el cielo brilló como enorme cortina azul bordada de plata y de diamantes.... 

Eva hundió la noble testa coronada de oro en el regazo del hombre. Y al contacto del regazo del hombre fué adormeciéndose, adormeciéndose. Luego, quedose en el sueño más hondo. 

Y Adán permaneció callado. Y triste. Mas sintió la voz del Señor; sacudió las melenas como un león sorprendido por la más Inesperada sorpresa, y volvió la pupila hacía la altura. 

 —Adán!—le dijo el Padre

—¿Por qué sufres? No bebes del agua de todas las fuentes? ¿No aspiras la fragancia de todas las flores? Estabas solo, y te di compañera... .Te di una mujer en quien puse brillo de estrella, suavidad de jazmín y elegancia de palma! 

¿Qué te hace falta, hijo mío? Y con voz semi-cortada por los sollozos; voz que se ahondó e,n el silencio del comenzar de la noche como la más penetrante queja de hastío que recorriera los vientos, exclamó el primer hombre: 

 —¡Estar solo, Señor!.... Estar solo!....