viernes, 13 de junio de 2025

El hada del viejo Tilo de la autora Ángela Grassi y análisis literario

El hada del viejo Tilo ayuda a los que la necesitan

Análisis literario de El hada del viejo Tilo 

| Cuento clásico explicado

Este cuento, que bien podría confundirse con una leyenda transmitida de boca en boca al calor del hogar, nos sitúa desde el primer momento en un espacio donde la naturaleza no es simple telón de fondo, sino presencia viva y consciente. 

El entorno agreste y a la vez cálido, poblado de arroyos, árboles antiguos y animales del campo, construye una atmósfera en la que lo cotidiano y lo sobrenatural conviven sin fricción. 

Aquí, la magia no irrumpe: ya estaba. La historia se inscribe en esa tradición ancestral donde el paisaje guarda memoria y los elementos naturales actúan como depositarios de valores, advertencias y consuelos.

En ese escenario profundamente simbólico surge la figura del Hada del Tilo, un ser protector que encarna la generosidad silenciosa y la justicia compasiva. 

No concede dones por capricho ni actúa movida por el deseo de reconocimiento. Su intervención responde siempre a la necesidad, al dolor y a la injusticia. 

Sin embargo, su bondad no es ingenua: el hada espera un gesto mínimo de gratitud, no como pago, sino como señal de conciencia moral. Agradecer, en este relato, equivale a reconocer que nada bueno se recibe sin responsabilidad.

Se percibe, además, una fusión casi mística entre la anciana Berta y el Hada del Tilo, como si ambas compartieran una misma raíz espiritual. 

Esta ambigüedad no es casual: la autora sugiere que la magia no proviene de un ente externo, sino del interior de quienes practican el bien de forma constante. 

Berta no “invoca” al hada; la encarna. Su vida de intercesión, sacrificio y ternura activa la leyenda y la mantiene viva. Así, el relato plantea una idea poderosa y profundamente tradicional: los seres extraordinarios nacen de la virtud llevada al extremo de la coherencia.

A partir de este núcleo simbólico, la narración despliega una reflexión más amplia sobre la justicia, el poder y la reparación del daño. El valle, custodiado por el castillo y el monasterio, se convierte en un microcosmos social donde conviven la opresión, la fe y la esperanza. En medio de estas fuerzas, el viejo Tilo se alza como eje moral del mundo: 

bajo su sombra se celebran pactos, se recuerdan agravios y se restablece el equilibrio perdido. No es casual que el hada habite allí; el árbol representa la continuidad, la memoria colectiva y la promesa de que el bien, aunque lento, echa raíces profundas.

Gotardo, por su parte, encarna la figura del justo humilde. Su aparente pobreza contrasta con su riqueza interior, y su destino no es ascender para dominar, sino para servir. 

El juramento que sella su fortuna transforma el cuento en una lección ética clara: los bienes solo adquieren legitimidad cuando se convierten en instrumentos de ayuda. 

El hada no desaparece porque haya cumplido su tarea, sino porque su misión ha sido heredada por manos humanas capaces de sostenerla.

El antagonismo del relato no se concentra en un villano espectacular, sino en una estructura de poder injusta, representada por el señor del castillo. 

Su arrepentimiento final no borra el sufrimiento causado, pero permite que la verdad salga a la luz y que el orden moral sea restaurado. El cuento no busca castigo, sino restitución; no celebra la caída del opresor, sino la sanación de la comunidad.

El cierre del relato, sobrio y profundamente poético, consagra la transformación definitiva del mito en institución viva. El hada deja de manifestarse porque su legado ha sido integrado en la vida cotidiana del valle. La magia se vuelve costumbre; el prodigio, sistema; la leyenda, ética compartida.

En última instancia, El hada del viejo Tilo nos recuerda que el bien más duradero no es el que deslumbra, sino el que se organiza, se transmite y se sostiene en el tiempo. Quizá por eso el hada ya no aparece. No porque haya desaparecido, sino porque aprendió a vivir en quienes comprendieron que ayudar, agradecer y cuidar es la forma más alta de magia.

Venus Maritza Hernández



El hada del viejo Tilo, Cuento


Libro gratis: El Hada del Viejo Tilo - Ángela Grassi - textos.info

Videocuento

La urna de oro, cuento y análisis

La urna de oro y la fe en San Lamberto


La crudeza de la vida, marcada por los efectos devastadores de la miseria y la pobreza económica, atraviesa la existencia del personaje principal y su familia. Las carencias materiales no solo afectan su entorno, sino también su espíritu.

El protagonista, un padre de familia profundamente entregado a sus hijos y a su esposa, se aferra con fe a la figura de un santo en busca de consuelo y esperanza. Aunque en su camino tropezará con el dolor y el desencanto, finalmente verá una luz que lo guiará hacia un renacer espiritual, junto a los suyos.


Análisis literario de La urna de oro

La urna de oro es un relato de fuerte raigambre romántica y moralizante, escrito por Ángela Grassi, autora del siglo XIX que supo conjugar sensibilidad religiosa, crítica social y fe en el progreso humano. El cuento se inscribe en la tradición de las leyendas piadosas, muy frecuentes en la literatura decimonónica, donde lo sobrenatural no aparece como ruptura del orden, sino como confirmación de un orden superior: el divino.

Desde sus primeras líneas, el texto construye una atmósfera sombría y solemne, acorde con el escenario elegido: la ciudad de Lieja. Grassi no se limita a situar la acción; describe la ciudad como un organismo vivo, oscuro y majestuoso, casi gótico, donde las sombras dominan las calles estrechas y el sol apenas logra imponerse. Este paisaje no es decorativo: refleja el estado espiritual y material del protagonista, Hullos, un herrero sumido en la miseria, el frío y la desesperación.

El protagonista encarna al hombre humilde del pueblo, figura central en la narrativa moral del siglo XIX. Hullos no es un héroe épico ni un sabio ilustrado: es un trabajador pobre, padre de familia, cuya fragua —símbolo de su dignidad y sustento— está apagada. La fragua muda representa algo más que pobreza económica: es la imagen de una vida detenida, sin esperanza, sin calor humano ni espiritual. Grassi utiliza este símbolo con notable eficacia, enlazando lo material con lo moral.

Uno de los ejes fundamentales del relato es la fe como fuerza transformadora. Hullos reza, duda, cae, se avergüenza, pero vuelve a creer. La autora no idealiza al personaje: lo muestra débil, humano, incluso culpable cuando se deja vencer por el alcohol y la desesperación. Sin embargo, esa caída no es condenatoria, sino necesaria para que el milagro tenga sentido. En la lógica cristiana del relato, la gracia no se concede al perfecto, sino al arrepentido.

El episodio junto al río Mosa es especialmente significativo. El agua aparece como símbolo ambivalente: puede ser vida o muerte, salvación o perdición. Hullos contempla el suicidio, tentado por el reposo eterno, pero el sonido de las campanas —voz de la comunidad y de Dios— lo detiene. Este recurso es clásico y profundamente tradicional: las campanas como llamada al orden espiritual, como límite frente al caos interior.

La aparición de la figura misteriosa —viejo, obispo o ermitaño— introduce el elemento sobrenatural sin romper la verosimilitud interna del relato. No se trata de un milagro espectacular, sino de una revelación guiada, que exige acción humana. Hullos debe subir la montaña, cavar, sangrar, resistir el frío. La fe no sustituye al trabajo: lo orienta. Aquí Grassi deja clara su postura ideológica: la fe sin esfuerzo es estéril; el trabajo sin fe, ciego.

El descubrimiento del carbón de piedra, llamado “hulla” en honor al protagonista, conecta el relato con una visión optimista del progreso industrial. Este detalle es clave: la autora no se opone a la modernidad, sino que la integra dentro de un marco moral y religioso. La industria, cuando nace del sacrificio y se guía por valores, es presentada como una bendición colectiva. No es casual que Hullos, una vez enriquecido, utilice sus ganancias para construir la urna de oro dedicada al santo: el ciclo se cierra con gratitud y restitución.

La urna de oro funciona como símbolo final de trascendencia. No es un objeto de vanidad, sino un testimonio material de una fe vivida y de un trabajo redentor. Frente a otras obras románticas donde el oro simboliza corrupción o pecado, aquí representa devoción, memoria y legado.

Estilísticamente, el relato se caracteriza por un lenguaje exaltado, enfático y profundamente retórico, propio de su época. Las exclamaciones, las repeticiones y las imágenes grandilocuentes refuerzan el tono moral y casi homilético del texto. Lejos de ser un defecto, este estilo cumple su función: conmover, enseñar y elevar.

En conclusión, La urna de oro es mucho más que una leyenda piadosa. Es un relato donde convergen tradición cristiana, ética del trabajo, crítica a la desesperación moderna y fe en el progreso humano. Ángela Grassi construye una narración que mira al futuro sin renegar del pasado, recordándonos que toda grandeza —material o espiritual— nace del esfuerzo, la fe y la fidelidad a los valores esenciales.
Una historia sencilla en apariencia, pero de resonancia profunda, como las campanas que, una vez más, llaman al hombre a no perder el rumbo.

Conclusión

La fe fue el motor que impulsó al protagonista a esforzarse, a luchar con determinación por un objetivo noble: el bienestar y la felicidad de su familia. Su convicción, sostenida en la esperanza y en el amor por los suyos, lo llevó a superar la adversidad. Finalmente, la prosperidad llegó como fruto de su trabajo constante y su fe inquebrantable.

La urna de oro, Cuento







Entradas relacionadas

Ver con los ojos a la realidad


Ver con los ojos  de Dios











“Ver con los ojos” es un cuento que despierta nuestra curiosidad desde las primeras líneas y nos impulsa a leer hasta el final. El protagonista atraviesa casi toda la trama sumido en la depresión y la incomprensión, quizás como resultado de experiencias vividas fuera de su pueblo, que al regresar afloran con fuerza. Su visión oscura del mundo le impide reconocer las cualidades positivas de quienes lo rodean. Sin embargo, al final, logra resolver su conflicto interior mediante un gesto simple, profundamente humano.

Venus Maritza Hernández

Análisis literario de El retrato – Teresa Wilms Montt  | Cuento clásico explicado

El cuento El retrato de Teresa Wilms Montt es una pieza breve pero devastadora, construida con una delicadeza engañosa que oculta una de las reflexiones más amargas sobre el dolor femenino, la maternidad y la figura masculina como origen de la herida. 

Bajo una escena doméstica aparentemente simple —una madre y su hijo dialogando al caer la noche— se despliega un universo simbólico donde el sufrimiento no necesita ser explicado: basta con señalarlo.

La narración se inicia con una pregunta inocente: “¿Qué es el dolor?”. La voz infantil funciona como detonante y como contraste. El niño representa la ignorancia bendita, la pureza que aún no ha sido tocada por las pasiones humanas. 

La madre, en cambio, encarna la experiencia, la memoria, el peso de lo vivido. Teresa Wilms Montt construye aquí una oposición clásica: infancia versus conciencia, luz versus sombra, palabra versus silencio. El dolor no es algo que se aprenda por definición, sino por experiencia, y la madre lo sabe.

Desde el punto de vista narrativo, el cuento adopta una voz externa con un tono profundamente lírico. La prosa es rica en imágenes sensoriales: la lámpara con “el palpitar desmayado de un corazón enfermo”, la oscuridad que cae como un presagio, el crucifijo suspendido, las camas blancas sin arrugas. 

Todo el espacio está cargado de simbolismo religioso y doméstico, lo que refuerza la idea de sacrificio silencioso, de martirio cotidiano, especialmente femenino.

La maternidad aparece idealizada, pero no edulcorada. La madre es tierna, protectora, pero también una mujer herida. Sus “manos largas desnudas de joyas, manos de monja o de mujer honrada” sugieren renuncia, austeridad, una vida dedicada al otro. 

No hay rebeldía explícita, pero sí una tensión interior que se manifiesta en el llanto contenido y en el gesto final del relato. Wilms Montt no presenta a una víctima pasiva, sino a una mujer consciente de su dolor, aunque incapaz de verbalizarlo ante su hijo.

Uno de los elementos centrales del cuento es el uso del silencio. La madre evita responder directamente qué es el dolor. Calla, llora, tiembla. El dolor, en este relato, no puede explicarse con palabras porque su origen es demasiado íntimo, demasiado humano. 

El silencio se convierte así en un lenguaje más elocuente que cualquier definición. El niño percibe ese silencio como amenaza, como oscuridad, lo que demuestra que el sufrimiento no dicho se transmite igualmente.

El símbolo clave del cuento es el retrato. Ese marco acerado que sostiene la imagen de un hombre de “mirada dulce” pero con “funesto el pliegue de la boca” concentra toda la carga dramática del relato. 

El hombre retratado no está presente físicamente, pero domina la escena. Es una ausencia que pesa más que cualquier presencia. 

La autora lo define sin ambigüedades al final: “la eterna causa del dolor femenino”. No se trata de un individuo concreto, sino de una figura arquetípica: el hombre amado, el esposo, el padre ausente o traidor, aquel cuya sonrisa congelada sigue hiriendo.

Este cierre es uno de los más contundentes del cuento. La madre, incapaz de responder con palabras, señala el retrato. El gesto es definitivo. 

El dolor femenino, parece decir Wilms Montt, no nace del mundo abstracto ni de una fatalidad divina, sino de relaciones humanas concretas, marcadas por la desigualdad, el abandono o la traición. La crítica es sutil, pero feroz.

La presencia de elementos religiosos —la Virgen, el crucifijo, la pureza infantil— no suaviza el drama, sino que lo intensifica. Hay una sensación de injusticia: la mujer honrada, madre amorosa, devota, es quien carga con el dolor. La fe no redime, solo acompaña. La autora no ofrece consuelo; ofrece verdad.

Desde una perspectiva histórica y biográfica, el cuento dialoga con la propia vida de Teresa Wilms Montt, marcada por el escándalo, el encierro, la maternidad frustrada y el sufrimiento emocional. 

Sin caer en el reduccionismo biográfico, es evidente que la autora escribe desde una experiencia profundamente femenina y moderna, adelantada a su tiempo, denunciando de forma poética una realidad que durante siglos fue silenciada.

El retrato no es solo un cuento sobre una madre y su hijo. Es una reflexión sobre la transmisión del dolor, sobre cómo las heridas no resueltas pasan de una generación a otra, incluso cuando se intenta proteger a los más pequeños. 

Es también una denuncia de la estructura emocional que condena a la mujer a sufrir en silencio, mientras la figura masculina permanece inmóvil, intacta, sonriendo desde un marco.

Teresa Wilms Montt escribe con belleza, sí, pero también con una lucidez implacable. En pocas páginas logra lo que muchos textos extensos no consiguen: nombrar lo innombrable. El dolor no se define. Se señala. Y en ese gesto final, quieto y desesperado, el lector comprende que hay dolores que no se curan, solo se heredan o se soportan.

Conclusión

Un final que alivia e ilumina el corazón, profundamente optimista, en marcado contraste con la visión pesimista que domina toda la trama. El desahogo a través del llanto se presenta como un acto liberador: llorar es, en este contexto, abrir la puerta para que la oscuridad abandone el alma y entre la luz de Dios, trayendo consigo alegría y paz interior.


Ver con los ojos, Cuento

Autor: Miguel de Unamuno

PDF

Videocuento

 



martes, 10 de junio de 2025

La gallina degollada

 La gallina degollada del autor Horacio Quiroga


A continuación un cuento impresionante de emociones que palpan a la ternura y al dolor, una historia que toca corazones, pero que en determinados momentos podría provocar una sonrisa,  que luego se convertirá en una mueca amarga...

Análisis literario de La gallina degollada | Cuento clásico explicado

La gallina degollada es uno de los cuentos más perturbadores de Horacio Quiroga y, al mismo tiempo, uno de los más representativos de su poética trágica. En este relato, el autor uruguayo despliega una combinación implacable de naturalismo, determinismo y horror psicológico, construyendo una tragedia donde no hay escapatoria posible. Todo conduce, con una lógica cruel, hacia un final que parece inevitable desde la primera página.

Desde el inicio, Quiroga presenta una imagen impactante: los cuatro hijos “idiotas” del matrimonio Mazzini-Ferraz, sentados inmóviles en un banco, reducidos casi a una condición animal. La descripción es deliberadamente cruda y deshumanizante. El narrador no suaviza ni embellece: la saliva, la torpeza, la falta de lenguaje y de conciencia son expuestas con una frialdad que incomoda. Este estilo responde a la intención naturalista del autor: mostrar la realidad sin filtros morales ni compasión sentimental.

El cuento está profundamente marcado por la idea de la herencia y la fatalidad biológica. Las convulsiones que afectan a los hijos, repitiéndose una y otra vez, instalan desde temprano la noción de destino trágico. No se trata de un accidente aislado, sino de una condena que parece brotar de la sangre misma del matrimonio. La ciencia médica, representada por el doctor, no ofrece esperanza ni consuelo: confirma la irreversibilidad del daño y, con ello, refuerza la sensación de impotencia absoluta.

Uno de los ejes centrales del relato es la transformación del amor en resentimiento. Al principio, Mazzini y Berta viven la maternidad y la paternidad como una promesa de plenitud. Sin embargo, a medida que nacen los hijos enfermos, ese amor se convierte en culpa, frustración y reproche mutuo. Quiroga retrata con precisión psicológica cómo la desgracia sostenida erosiona los vínculos humanos: los padres dejan de verse como aliados y pasan a verse como culpables.

El lenguaje del cuento acompaña este proceso de degradación emocional. El uso de pronombres como “tus hijos” en lugar de “nuestros hijos” es un detalle clave: marca la ruptura simbólica de la pareja. Ya no hay unidad, sino acusación. La violencia verbal precede y anuncia la violencia final.

La llegada de Bertita, la hija sana, introduce un contraste brutal. Ella representa la vida, la normalidad, la esperanza recuperada. Pero también encarna la injusticia: recibe todo el amor, el cuidado y la atención que se les niega a los otros hijos. Los cuatro hermanos mayores quedan relegados a un abandono casi absoluto, tratados como una carga vergonzosa, como una mancha que los padres quieren olvidar.

Aquí Quiroga plantea uno de los aspectos más inquietantes del cuento: la negligencia afectiva como causa indirecta del horror. Los niños no son malvados ni conscientes; imitan lo que ven, reaccionan a estímulos primarios, carecen de juicio moral. Su fascinación por la sangre de la gallina degollada es una consecuencia directa de su condición y del abandono en el que viven. Nadie los vigila, nadie los guía, nadie los protege.

El episodio de la gallina degollada funciona como un presagio simbólico. La escena se describe con detalle, subrayando el color rojo, la lentitud del desangrado, la atención hipnótica de los niños. Esa imagen queda grabada en sus mentes y se reactiva más tarde, cuando ven a Bertita apoyada en el cerco. El paralelismo entre la gallina y la niña es claro y aterrador: ambos cuerpos indefensos, ambos sacrificios inevitables.

El horror del desenlace no reside solo en el acto violento, sino en su lógica interna. No hay un giro inesperado: todo ha sido preparado paso a paso. La brutalidad final no es un accidente, sino el resultado de una cadena de descuidos, rencores y errores humanos. Quiroga no busca un efecto sensacionalista; busca confrontar al lector con la responsabilidad moral de los adultos.

El silencio de los padres en el momento clave es especialmente significativo. Mazzini cree oír a su hija, pero duda. Esa vacilación mínima es suficiente para sellar la tragedia. El cuento sugiere que, en un mundo gobernado por la fatalidad, incluso un segundo de demora puede ser irreversible.

Estilísticamente, La gallina degollada se caracteriza por un narrador omnisciente que no juzga explícitamente, pero cuya mirada es implacable. La prosa es precisa, visual, cargada de imágenes sensoriales que intensifican el impacto emocional. Quiroga maneja el ritmo con maestría: la narración avanza lentamente, acumulando tensión, hasta estallar en un final breve y devastador.

En conclusión, La gallina degollada es un cuento sobre la fragilidad de la condición humana frente al destino, sobre el desgaste del amor bajo el peso del sufrimiento y sobre las consecuencias terribles del abandono emocional. Quiroga nos recuerda que el horror no siempre nace de la maldad consciente, sino de la suma de indiferencias, miedos y culpas no asumidas. Es un relato que no ofrece consuelo, pero sí una verdad dura y perdurable: cuando la vida se deshumaniza, la tragedia deja de ser excepción y se convierte en desenlace

La gallina degollada, Cuento

Autor:   Horacio Quiroga

Todo el día, sentados en el patio en un banco, estaban los cuatro hijos idiotas  del matrimonio Mazzini-Ferraz. Tenían la lengua entre los labios, los ojos  estúpidos y volvían la cabeza con la boca abierta. El patio era de tierra,  cerrado al oeste por un cerco de ladrillos. El banco quedaba paralelo a él, a  cinco metros, y allí se mantenían inmóviles, fijos los ojos en los ladrillos.

 Como el sol se ocultaba tras el cerco, al declinar los idiotas tenían fiesta. La  luz enceguecedora llamaba su atención al principio, poco a poco sus ojos se  animaban; se reían al fin estrepitosamente, congestionados por la misma  hilaridad ansiosa, mirando el sol con alegría bestial, como si fuera comida. Otras  veces, alineados en el banco, zumbaban horas enteras, imitando al tranvía   eléctrico. 

Los ruidos fuertes sacudían asimismo su inercia, y corrían entonces,  mordiéndose la lengua y mugiendo, alrededor del patio. Pero casi siempre  estaban apagados en un sombrío letargo de idiotismo, y pasaban  todo el día sentados en su banco, con las piernas colgantes y quietas,  empapando de glutinosa saliva el pantalón. El mayor tenía doce años, y el  menor ocho. En todo su aspecto sucio y desvalido se notaba la falta absoluta  de un poco de cuidado maternal.

Esos cuatro idiotas, sin embargo, habían sido un día el encanto de sus padres.    A los tres meses de casados, Mazzini y Berta orientaron su estrecho amor de  marido y mujer, y mujer y marido, hacia un porvenir mucho más vital: un hijo:

 ¿Qué mayor dicha para  dos enamorados  que esa honrada consagración de su cariño,   libertado ya del vil egoísmo de un mutuo amor sin fin ninguno y, lo que es  peor para el amor mismo, sin esperanzas posibles de renovación?

 Así lo sintieron Mazzini y Berta, y cuando el hijo llegó, a los catorce meses  de matrimonio, creyeron cumplida su felicidad. La criatura  creció bella y radiante,  hasta que tuvo año y medio. Pero en el vigésimo mes  sacudiéronlo una noche  convulsiones terribles, y a la mañana  siguiente no conocía más a sus padres. 

El médico lo examinó con esa  atención profesional que está visiblemente buscando las causas del mal en las  enfermedades de los padres. 

Después de algunos  días los miembros  paralizados recobra-ron el movimiento; pero la inteligencia, el  alma, aun el  instinto, se habían ido del todo; había quedado profundamente idiota,  baboso,  colgante, muerto para siempre sobre las rodillas de su madre.

 —¡Hijo, mi hijo querido! —sollozaba ésta, sobre aquella espantosa ruina de  su primogénito.   

 El padre, desolado, acompañó al médico  afuera.

 —A usted se le puede decir; creo que es un caso perdido. Podrá mejorar,  educarse en todo lo que le permita su idiotismo, pero no más  allá.

 —¡Sí!... ¡Sí! —asentía Mazzini—. Pero dígame:

 ¿Usted cree que es herencia, que?...

—En cuanto a la herencia paterna, ya le dije lo que creía cuando vi a su hijo.

 Respecto a la  madre, hay allí un pulmón que no sopla bien.  No veo nada más, pero hay un soplo un poco  rudo. Hágala examinar bien.

Con el alma destrozada de remordimiento,  Mazzini redobló el amor a su hijo, el pequeño idiota que pagaba los excesos  del abuelo. Tuvo asimismo que consolar,  sostener sin tregua a Berta, herida  en lo más profundo por aquel  fracaso de su  joven maternidad.

Como es natural, el matrimonio puso todo su  amor en la esperanza de otro hijo. Nació éste, y su salud y limpidez de risa  reencendieron el porvenir extinguido. Pero a los dieciocho meses las  convulsiones del primogénito se repetían,  y al día siguiente amanecía idiota.

 Esta vez los padres cayeron en honda desesperación. ¡Luego su sangre, su  amor estaban malditos! ¡Su  amor, sobre todo! Veintiocho años él, veintidós ella, y toda su apasionada  ternura no alcanzaba a crear un átomo de vida normal. 

Ya no pedían más  belleza e inteligencia como en el primogénito; ¡pero un hijo, un hijo como todos!

 Del nuevo desastre brotaron nuevas llamaradas del dolorido amor, un loco  anhelo de redimir de una vez para siempre la santidad de su ternura.  Sobrevinieron mellizos, y punto por punto repitióse el proceso de los dos  mayores.   

Mas, por encima de su inmensa amargura, quedaba a Mazzini  y Berta gran compasión por sus cuatro hijos. Hubo que  arrancar del limbo  de la más honda animalidad, no ya sus almas, sino el  instinto mismo abolido. 

No sabían deglutir, cambiar de sitio, ni aun sentarse.

 Aprendieron al fin a caminar, pero chocaban contra todo, por no darse  cuenta de los obstáculos.    Cuando los lavaban mugían hasta inyectarse de sangre el rostro. Animábanse  sólo al comer, o cuando veían colores brillantes u oían truenos.

Se reían entonces, echando afuera lengua y ríos de baba, radiantes de frenesí  bestial. Tenían, en cambio, cierta facultad imitativa; 

pero no se pudo obtener  nada más. Con los mellizos pareció haber concluido  la aterradora  descendencia.

Pero pasados tres años desearon de nuevo ardientemente otro hijo, confiando en que el largo tiempo transcurrido hubiera aplacado a la fatalidad. No satisfacían sus esperanzas. Y en ese ardiente  anhelo que se exasperaba, en razón de su infructuosidad, se agriaron. 

Hasta  ese momento cada cual había tomado sobre sí la parte que le correspondía en  la miseria de sus hijos; pero la desesperanza de redención ante las cuatro  bestias que habían nacido de ellos, echó afuera esa imperiosa necesidad de  culpar a los otros, que es patrimonio específico de los corazones inferiores.

 Iniciáronse con el cambio de pronombre: tus  hijos. Y como a más del insulto había la insidia, la atmósfera se cargaba.

 —Me parece —díjole una noche Mazzini, que  acababa de entrar y se lavaba las manos—que  podrías tener más limpios a los muchachos.

 Berta continuó leyendo como si no hubiera  oído.

—Es la primera vez —repuso al rato— que te  veo inquietarte por el estado de tus hijos.

 Mazzini volvió un poco la cara a ella con una sonrisa forzada:

 —De nuestros hijos, ¿me parece?

 —Bueno; de nuestros hijos. ¿Te gusta así? —  alzó ella los ojos.

 Esta vez Mazzini se expresó claramente:

 —¿Creo que no vas a decir que yo tenga la culpa, no?

 —¡Ah, no! —se sonrió Berta, muy pálida—  ¡pero yo tampoco, supongo!... 

¡No faltaba  más!... —murmuró.

 —¿Qué, no faltaba más?

 —¡Que si alguien tiene la culpa, no soy yo,  entiéndelo bien! Eso es lo que te quería decir.

 Su marido la miró un momento, con brutal deseo de insultarla.

 —¡Dejemos! —articuló, secándose por fin las  manos.

 —Como quieras; pero si quieres decir...

 —¡Berta!

 —¡Como quieras!

Este fue el primer choque y le sucedieron otros. Pero en las inevitables  reconciliaciones, sus almas se unían con doble arrebato y locura por otro hijo.

 Nació así una niña. Vivieron dos años con la angustia a flor de alma,  esperando siempre otro desastre. Nada acaeció, sin embargo, y los padres  pusieron en ella toda su complaciencia, que la pequeña llevaba a los  más extremos límites del mimo y la mala crian-za. 

Si aún en los últimos  tiempos Berta cuidaba siempre de sus hijos, al nacer Bertita olvidóse casi del  todo de los otros. Su solo recuerdo la horrorizaba, como algo atroz que la  hubieran obligado a cometer. A Mazzini, bien que en  menor grado, pasábale lo mismo.

 No por eso la paz había llegado a sus almas.

 La menor indisposición de su hija echaba ahora afuera, con el terror de  perderla, los rencores de su descendencia podrida. Habían acumulado  hiel sobrado tiempo para que el vaso no quedara distendido, y al menor  contacto el veneno se vertía afuera. 

Desde el primer disgusto emponzoñado habíanse perdido el respeto; y si hay algo a que el hombre se siente  arrastrado con cruel fruición, es, cuando ya se comenzó, a  humillar del todo a una persona. Antes se contenían por la mutua falta de  éxito; ahora que éste había llegado, cada cual, atribuyéndolo a sí mismo,  sentía mayor la infamia de los cuatro engendros que el otro habíale forzado a  crear.

 Con estos sentimientos, no hubo ya para los  cuatro hijos mayores afecto posible. La sirvienta los vestía, les daba de  comer, los acostaba, con visible brutalidad. No los lavaban casi nunca.

 Pasaban todo el día sentados frente al cerco, abandonados de toda remota  caricia. De este  modo Bertita cumplió cuatro años, y esa noche, resultado de las golosinas que era a los padres absolutamente imposible negarle, la criatura tuvo algún escalofrío y fiebre. Y el temor a ver-la morir o quedar idiota, tornó a reabrir  la eterna llaga.

 Hacía tres horas que no hablaban, y el motivo fue, como casi siempre, los  fuertes pasos de Mazzini.

 —¡Mi Dios! ¿No puedes caminar más despacio? ¿Cuántas veces?. . .

 —Bueno, es que me olvido; ¡se acabó! No lo

 hago a propósito.

 Ella se sonrió, desdeñosa: —¡No, no te creo  tanto!

 —Ni yo, jamás, te hubiera creído tanto a tí. . .

 ¡tisiquilla!

 —¡Qué! ¿Qué dijiste?...

 —¡Nada!

 —¡Sí, te oí algo! Mira: ¡no sé lo que dijiste; pe-ro te juro que

 prefiero  cualquier cosa a tener un padre como el que has

 tenido tú!

 Mazzini se puso pálido.

 —¡Al fin! —murmuró con los dientes apretados—. ¡Al fin, víbora, has dicho lo que querías!

 —¡Sí, víbora, sí! Pero yo he tenido padres sanos, ¿oyes?, ¡sanos! ¡Mi padre  no ha muerto de delirio! ¡Yo hubiera tenido hijos como los de todo el mundo! ¡Esos son hijos tuyos, los cuatro tuyos!

 Mazzini explotó a su vez.

 —¡Víbora tísica! ¡eso es lo que te dije, lo que te quiero decir!

 ¡Pregúntale,  pregúntale al  médico quién tiene la mayor culpa

 de la meningitis de tus hijos: mi padre o tu pulmón picado,

 víbora!

 Continuaron cada vez con mayor violencia,  hasta que un

 gemido de Bertita selló instantáneamente sus bocas. A la una

 de la mañana la ligera indigestión había  desaparecido, y como

 pasa fatalmente con todos los matrimonios  jóvenes que se han amado intensamente una

 vez siquiera, la reconciliación llegó, tanto más efusiva cuanto

 hirientes fueran  los agravios.

 Amaneció un espléndido día, y mientras Berta se levantaba escupió sangre. Las emociones y mala noche pasada tenían, sin duda, gran culpa. Mazzini la retuvo abrazada largo rato, y ella lloró  desesperadamente, pero sin que ninguno se atreviera a decir una palabra.

 A las diez decidieron salir, después de almorzar. Como apenas tenían tiempo,  ordenaron a  la sirvienta que matara una gallina.

 El día radiante había arrancado a los idiotas de su banco. De modo que  mientras la sirvienta degollaba en la cocina al animal, desangrándolo con parsimonia (Berta había aprendido de su madre este buen modo de conservar  frescura a la carne), creyó sentir algo como respiración tras ella. Volvióse, y vio a los cuatro idiotas, con los hombros pegados uno a otro, mirando estupefactos la operación... Rojo... rojo...

 —¡Señora! Los niños están aquí, en la cocina.

 Berta llegó; no quería que jamás pisaran allí.

 ¡Y ni aun en esas horas de pleno perdón, olvido y felicidad reconquistada,  podía evitarse esa horrible visión! Porque, naturalmente, cuando más intensos  eran los raptos de amor a su marido e hija, más irritado era su humor con los  monstruos.

 —¡Que salgan, María! ¡Échelos! ¡Échelos, le  digo!

 Las cuatro pobres bestias, sacudidas, brutal-mente empujadas, fueron a dar a  su banco.

 Después de almorzar, salieron todos. La sirvienta fue a Buenos Aires, y el matrimonio a pasear por las quintas. Al bajar  el sol volvieron; pero Berta quiso saludar un momento a sus  vecinas de enfrente. Su hija escapóse enseguida a casa.

 Entretanto los idiotas no se habían movido en todo el día de su banco. El sol  había traspuesto ya el cerco, comenzaba a hundirse, y ellos continuaban  mirando los ladrillos, más inertes que nunca.

 De pronto, algo se interpuso entre su mirada y el cerco. Su hermana, cansada  de cinco horas paternales, quería observar por su cuenta. De-tenida al pie del  cerco, miraba pensativa la cresta. Quería trepar, eso no ofrecía duda. Al fin  decidióse por una silla desfondada, pero faltaba aún. Recurrió entonces a un cajón de kerosene, y su instinto topográfico hízole colocar vertical el mueble,  con lo cual triunfó. 

Los cuatro idiotas, la mirada indiferente, vieron cómo su hermana lograba pacientemente dominar el equilibrio , y cómo en puntas de pie apoyaba la garganta sobre la  cresta del cerco, entre sus manos tirantes. 

Viéronla mirar a todos lados, y  buscar apoyo con el pie para alzarse más. Pero la mirada de los idiotas se  había animado; una mis-ma luz insistente estaba fija en sus pupilas. No  apartaban los ojos de su hermana, mientras  creciente sensación de gula bestial iba cambiando cada línea de sus rostros. Lentamente avanzaron hacia el cerco.

La  pequeña, que  habiendo logrado calzar el pie, iba ya a montar a horcajadas y a caerse del  otro lado, seguramente, sintióse cogida de la pierna. Debajo de ella, los ocho  ojos clavados en los suyos le dieron miedo.

 —¡Soltáme! ¡Déjame! —gritó sacudiendo la  pierna. Pero fue

 atraída.

 —¡Mamá! ¡Ay, mamá! ¡Mamá, papá! —lloró  imperiosamente.

 Trató aún de sujetarse del  borde, pero sintióse arrancada y

 cayó.

 —Mamá, ¡ay! Ma. . . —No pudo gritar más.

 Uno de ellos le apretó el cuello, apartando los bucles como si

 fueran plumas,  y los otros la arrastraron de una sola pierna

 hasta la cocina, donde esa mañana  se había desangrado a la

gallina, bien sujeta, arrancándole la vida segundo por segundo.

 Mazzini, en la casa de enfrente, creyó oír la voz de su hija.

 —Me parece que te llama—le dijo a Berta. 

 Prestaron oído, inquietos, pero no oyeron

más. Con todo, un momento después se despidieron,  y

mientras Berta iba dejar su sombrero, Mazzini avanzó en el

 patio.

 —¡Bertita!

 Nadie respondió.

 —¡Bertita! —alzó más la voz, ya alterada.

 Y el silencio fue tan fúnebre para su corazón siempre aterrado,

 que la espalda  se le heló de horrible presentimiento.

 —¡Mi hija, mi hija! —corrió ya desesperado  hacia el fondo. Pero al pasar frente a la cocina

 vio en el piso un mar de sangre. Empujó violentamente la puerta entornada,

 y lanzó un grito de horror.

 Berta, que ya se había lanzado corriendo a su vez al oír el angustioso llamado  del padre, oyó el grito y respondió con otro. Pero al precipitar-se en la cocina,  Mazzini, lívido como la muerte, se interpuso, conteniéndola:

 —¡No entres! ¡No entres!

 Berta alcanzó a ver el piso inundado de sangre. Sólo pudo echar sus brazos sobre la cabeza y hundirse a lo largo de él  con un ronco suspiro.

Fin

    Conclusión

Nos queda un toque de realidad y mal sabor al terminar esta historia, pero a la vez, es un cuento que atrapa sobremanera;
el vacío de los hechos suscitados, casi por la inconsciencia de unos seres que no razonan,  solo actúan en la neblina de su mundo, en su visión mental escasa. Pero a la vez nos preguntamos: ¿Porqué tanto descuido, por parte de sus padres ?

Venus Maritza Hernández


La madre, cuento social


La madre del revolucionario Paul Vlassov


Una historia quizás repetida entre los seres humanos, donde el vicio y la ignorancia hacen mella en las vidas, y donde el agudo dolor se centra en la familia, la cual sufre en silencio, y cada uno de sus miembros muere lentamente en su espíritu. La oscuridad los rodea, ante los continuos desvaríos de un padre ahogado en el alcohol. 

Análisis literario de La madre | Cuento clásico explicado

En La madre, Máximo Gorki no escribe un cuento cómodo ni amable: escribe un retrato áspero, deliberadamente crudo, de la vida obrera bajo la opresión industrial. Desde sus primeras líneas, el relato sumerge al lector en un mundo donde la rutina, el cansancio y la violencia forman parte del paisaje cotidiano, tan naturales como el humo de las chimeneas o el barro de las calles. No hay lirismo complaciente: hay verdad social convertida en literatura.

La primera parte funciona como un gran fresco colectivo. Gorki no presenta aún personajes individuales; describe una masa humana aplastada por la fábrica. La sirena que “mugía” cada mañana no solo marca el inicio del trabajo: simboliza el dominio absoluto de la maquinaria sobre el hombre. Los obreros no viven, son “vomitados” por la fábrica al final del día, convertidos en “escoria humana”. Esta elección léxica no es casual: deshumaniza para mostrar cómo el sistema ha despojado al trabajador de su dignidad.

El barrio obrero aparece como un espacio cerrado, casi enfermo. La violencia verbal, el alcoholismo, las peleas, el maltrato doméstico y la brutalidad cotidiana no son presentados como excepciones, sino como normas heredadas. Gorki subraya con dureza que esta miseria no es solo material, sino espiritual: los habitantes han perdido incluso el deseo de cambio. La resignación es el triunfo más cruel de la opresión.

Uno de los aspectos más inquietantes del relato es la naturalización de la violencia. Los padres golpean a los hijos porque fueron golpeados; los jóvenes se destruyen porque no conocen otra vía de escape; las mujeres soportan porque “así es la vida”. Gorki muestra cómo la injusticia se perpetúa cuando se transmite como costumbre. El tiempo no avanza: se estanca. Cada día es igual al anterior, y el futuro no existe.

La aparición ocasional de “extraños” que hablan de cosas nuevas introduce una chispa de tensión ideológica. Esos hombres representan la posibilidad de una conciencia distinta, pero son rechazados. El barrio teme el cambio más que el sufrimiento, porque el cambio implica incertidumbre. Aquí Gorki lanza una de sus críticas más severas: el miedo a pensar es otra forma de esclavitud.

La segunda parte encarna ese mundo abstracto en un personaje concreto: Michel Vlassov. Él no es una anomalía, sino el producto perfecto de ese ambiente. Fuerte, violento, temido, alcohólico, incapaz de ternura humana, Vlassov representa al obrero brutalizado hasta convertirse en bestia. Su lenguaje reducido a insultos, su expresión favorita —“carroña”— y su trato despótico con todos revelan una personalidad endurecida por años de humillación.

Sin embargo, Gorki no lo convierte en un villano simple. Vlassov también es una víctima. Su fuerza física no le sirve para liberarse, solo para intimidar a quienes están tan hundidos como él. No desafía al sistema: descarga su rabia contra su familia y su entorno inmediato. La fábrica lo explota, y él reproduce esa violencia en casa. El círculo es perfecto y cruel.

La relación con su hijo Paul marca un punto clave. Cuando el muchacho se niega a seguir siendo golpeado, algo se quiebra. No hay reconciliación ni aprendizaje: hay silencio. Vlassov se retira emocionalmente, incapaz de adaptarse a una nueva forma de relación. Paul representa el germen de una generación distinta, que no acepta el castigo como destino. Su firmeza, tranquila y sin gritos, contrasta con la brutalidad del padre.

La figura de Pelagia, la madre, es silenciosa pero fundamental. En esta parte aún no ocupa el centro, pero su sufrimiento constante prepara el terreno para su transformación posterior en la obra completa. Aquí es la mujer que aguanta, que sobrevive, que llora poco porque el dolor ha agotado las lágrimas. Gorki la presenta sin idealización: es una mujer aplastada, pero viva.

El perro de Vlassov es uno de los símbolos más elocuentes del relato. El único ser al que el cerrajero no golpea es un animal, al que tampoco sabe amar. Hay cuidado sin afecto, convivencia sin ternura. Tras la muerte del amo, el perro permanece junto a la tumba, fiel hasta el final, y luego es asesinado sin que nadie sepa cómo ni por quién. Su destino resume el de los más débiles en ese mundo: lealtad sin recompensa, muerte sin sentido.

La muerte de Vlassov no es heroica ni redentora. Muere como vivió: con rabia, negándose a ser ayudado, insultando hasta el final. La sirena de la fábrica suena en el momento exacto de su muerte, cerrando el círculo: la máquina marca incluso el último instante de su existencia. Su entierro es pobre, rápido, casi indiferente. La vida continúa igual.

Estilísticamente, Gorki emplea un realismo brutal, sin adornos innecesarios. Las descripciones son densas, sensoriales, a veces incómodas. No busca conmover con belleza, sino despertar conciencia. Cada imagen tiene peso moral. Cada escena denuncia una estructura social que convierte al hombre en cosa.

En conclusión, esta parte de La madre no es solo una introducción narrativa, sino una acusación. Gorki muestra cómo un sistema injusto no solo explota cuerpos, sino que corrompe almas. La verdadera tragedia no es la pobreza, sino la aceptación de la miseria como destino. Y en medio de ese paisaje oscuro, comienza a insinuarse una verdad poderosa: cuando alguien dice “basta”, el mundo, por primera vez, tiembla.


La madre, Cuento.

PRIMERA PARTE

Cada mañana, entre el humo y el olor a aceite del barrio obrero, la sirena de la fábrica mugía y temblaba. Y de las casuchas grises salían apresuradamente, como cucarachas asustadas, gentes hoscas, con el cansancio todavía en los músculos. En el aire frío del amanecer, iban por las callejuelas sin pavimentar hacia la alta jaula de piedra que, serena e indiferente, los esperaba con sus  innumerables ojos, cuadrados y viscosos. Se oía el chapoteo de los pasos en el fango. 

Las exclamaciones roncas de las voces dormidas se encontraban unas con otras: injurias soeces desgarraban el aire. Había también otros sonidos: el ruido sordo de las máquinas, el silbido del vapor. Sombrías y adustas, las altas chimeneas negras se perfilaban, dominando el barrio como gruesas columnas.  

Por la tarde, cuando el sol se ponía y sus rayos rojos brillaban en los cristales de las casas, la fábrica vomitaba de sus entrañas de piedra la escoria humana, y los obreros, los rostros negros de  humo, brillantes sus dientes de hambrientos, se esparcían nuevamente por las calles, dejando en el aire  exhalaciones húmedas de la grasa de las máquinas. Ahora, las voces eran animadas e incluso alegres: 

su trabajo de forzados había concluido por aquel día, la cena y el reposo los esperaban en casa.

La fábrica había devorado su jornada: las máquinas habían succionado en los músculos de los hombres toda la fuerza que necesitaban. El día había pasado sin dejar huella: cada hombre había dado un paso más hacia su tumba, pero la dulzura del reposo se aproximaba, con el placer de la taberna llena de humo, y cada hombre estaba contento.

Los días de fiesta se dormía hasta las diez. Después, las gentes serias y casadas, se ponían su mejor ropa e iban a misa, reprochando a los jóvenes su indiferencia en materia religiosa. Al volver de la iglesia, comían y se acostaban de nuevo, hasta el anochecer.  

La fatiga, amasada durante años, quita el apetito, y, para comer, bebían, excitando su estómago con la aguda quemadura del alcohol.  

Por la tarde, paseaban perezosamente por las calles: los que tenían botas de goma, se las ponían aunque  no lloviera, y los que poseían un paraguas, lo sacaban aunque hiciera sol.

Al encontrarse, se hablaba de la fábrica, de las máquinas, o se deshacían en invectivas contra los capataces. Las palabras y los pensamientos no se referían más que a cosas concernientes al trabajo. 

Apenas si alguna idea, pobre y mal expresada, arrojaba una solitaria chispa en la monotonía gris de los días. Al volver a casa, los hombres reñían con sus mujeres y con frecuencia les  pegaban, sin ahorrar los golpes. 

Los jóvenes permanecían en el café u organizaban pequeñas reuniones  en casa de alguno, tocaban el acordeón, cantaban canciones innobles, bailaban, contaban obscenidades  y bebían. 

Extenuados por el trabajo, los hombres se embriagaban fácilmente: la bebida provocaba una  irritación sin fundamento, mórbida, que buscaba una salida. Entonces, para liberarse, bajo un pretexto  fútil, se lanzaban uno contra otro con furor bestial. Se producían riñas sangrientas, de las que algunos  salían heridos; algunas veces había muertos...

En sus relaciones, predominaba un sentimiento de animosidad al acecho, que dominaba a todos y parecía tan normal como la fatiga de los músculos. Habían nacido con esta enfermedad del alma que heredaban de sus padres, los acompañaba como una sombra negra hasta la tumba, y les hacía cometer actos odiosos, de inútil crueldad.

Los días de fiesta, los jóvenes volvían tarde por la noche, los vestidos rotos, cubiertos de lodo y de polvo, los rostros contusionados; se alababan, con voz maligna, de los golpes propinados a sus camaradas, o bien, venían furiosos o llorando por los insultos recibidos, ebrios, lamentables,  desdichados y repugnantes. 

A veces eran los padres quienes traían su hijo a casa: lo habían encontrado  borracho, perdido al pie de  una valla, o en la taberna; las injurias y los golpes llovían sobre el cuerpo  inerte del muchacho; luego lo acostaban con más o menos precauciones, para despertarlo muy  temprano, a la mañana siguiente, y enviarlo al trabajo cuando la sirena esparcía, como un sombrío  torrente, su irritado mugir.

Las injurias y los golpes caían duramente sobre los muchachos, pero sus borracheras y sus peleas  parecían perfectamente legítimas a los viejos: también ellos, en su juventud, se habían embriagado y pegado; también a ellos les habían golpeado sus padres. Era la vida. Como un agua turbia, corría igual y lenta, un año tras otro; cada día estaba hecho de las mismas costumbres,  antiguas y tenaces, para pensar y obrar. Y nadie experimentaba el deseo de cambiar nada.

Algunas veces, aparecían por el barrio extraños, venidos nadie sabía de dónde. Al principio, atraían la atención, simplemente porque eran desconocidos; suscitaban luego un poco de curiosidad,  cuando hablaban de los lugares donde habían trabajado; después, la atracción de la novedad se gastaba, se acostumbraba uno a ellos y volvían a pasar desapercibidos. Sus relatos  confirmaban una evidencia: la vida del obrero es en todas partes la misma. Así, ¿para qué hablar de ello?

Pero alguna vez ocurría que decían cosas inéditas para el barrio. No se discutía con ellos, pero escuchaban, sin darles crédito, sus extrañas frases que provocaban en algunos una sorda irritación, inquietud en otros; no faltaban quienes se sentían turbados por una vaga esperanza y bebían todavía más para borrar aquel sentimiento inútil y molesto.

Si en un extraño observaban algo extraordinario, los habitantes de la barriada no lo miraban bien, y lo trataban con una repulsión instintiva, como si temiesen verlo traer a su existencia algo que podría turbar la regularidad sombría, penosa, pero tranquila. 

Habituados a ser aplastados por  una fuerza constante, no esperaban ninguna mejora, y consideraban cualquier cambio como tendiente  tan sólo a hacerles el yugo todavía más pesado.  

Los que hablaban de cosas nuevas, veían a las gentes del barrio huirles en silencio. Entonces desaparecían, volvían al camino, o si se quedaban en la fábrica, vivían al margen, sin lograr fundirse en la masa uniforme de los obreros...

El hombre vivía así unos cincuenta años; después, moría...


SEGUNDA PARTE


Tal era la vida del cerrajero Michel Vlassov, un ser sombrío, velludo, de ojillos desconfiados bajo espesas cejas, de sonrisa maligna. El mejor cerrajero de la fábrica y el hércules del barrio:

ganaba poco, porque era grosero con sus jefes;

cada domingo dejaba sin sentido a alguno; todo el mundo le detestaba y le temía Habían tratado de  pegarle, pero sin éxito. Cuando Vlassov veía que iban a atacarle, cogía una piedra, una plancha, un trozo de hierro, y, plantándose sobre sus piernas abiertas, esperaba al enemigo, en silencio. 

Su rostro, cubierto desde los ojos hasta la garganta por una barba negra, y sus peludas manos, excitaban el pánico general.

Causaban miedo, sobre todo, sus ojos, pequeños y agudos,  que parecían perforar a las gentes como una punta de acero; cuando se encontraba aquella mirada, se  sentían los demás en presencia de una fuerza salvaje, inaccesible al miedo, pronta a herir sin piedad.

-¡Fuera de aquí, carroña! -decía sordamente. En el espeso vellón de su rostro, sus grandes dientes  amarillos relucían. Sus adversarios lo colmaban de insultos, pero retrocedían intimidados.

-¡Carroña! -les gritaba aún, y su mirada resplandecía, malvada, aguda como una lezna. 

Después, erguía la cabeza con aire desafiante, y los seguía, provocándolos:

-Bueno, ¿quién quiere morir? Nadie quería...

Hablaba poco, y su expresión favorita era «carroña». Llamaba así a los capataces de la fábrica y a la policía; empleaba el mismo epíteto dirigiéndose a su mujer:

-¿No ves, carroña, que tengo los pantalones rotos?

Cuando su hijo Paul cumplió catorce años, Vlassov intentó un día tirarle de los cabellos. Pero Paul se apoderó de un pesado martillo y dijo secamente:

-No me toques.

-¿Qué? -preguntó el padre; avanzó sobre el erguido y esbelto rapaz como una sombra sobre un abedul joven.

-Basta -dijo Paul-: no me dejaré pegar más...

Y blandió el martillo.

El padre lo miró, cruzó a la espalda sus velludas manos y dijo burlonamente:

-Bueno...

Luego, añadió con un profundo suspiro:

-Bribón de carroña...

Poco después dijo a su esposa:

-No me pidas más dinero, Paul te mantendrá.

Ella se envalentonó:

-¿Vas a bebértelo todo?

-No es asunto tuyo, carroña. Tomaré una amiguita... No tomó amante alguna, pero desde aquel momento hasta su muerte, durante casi dos años, no volvió a mirar a su hijo, ni a dirigirle la palabra.

Tenía un perro tan grande y peludo como él mismo. Cada día, el animal lo acompañaba a la fábrica y lo esperaba por la tarde, a la salida. El domingo, Vlassov iba a recorrer los cafés. Caminaba sin  decir palabra, parecía buscar a alguien, mirando insolentemente a las personas, a su paso. 

El perro le seguía todo el día, el rabo bajo, gordo y peludo. Cuando Vlassov, borracho, volvía  a su casa, se sentaba a la mesa y daba de comer al perro en su plato. No le pegaba jamás, ni le reñía,  pero tampoco le acariciaba nunca. 

Después de la comida, si su mujer no se llevaba el servicio a  tiempo, tiraba los platos al suelo, colocaba ante sí una botella de aguardiente y, con la espalda apoyada  en la pared, con una voz sorda que daba dentera, aullaba una canción, la boca abierta y los ojos  cerrados.

Las palabras melancólicas y vulgares de la canción, parecían enredarse en su bigote, del que caían migas de pan; el cerrajero se peinaba la barba con los dedos y cantaba. Las palabras eran incomprensibles, arrastradas; la melodía recordaba el aullido de los lobos en invierno.

Cantaba mientras había aguardiente en la botella; después, se tendía sobre un costado, en el banco o ponía la cabeza encima de la mesa, y dormía así hasta la llamada de la sirena. 

El perro se  acostaba a su lado. Murió de una hernia. Durante cinco días, con la tez negruzca, se agitó en el lecho, cerrados los párpados, rechinando los dientes. A veces, decía a su mujer:

-Dame veneno para las ratas, envenéname...

El doctor recetó cataplasmas, pero añadió que era indispensable una operación y que había que trasladar al enfermo al hospital inmediatamente.  

-¡Al diablo..., moriré solo! ¡Carroña! -gritó Vlassov.

Cuando el doctor sé hubo marchado, su mujer, llorando, quiso convencerlo de que se sometiese a la  operación; él le declaró, amenazándola con el puño:

-¡Si me curo vas a verlas peores!

Murió una mañana, en el momento en que la sirena llamaba al trabajo.

En el ataúd, tenía la boca abierta y las cejas fruncidas e irritadas. Lo enterraron, su mujer, su hijo, su perro, Danilo Vessovchikov, viejo ladrón borracho, expulsado de la fábrica, y algunos  miserables del barrio. Su mujer lloraba un poco. Paul no derramó una lágrima. Los transeúntes que  encontraban el entierro se detenían y se persignaban, diciendo a sus vecinos:

-Sin duda que Pelagia debe estar contenta de que se haya muerto.

Rectificaban:

-¡De que haya reventado!

Después de darle sepultura, todos se volvieron,  pero el perro se quedó allí, tendido en la fresca tierra, y, sin aullar, olfateó largamente la tumba. Unos días más tarde, lo mataron; nadie supo quién...

Fin

Conclusión

Finalmente ocurre lo inexorable: muere aquel que durante años sembró oscuridad y tristeza en la vida familiar. Nadie llora su ausencia; por el contrario, su partida se recibe con un extraño alivio, como si al fin se rompieran las cadenas impuestas por los vicios y las malas decisiones.

Venus Maritza Hernández