sábado, 8 de noviembre de 2025

El Caballero Carmelo: Una epopeya de la fisonomía animal y el honor familiar

El caballero Carmelo


El Caballero Carmelo: Un análisis sobre la nobleza del espíritu, el sacrificio y el ocaso de un paladín


Introducción: El advenimiento de una sombra alada y triste


La historia del Caballero Carmelo es un descubrimiento trascendental en la literatura, un recorrido por las tradiciones de un Pisco que despierta entre el frescor del alba y el ruido del mar. 


La narrativa se desliza de manera metódica desde el momento en que Roberto, el hermano mayor, aparece como un jinete en la plazoleta, trayendo consigo no solo alforjas rebosantes de quesos frescos y bizcochuelos, sino el regalo que marcaría la fisonomía de nuestro hogar: un gallo de estirpe, el Carmelo.


En esta historia, el amor filial y el respeto por los seres vivos son su eje. Todo se desarrolla bajo una luz crepuscular, donde la excesiva confianza en el honor obliga a un viejo guerrero a enfrentarse a su último destino. 


Carmelo no entró en la casa como un simple animal de corral; entró como un amigo íntimo de una infancia ya pasada, una "unidad" de nobleza que, a pesar de su vejez, aceptaría el desafío de defender el orgullo de su dueño.


La vida en el corral: Un escenario de esplendor y jerarquía


El universo interior de la casa en Pisco nos muestra una convivencia excesiva pero armoniosa. El autor describe con precisión la fisonomía de cada habitante del corral: el pavo orgulloso y antipático, los patos que se balancean como dueñas gordas y el "Pelado", aquel pollo pendenciero cuya vida estuvo a punto de ser sacrificada debido a su falta de razonamiento y su afición por romper la vajilla.


Lo interesante de la leyenda es cómo se establece una distinción clara entre la vulgaridad del "Pelado" y la austeridad caballeresca del Carmelo. Mientras el primero representa el caos y la imprudencia, el Carmelo es descrito con términos que evocan a un armado caballero medieval: 


"esbelto, magro, musculoso y austero". Sus patas escamosas eran estacas que defendían su honor, y su mirada, fiera y perdonadora a la vez, nos revela que el talento de un luchador puede ser tanto innato como pulido por las lides del tiempo.


El conflicto: El desafío del honor frente a la vejez


El nudo de la historia surge de una apuesta, un acto que hoy podríamos considerar una injusticia del destino. El padre, movido por un desafío a la raza de su gallo, acepta la jugada para el 28 de junio. 


Aquí vemos el impacto negativo de las convenciones sociales sobre la fragilidad de un ser querido. Carmelo, ya viejo y achacoso, debía enfrentarse al "Ajiseco", un gallo joven, petulante y fuerte.


Este enfrentamiento es el paso trascendental del relato. La preparación del gallo por seis días, la colocación de la navaja de acero —la espada del soldado— y el silencio trágico de la madre, nos preparan para un desenlace donde la victoria no se mide por la supervivencia, sino por la grandeza del espíritu. 


Caperucita Roja tenía su bosque y el Pescador su mar; el Carmelo tiene su círculo de arena en San Andrés, un escenario donde la muerte acecha bajo las ramas de una higuera frondosa.


La batalla: El cauce final del drama


La pelea en San Andrés es descrita con una técnica literaria que exalta la fisonomía de la lucha. El Ajiseco, bravucón y necio, confía en su fuerza bruta y sus aletazos. El Carmelo, en cambio, utiliza el arte azaroso de la guerra. 


A pesar de estar herido y desangrándose, el viejo paladín no entierra el pico. En un último esfuerzo de voluntad, nacido del coraje de los gallos de "Cauto", asesta una estocada definitiva que deja muerto a su rival.


El triunfo del Carmelo es un grito entusiasta que resuena en toda la cancha, pero es una victoria amarga. El regreso a casa, atravesando la orilla del mar mientras se le sopla aguardiente bajo las alas, es una procesión fúnebre disfrazada de gloria. El gallo, después de haber saciado el orgullo de su dueño, se entrega a la agonía con la misma paz con la que vivió.


La muerte: El crepúsculo del héroe ignorado


Dos días duró la lucha del Carmelo contra la muerte. Los niños, en su inocencia, intentaron nutrirlo con granos de granada y agua, pero la fisonomía del héroe ya estaba quebrada. El momento final es un descubrimiento estético: el gallo se incorpora, mira la luz sangrienta del crepúsculo por la ventana, canta por última vez y expira amorosamente.


Aquella noche, la comida fue sobria y el silencio absoluto. La pérdida del Carmelo no fue la pérdida de un ave, sino la desaparición del último vástago de una estirpe de honor. 


El " Caballero Carmelo" pasó por el mundo como un héroe ignorado, dejando en el hogar una sombra alada y triste que perdura en la memoria como el símbolo de la nobleza que no se rinde ante la vejez ni ante la muerte.


15 Curiosidades y observaciones analíticas sobre "El Caballero Carmelo"


Para dotar al observador de una adecuada explicación sobre este descubrimiento literario, clasificamos los siguientes puntos clave:


La fisonomía del héroe: Valdelomar describe al gallo no como un animal, sino como un ser humano de alta alcurnia, usando adjetivos como "caballeroso", "justiciero" y "prudente".


El contraste generacional: El Carmelo representa la tradición y el honor antiguo, mientras que el Ajiseco simboliza la modernidad arrogante y la fuerza sin sabiduría.


El escenario de Pisco: La descripción de la mañana en Pisco es un escenario de esplendor que utiliza todos los sentidos: el olor del café, el chirrido de los goznes y el ruido del mar.


El papel de la madre: La madre es la figura que equilibra la dureza del padre. Ella es quien perdona la vida al "Pelado" y quien sufre en silencio por la crueldad de la pelea del Carmelo.


La "unidad" del regalo: Roberto no trae regalos comunes para su padre; trae una vida, un gallo de pelea, lo que indica que en esa época el honor se regalaba y se defendía en el ruedo.


El simbolismo de la higuerilla: El árbol que Roberto sembró y que buscó al volver representa el crecimiento y la raíz de la familia en la tierra.


La preparación trágica: El uso de la media luna de acero es un recordatorio de que la tecnología de la muerte (la navaja) es la que decide el cauce final de las lides.


El juez y los cánones: La mención de que el juez sigue los "cánones" otorga a la pelea un carácter de juicio legal y moral, no solo de entretenimiento.


La herida del honor: El Carmelo no se da cuenta de su dolor físico porque su voluntad está enfocada en el cumplimiento de su deber, un rasgo del talento innato del luchador.


La luz del crepúsculo: El hecho de que el gallo muera mirando la luz sangrienta del sol poniente simboliza el cierre perfecto de un ciclo vital.


El panadero y la rutina: La figura del viejo panadero sobre su burro añade un matiz de estabilidad y paz social frente a la violencia de la jugada de gallos.


El perdón al "Pelado": Este episodio sirve para mostrar que la justicia en la familia puede ser mediada por el afecto y el ruego de los hijos.


La fisonomía del público: Valdelomar describe a los hombres de mar con sus camisetas de franjas y pañuelos, creando un cuadro sociológico preciso de la época.


El canto final: El último canto del Carmelo es su testamento; una despedida de la fisonomía del mundo antes de que sus patitas escamosas se estiren para siempre.


Héroe ignorado: El título de "héroe ignorado" resalta que la verdadera grandeza a veces ocurre en los rincones más humildes del mundo, lejos de los grandes libros de historia.


Conclusión: El equilibrio de la memoria


En fin, el final de "El Caballero Carmelo" es bastante triste pero profundamente satisfactorio desde un punto de vista moral, porque el paladín muere en su ley. La traición de la vejez no pudo con su corazón. 


Las enseñanzas de este relato nos obligan a reflexionar sobre la naturaleza del respeto y la importancia de honrar a quienes nos han dado su lealtad. 


El Carmelo llegó a ser un símbolo porque su gentileza y su coraje enfrentaron con éxito la prueba del sacrificio, demostrando que la verdadera nobleza reside en el alma, ya sea esta la de un hombre o la de un gallo de Caucato.


El caballero Carmelo, Cuento

Autor:  Abraham Valdelomar 




miércoles, 5 de noviembre de 2025

Las Aventuras de Pinocho- Por Carlo Collodi

Pinocho el muñeco de madera



El Caballero Carmelo: Un análisis sobre la nobleza del espíritu, el sacrificio y el ocaso de un paladín


Introducción: 

El advenimiento de una sombra alada y triste
La historia del Caballero Carmelo es un descubrimiento trascendental en la literatura, un recorrido por las tradiciones de un Pisco que despierta entre el frescor del alba y el ruido del mar. 

La narrativa se desliza de manera metódica desde el momento en que Roberto, el hermano mayor, aparece como un jinete en la plazoleta, trayendo consigo no solo alforjas rebosantes de quesos frescos y bizcochuelos, sino el regalo que marcaría la fisonomía de nuestro hogar: un gallo de estirpe, el Carmelo.

En esta historia, el amor filial y el respeto por los seres vivos son su eje. Todo se desarrolla bajo una luz crepuscular, donde la excesiva confianza en el honor obliga a un viejo guerrero a enfrentarse a su último destino. 

Carmelo no entró en la casa como un simple animal de corral; entró como un amigo íntimo de una infancia ya pasada, una "unidad" de nobleza que, a pesar de su vejez, aceptaría el desafío de defender el orgullo de su dueño.

La vida en el corral: Un escenario de esplendor y jerarquía
El universo interior de la casa en Pisco nos muestra una convivencia excesiva pero armoniosa. 

El autor describe con precisión la fisonomía de cada habitante del corral: el pavo orgulloso y antipático, los patos que se balancean como dueñas gordas y el "Pelado", aquel pollo pendenciero cuya vida estuvo a punto de ser sacrificada debido a su falta de razonamiento y su afición por romper la vajilla.

Lo interesante de la leyenda es cómo se establece una distinción clara entre la vulgaridad del "Pelado" y la austeridad caballeresca del Carmelo. 

Mientras el primero representa el caos y la imprudencia, el Carmelo es descrito con términos que evocan a un armado caballero medieval: "esbelto, magro, musculoso y austero". 

Sus patas escamosas eran estacas que defendían su honor, y su mirada, fiera y perdonadora a la vez, nos revela que el talento de un luchador puede ser tanto innato como pulido por las lides del tiempo.

El conflicto: El desafío del honor frente a la vejez

El nudo de la historia surge de una apuesta, un acto que hoy podríamos considerar una injusticia del destino. El padre, movido por un desafío a la raza de su gallo, acepta la jugada para el 28 de junio. 

Aquí vemos el impacto negativo de las convenciones sociales sobre la fragilidad de un ser querido. Carmelo, ya viejo y achacoso, debía enfrentarse al "Ajiseco", un gallo joven, petulante y fuerte.

Este enfrentamiento es el paso trascendental del relato. La preparación del gallo por seis días, la colocación de la navaja de acero —la espada del soldado— y el silencio trágico de la madre, nos preparan para un desenlace donde la victoria no se mide por la supervivencia, sino por la grandeza del espíritu. 

Caperucita Roja tenía su bosque y el Pescador su mar; el Carmelo tiene su círculo de arena en San Andrés, un escenario donde la muerte acecha bajo las ramas de una higuera frondosa.

La batalla: El cauce final del drama

La pelea en San Andrés es descrita con una técnica literaria que exalta la fisonomía de la lucha. El Ajiseco, bravucón y necio, confía en su fuerza bruta y sus aletazos. El Carmelo, en cambio, utiliza el arte azaroso de la guerra. 

A pesar de estar herido y desangrándose, el viejo paladín no entierra el pico. En un último esfuerzo de voluntad, nacido del coraje de los gallos de "Cauto", asesta una estocada definitiva que deja muerto a su rival.

El triunfo del Carmelo es un grito entusiasta que resuena en toda la cancha, pero es una victoria amarga. El regreso a casa, atravesando la orilla del mar mientras se le sopla aguardiente bajo las alas, es una procesión fúnebre disfrazada de gloria. El gallo, después de haber saciado el orgullo de su dueño, se entrega a la agonía con la misma paz con la que vivió.

La muerte: El crepúsculo del héroe ignorado

Dos días duró la lucha del Carmelo contra la muerte. Los niños, en su inocencia, intentaron nutrirlo con granos de granada y agua, pero la fisonomía del héroe ya estaba quebrada. 

El momento final es un descubrimiento estético: el gallo se incorpora, mira la luz sangrienta del crepúsculo por la ventana, canta por última vez y expira amorosamente.

Aquella noche, la comida fue sobria y el silencio absoluto. La pérdida del Carmelo no fue la pérdida de un ave, sino la desaparición del último vástago de una estirpe de honor. 

El " Caballero Carmelo" pasó por el mundo como un héroe ignorado, dejando en el hogar una sombra alada y triste que perdura en la memoria como el símbolo de la nobleza que no se rinde ante la vejez ni ante la muerte.


15 Curiosidades y observaciones analíticas sobre "El Caballero Carmelo"

Para dotar al observador de una adecuada explicación sobre este descubrimiento literario, clasificamos los siguientes puntos clave:

La fisonomía del héroe: Valdelomar describe al gallo no como un animal, sino como un ser humano de alta alcurnia, usando adjetivos como "caballeroso", "justiciero" y "prudente".

El contraste generacional: El Carmelo representa la tradición y el honor antiguo, mientras que el Ajiseco simboliza la modernidad arrogante y la fuerza sin sabiduría.

El escenario de Pisco: La descripción de la mañana en Pisco es un escenario de esplendor que utiliza todos los sentidos: el olor del café, el chirrido de los goznes y el ruido del mar.

El papel de la madre: La madre es la figura que equilibra la dureza del padre. Ella es quien perdona la vida al "Pelado" y quien sufre en silencio por la crueldad de la pelea del Carmelo.

La "unidad" del regalo: Roberto no trae regalos comunes para su padre; trae una vida, un gallo de pelea, lo que indica que en esa época el honor se regalaba y se defendía en el ruedo.

El simbolismo de la higuerilla: El árbol que Roberto sembró y que buscó al volver representa el crecimiento y la raíz de la familia en la tierra.

La preparación trágica: El uso de la media luna de acero es un recordatorio de que la tecnología de la muerte (la navaja) es la que decide el cauce final de las lides.

El juez y los cánones: La mención de que el juez sigue los "cánones" otorga a la pelea un carácter de juicio legal y moral, no solo de entretenimiento.

La herida del honor: El Carmelo no se da cuenta de su dolor físico porque su voluntad está enfocada en el cumplimiento de su deber, un rasgo del talento innato del luchador.

La luz del crepúsculo: El hecho de que el gallo muera mirando la luz sangrienta del sol poniente simboliza el cierre perfecto de un ciclo vital.

El panadero y la rutina: La figura del viejo panadero sobre su burro añade un matiz de estabilidad y paz social frente a la violencia de la jugada de gallos.

El perdón al "Pelado": Este episodio sirve para mostrar que la justicia en la familia puede ser mediada por el afecto y el ruego de los hijos.

La fisonomía del público: Valdelomar describe a los hombres de mar con sus camisetas de franjas y pañuelos, creando un cuadro sociológico preciso de la época.

El canto final: El último canto del Carmelo es su testamento; una despedida de la fisonomía del mundo antes de que sus patitas escamosas se estiren para siempre.

Héroe ignorado: El título de "héroe ignorado" resalta que la verdadera grandeza a veces ocurre en los rincones más humildes del mundo, lejos de los grandes libros de historia.

Conclusión: El equilibrio de la memoria

En fin, el final de "El Caballero Carmelo" es bastante triste pero profundamente satisfactorio desde un punto de vista moral, porque el paladín muere en su ley. La traición de la vejez no pudo con su corazón. 

Las enseñanzas de este relato nos obligan a reflexionar sobre la naturaleza del respeto y la importancia de honrar a quienes nos han dado su lealtad. 


El Carmelo llegó a ser un símbolo porque su gentileza y su coraje enfrentaron con éxito la prueba del sacrificio, demostrando que la verdadera nobleza reside en el alma, ya sea esta la de un hombre o la de un gallo de Caucato.


Las aventuras de Pinocho

Carlos Collodi

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Videocuento

La Luz Mala: El descubrimiento del misterio en el escenario de la pampa

Leyenda de Argenina-La luz mala


La Luz Mala: Un análisis sobre la visión del misterio y la ética del límite


A través de los tiempos, la relación entre el hombre y la naturaleza ha estado marcada por una frontera invisible entre lo que podemos explicar y aquello que simplemente debemos respetar. En las inmensas llanuras, cuando el horizonte se disuelve y la unidad humana queda sola frente a la inmensidad, surge un fenómeno que desafía cualquier razonamiento lógico: la Luz Mala. No es solo una aparición; es un descubrimiento que nos sitúa en el umbral de lo desconocido.


En ese escenario de esplendor que es el campo abierto, la visión del entorno cambia radicalmente al caer el sol. Lo que en el día es una realidad objetiva, en la noche se transforma en un espacio donde lo sobrenatural convive con lo cotidiano. Este fuego errante, solitario y pequeño, se presenta como una incipiente modalidad de misterio que hiela la sangre incluso a los más curtidos.


La inversión del símbolo y el peso de la tradición


Es interesante notar cómo la luz, que habitualmente asociamos con la guía y el conocimiento, sufre aquí una transformación de su propia esencia. Esta luz no revela caminos, sino que los confunde; no ofrece calor, sino que emana un frío que parece venir de otra dimensión. Representa, en última instancia, esa curiosidad humana que a veces roza la soberbia al creer que todo puede ser tocado o poseído.


El gaucho, dotado de una sabiduría que nace del silencio y de la observación constante, entiende que el comportamiento de los animales es el primer barómetro de la verdad. Cuando el caballo se detiene temblando, no es por ignorancia, sino por un instinto superior que detecta una presencia ajena al mundo de los vivos. Es en ese momento donde el hombre debe decidir entre la codicia de buscar un tesoro oculto o el respeto por las almas que no han encontrado descanso.


El impacto de lo prohibido en el universo interior


La pluralidad de esta leyenda permite diversas lecturas investigativas. Para algunos, es la visión de una culpa manifestada en energía; para otros, el rastro de un tesoro maldito donde la riqueza se cobra con la paz mental. Sea como un engaño del destino o como una advertencia de los ancestros, la Luz Mala establece una moral implícita: hay límites que no se deben cruzar.


El relato del jinete que se interna en la oscuridad siguiendo este faro errante ilustra perfectamente el impacto negativo de perder el norte por una vana ilusión. Al encontrarse frente a una tumba abandonada, el hombre comprende que ha rozado lo prohibido. La experiencia deja una huella profunda en su visión de la realidad; ya no vuelve a ser el mismo, pues ahora conoce el peso del silencio del campo.


Ciencia y misterio: Un vacío por llenar


A menudo, la ciencia intenta reducir este fenómeno a explicaciones sobre gases o fósforo en la humedad del suelo. Sin embargo, tales argumentos resultan insuficientes para llenar el vacío que deja el miedo en el alma. La modernidad no ha logrado apagar el misterio porque existen verdades que se heredan y que no necesitan demostración en un laboratorio.


En fin, la Luz Mala es una lección de respeto hacia la tierra y hacia quienes la habitaron antes que nosotros. Mientras exista una llama que flote sin explicación en el silencio de la pampa, el descubrimiento de lo inexplicable seguirá alimentando nuestra identidad. Es un recordatorio de que nuestra visión del universo es apenas un fragmento de una realidad mucho más vasta, una que nos exige humildad y nos advierte que, en la inmensidad de la noche, nunca estamos del todo solos.


Observaciones y reflexiones sobre el misterio de la Luz Mala


La noche como catalizador: El fenómeno requiere de la oscuridad total para que los sentidos se vuelvan más agudos y la razón ceda su lugar a la intuición.


El color de la aparición: Ese tono azulado o verdoso sugiere una energía que no pertenece al ciclo del fuego vital que conocemos.


El lenguaje de la naturaleza: El viento y el comportamiento inquieto del ganado suelen ser los preámbulos lógicos a la aparición de la luz.


La tumba como centro de gravedad: La conexión constante entre la luz y los cementerios antiguos refuerza la visión de un vínculo entre la tierra y lo espiritual.


La técnica del desvío: La luz parece jugar con el observador, alejándose metódicamente para atraerlo hacia terrenos peligrosos.


La sal y la fe: Los métodos de defensa tradicionales, como el puñado de sal o la señal de la cruz, buscan restablecer la unidad y la protección del individuo.


El concepto del "Mba’e pu": Esta raíz indígena nos conecta con una visión antropológica donde el fuego y el sonido de los muertos son una misma cosa.


La inutilidad de la fuerza: Ante este misterio, las herramientas materiales pierden su valor; solo el respeto y el retiro a tiempo salvan al viajero.


El tesoro como prueba: La ambición de encontrar oro bajo la luz es el génesis de muchas tragedias personales en la literatura popular.


La resistencia al tiempo: A pesar de los avances tecnológicos, esta leyenda persiste en el ADN cultural de las regiones rurales, desafiando la lógica urbana.


El impacto en el caballo: El animal actúa como un espejo del miedo humano, amplificando la sensación de peligro inminente.


El olor a azufre: Un detalle que añade una capa de advertencia sobre la naturaleza posiblemente telúrica o espiritual del fenómeno.


La soledad del observador: El misterio despliega toda su potencia cuando la unidad humana se encuentra sin compañía, enfrentando su propia fe.


La visión de los ancestros: Para los antiguos habitantes de la tierra, estas luces no siempre eran malas; a veces eran guías en la oscuridad de la llanura.


El valor del silencio: Al final, la mejor respuesta ante la Luz Mala es el silencio y el respeto, reconociendo que no todo lo que brilla viene a iluminar nuestro camino.

Cuadro de Carnaval, relato

 

Cuadro de Carnaval, relato del escritor panameño Gaspar Octavio Hernández


Análisis literario de Cuadro de Carnaval | Cuento clásico explicado

El fragmento ofrece una visión multifacética de los carnavales de Panamá, en la que se entrelazan lo estético, lo histórico y lo cultural, desde una mirada subjetiva y profundamente sensible. Hernández no solo retrata la festividad como un espectáculo visual, sino que ahonda en la experiencia humana que genera: 

la convivencia de múltiples razas, costumbres y clases sociales en un espacio común de celebración, donde el tiempo parece diluirse y los recuerdos de civilizaciones pasadas resurgen con un halo de nostalgia.

El autor utiliza un lenguaje rico, cargado de imágenes poéticas, metáforas y referencias mitológicas, como al comparar la Avenida Central con calles legendarias pobladas de encantadores, hechiceras y deidades clásicas, lo que confiere a la descripción un aire de intemporalidad y universalidad. 

Esta técnica permite que lo local, lo panameño, se eleve a la categoría de símbolo cultural y social, conectando la tradición con el presente.

Hernández también observa con precisión el detalle visual y sensorial: los colores de los trajes típicos, los movimientos de los bailarines, el brillo de las joyas, la música y el bullicio de la multitud. 

Esto no es un simple registro estético; es un testimonio de identidad y orgullo nacional, de la capacidad del pueblo panameño de mantener vivas sus raíces a pesar de la influencia cosmopolita y los cambios históricos.

El texto destaca la diversidad étnica como un elemento que fortalece la identidad nacional, y la describe con admiración: “la presencia de esas dos vírgenes, emblemas fieles de la vitalidad y de la esplendidez de nuestros ideales más gloriosos”, refiriéndose a la Reina Isabel y la Princesa Leovigilda, símbolos de unidad y armonía. Hernández eleva la festividad más allá del espectáculo para mostrarla como un acto de cohesión social, un reflejo de los valores del país y del anhelo de una sociedad inclusiva y noble.

Además, el autor contrapone la grandiosidad de los carnavales con la autenticidad popular. Critica la ausencia de trajes opulentos o comparsas históricas, pero celebra la espontaneidad, la alegría y la elegancia natural de las personas, como en la escena del baile del punto, donde la interacción entre la pareja de jóvenes se convierte en un microcosmos de la energía vital del pueblo panameño.

Por último, el texto tiene un fuerte componente simbólico y esperanzador: la festividad se convierte en metáfora de la fuerza y resiliencia de Panamá, capaz de avanzar entre adversidades y diferencias, abriéndose al progreso y proyectando al país como un ejemplo de integración cultural y humana.


Hernández combina observación minuciosa, sensibilidad estética y conciencia histórica para construir un retrato de los carnavales panameños que trasciende lo superficial. Su escritura es un puente entre lo individual y lo colectivo, entre lo temporal y lo eterno, donde la cultura, la tradición y la diversidad se entrelazan para ofrecer un testimonio vívido y esperanzador del espíritu del país. Su obra invita al lector no solo a mirar, sino a sentir, a valorar la riqueza cultural y humana de Panamá, reconociendo en sus celebraciones una expresión auténtica de identidad y de solidaridad.

Venus Maritza Hernández

Cuadro de Carnaval, relato


Autor: Gaspar Hernández

Vista desde el balcón de un alto edificio la Avenida Central llena de bulliciosas mascaradas, asemeja calle de ciudad de leyenda; una calle tortuosa, larga y estrecha, poblada de encantadores, de hechiceras y de endriagos. 

Si algo hay inconscientemente seductor en esta calle, ahora, es esa profusión de tipos heterogéneos, hombres y mujeres de todas las zonas terrestres y de todas las condiciones sociales, que olvidan la diversidad de sus costumbres e idiomas para confraternizar—aunque por limitadísimas horas—en estas modernas lupercales, que hacen resucitar en la imaginación gratos recuerdos de civilizaciones remotas en lo que fué. 

No por estos sitios veréis—cual vieron antiguas gentes en poderosas comarcas donde era Baco deidad venerada—la banda de ninfas perseguidas de grotesca turba de silenos y de faunos coronados de pámpanos; ni veréis retozar dioses en consorcio íntimo con los más degradados y corrompidos ejemplares de la raza humana; ni veréis monarcas viciosos y enclenques reclinados en el regazo de avasalladoras cortesanas. 

Pero, a falta de aquellas miticas figuras que imprimieron peculiarísimos tonos a las vieja es carnestolendas, no escasean las cálidas trigueñas de nuestro Istmo, quienes luciendo vistosa pollera—traje nacio nal de origen gitano, según dicen los doctos van por esas vías de Dios y riegan más sal que las mismas hijas de la tierra andaluza. 

Nerviosas de sensual entusiasmo, cantan uno de esos aires nacionales en que palpita cierta inexplicable melancolía y que la inteligencia popular ha bautizado con el no muy exacto nombre de  tamboritos: 

palmotean lenta y acompasadamente, ostentando, al palmotear, dedos circuidos de anillos en los que irradia el rojo del rubí y el azul del zafiro con el verde marino de la esmeralda. El tinte violeta del crepúsculo comienza a amoratar los cielos. 

Zumba enorme ruido semejante, quizá, al que deben escuchar las almas cuando se van aproximando al Infierno. 

El observador se extasía ante el confuso en canto de las muchas escenas que ante si tiene. 

Súbito, una mujer le saca de su embobamiento al gritar: «¡Ya viene!», tendiendo la diestra hacia el Sur de la Avenida. Al punto se advierten en la muchedumbre vaivenes y murmullos de ola. 

Y, precedida de cuatro heraldos vestidos de púrpura que—jinetes en no muy altivos corceles —tocan sonoros-clarines, aparece en su real carro la Reina Isabel, una virgencita delicada y rosada que sonríe mucho y, al sonreír, deja ver dos hileras de dientes diminutos y blanquísimos. 

Su carroza imita una concha llena de mujeres—perlas, arrastrada por fugaces gaviotas, símbolos tal vez de los sueños nupciales de las-bellas. Luego, en el lomo de un dragón, la Princesa Leovigilda, la que llaman Reina Mora e Hija del Sol y de la Noche. 

En verdad que no vio el ojo terciopelo mejor que el de su acanelado rostro; ni miradas más atrevidamente habladoras que las suyas. Al verla, resurgió en la mente la amada del Sabio Rey, aquella que cantaba: «Morena soy, ¡oh! ¡hijas de Jerusalem, mas codiciable como las cabanas de Cedar, como las tiendas de Salomón. 

No-miréis en que soy morena porque !el Sol .'rae miró.. Yo 

soy la rosa de Sarón y el lirio de los valles. Nada que dé una idea tan clara de la solidaridad que en cierto modo compacta los diferentes elementos étnicos que integran la población nacional panameña, como la presencia de esas dos vírgenes, emblemas fieles de la vitalidad y de la esplendidez de nuestros ideales más gloriosos, cuales son los de hacer una patria hermosa, noble y digna, donde quepan todos los seres de sin distinción, de raza, ni de abolengo, ni de credo. 

Aquella, hace recordar las divinas soñadoras del Norte, esas de róseo cutis y de castañas guedejas, que en la inmovilidad de sus pupilas reflejan la inmovilidad de los lagos septentrionales; 

ésta, parece una princesa de Oriente, una hija de Alá en que se junta al ardor del Desierto la frescura y belleza de la margarita del Oasis. Yo he sentido la más sacra de las arrobaciones ante esa dos hijas del trópico y, he creído, por fugaces instantes de agradable inconsciencia, que la Felicidad y la Hermosura son cualidades indispensables a la naturaleza de los vivientes; que Jehová, al crear el primer hombre del poema bíblico dióle a aquel un beso en la frente y le dijo «¡Ríe! ¡Ríe para siempre! ¡Ríe!» AI tinte violeta del crepúsculo sucede el azul pálido de un cielo con estrellas pálidas. 

El desfile fué imponente, mas no muy bello. Y si exceptuamos unos cuantos trajes que fueron orgullo de la fiesta, entre ellos el de una gitana de ojos encantadores con cuya luz parecía intentar escrutarlo y adivinarlo todo, podemos" decir que faltó el disfraz pomposo, la vestidura opulenta que trajera a la memoria remembranzas de dinastías reinantes, de bailarinas llenas de joyas y de sedas; de guerreros vestidos de gala como en el momento preciso de celebrar un triunfo. 

Faltó también la comparsa original; eso en que el ingenio de muchos hace reproducir cuadros históricos o imaginarios y que deja en la visión sensaciones inolvidables y arranca del alma un grito de simpatía. 

Ya es plena noche. Las danzas vigorizan las fiestas. La música consume la atención de todos. Me he dejado arrastrar por mi instinto de nómada a uno de los barrios más populosos de la ciudad; a uno de los lugares donde los vecinos, amigos siempre de jolgorios, parecen ignorar el dolor. Al llegar al barrio observo, no sin orgullo, que a pesar de la influencia que ha ejercido el cosmopolitismo en nuestras gentes, el pueblo de Panamá ha sabido y ha podido conservar, intactas, algunas de las costumbres que heredó de sus galantes abuelos. 

Asi, podréis ver ahora, a la luz de las estrellas, en patio con pretensiones a jardín, los rápidos movimientos que ejecuta una feliz pareja al zapatear un punto, tradicional baile istmeño en que la agilidad y la voluptuosidad simulan rimar una canción a la vida. Así la pareja: 

Ella", una muchacha de esas que tienen fuego en los ojos, en la sangre y en los labios, luciendo la pollera  clásica, salta, se retuerce, zapatea, ondula como una sierpe, respira como un peregrino jadeante, echa suspiros de cansancio y de amor, y con la fina diestra agita un pañuelo de seda roja. 

En su mirada sorprendo embriagueces desconocidas. A través del encaje de sus vestidos se ven palpitar sus senos con temblor de aves tímidas. 

El, garrido mozo de veinte años. Un sombrero del Ecuador, cuya cinta ondea con los colores de la bandera del Istmo, corona su rostro ligeramente moreno. Viste de blanco y calza pequeñas zapatillas de color de champaña. 

Con inquietud se cimbra llevándose ambas manos a la cintura, recogiéndose la americana y adquiriendo actitudes de gitanesca elegancia. Mira los ojos de la chica con cierto gesto de satisfacción indefinible y, con su mirar picaresco, demuestra sentirse tentado a ceñir la ciniura quebradiza de la hembra. 

Les rodea gárrula muchedumbre en que triunfan, por su mayoría y por la fuerte debilidad con que imperan, las mujeres. 

De entre ellas, se destaca la figura- enclenque y alta de los músicos: Josecito, Pol y Nacho. Tras ellos, un hombre mitad montañés, mitad ciudadano, golpea rítmicamente un tambor casi cilíndrico, con las yemas de sus dedos groseros. 

Y hay en todo ese conjunto de armonías, de colores y de perfumes, un símbolo: el bello símbolo del Panamá triunfador; del Panamá que avanza por entre la ruindad de todas las envidias y de todas las calumnias, porque, a despecho de 

la pasión política, abre sus entrañas al progreso del mundo, con la generosidad de esos pueblos a quienes la naturaleza señaló una gran misión que cumplir ya que la cumplen en bien de toda la familia humana.

Autor: Gaspar Hernández



domingo, 2 de noviembre de 2025

La ética del hambre: Una visión crítica sobre Jack y las habichuelas mágicas

Jack y las habichuelas mágicas


La ética del hambre: Una visión crítica sobre la historia de Jack

Introducción: El advenimiento de un relato sin filtros

Jack y las habichuelas mágicas pertenece a esa estirpe de cuentos que no piden permiso para existir. Nació en la oralidad pura y, por lo tanto, no responde a una moral pulida por la academia, sino a una moral de supervivencia. 

No es un cuento educado; es un cuento necesario que surge en escenarios de esplendor perdidos en el tiempo. En su núcleo, la historia plantea una pregunta incómoda que los relatos modernos suelen esquivar con argumentos superficiales: ¿Qué está permitido cuando la unidad humana no tiene absolutamente nada?


Jack no es el héroe virtuoso de los manuales pedagógicos. Se presenta como un joven impulsivo que decide cambiar la vaca —el último sustento materialista de su hogar— por unas habichuelas aparentemente inútiles. 

Desde una lectura superficial, podría parecer un tonto; pero desde el razonamiento de la tradición, Jack es algo más peligroso: es el individuo capaz de apostar todo cuando ya no queda nada que perder. Su visión no es la del ahorro, sino la de la ruptura absoluta con lo establecido.


El ascenso prohibido y la justicia percibida

La planta gigante no es solo un elemento mágico; es una ruptura del orden natural que une la tierra miserable con la opulencia de las nubes. Jack no asciende por mérito moral, sino por una osadía que roza la imprudencia. 

El mensaje implícito aquí no es “sé bueno”, sino “atrévete”. En el universo interior de los cuentos populares, el mundo no se transforma esperando la providencia; se transforma trepando, incluso si ese acto implica invadir lo ajeno de forma metódica.


El castillo del gigante representa el poder concentrado y la abundancia injusta. El gigante es el acaparador de lo que otros necesitan para subsistir; su sola existencia como poseedor de una riqueza inaccesible basta para condenarlo dentro de la lógica del cuento. Aquí, la moral no es cristiana ni ilustrada; es una moral campesina, la ética del hambre. 

El asesinato del gigante no se vive como una tragedia, sino como el restablecimiento de un equilibrio material. Es un paso trascendental donde la astucia vence allí donde la virtud, por sí sola, habría perecido de inanición.


Un análisis incómodo: El delincuente como ejemplo

Sin embargo, al profundizar en la fisonomía de este relato, surge una realidad que incomoda: Jack roba, engaña y finalmente mata. No lo hace por accidente ni por una defensa inmediata; lo hace de forma consciente, reiterada y estratégica. 

Entra en una unidad habitacional ajena, toma lo que no le pertenece y regresa una y otra vez al descubrir que el crimen rinde frutos materiales. Cuando el gigante reacciona ante el despojo, Jack no opta por la huida, sino por la eliminación física del otro.


Lo más inquietante es que el relato corona esta conducta con prosperidad y seguridad, sin que aparezca consecuencia moral alguna. Incluso la figura materna, que debería funcionar como brújula ética o raíz de la conciencia, valida el resultado sin cuestionar el camino. 


El impacto negativo de este mensaje es evidente: se presenta la pobreza como una absolución automática, sugiriendo que bajo la necesidad todo está permitido. Pero el razonamiento histórico nos dice que las sociedades humanas se han sostenido precisamente porque existen límites que no se cruzan sin pagar un precio.


La responsabilidad cultural frente al símbolo


El problema no es que el cuento muestre la oscuridad —la literatura siempre ha sido un espejo de nuestras sombras—, sino que no la nombra como tal. En un relato bien construido, el error suele traer una transformación interior; 


aquí, el crimen es un atajo exitoso y el engaño se disfraza de inteligencia. El lector, si carece de herramientas críticas, recibe el símbolo convertido en ejemplo, glorificando el éxito a cualquier precio.


Esto no significa que debamos censurar la obra, sino que es nuestra responsabilidad cultural contextualizarla. Los cuentos antiguos no eran dulces; eran sabios porque mostraban el bien y el mal con crudeza. 


Cuando se pierde el equilibrio entre el hecho y la consecuencia, la historia deja de educar el alma y solo entretiene el impulso. Hay que decirlo sin rodeos: no todo lo que termina bien, está bien.


Curiosidades y observaciones analíticas: Una visión distinta


La ausencia de autoría: Al nacer en la oralidad, no tiene una pluma única, permitiendo que su visión cambie según el narrador.


La moral de supervivencia: Es un relato nacido de la hambruna, donde la ética se subordina a la vida biológica.


El símbolo del Eje del Mundo: La planta es un concepto ancestral que une lo humano con lo desconocido.


La inversión de la prueba: A diferencia de los mitos clásicos, el ascenso no busca sabiduría, sino oro.


El gigante como acaparador: Su riqueza es vista como el pecado original en un mundo de carencias.


El arpa con voz: Representa que los bienes tienen una lealtad que el protagonista debe quebrar.


La oca de oro: Metáfora de la renta perpetua y el fin de la ansiedad por el sustento.


El hacha decisiva: El paso trascendental de cortar vínculos con el pasado para asegurar el futuro.


La impunidad de Jack: Termina rico y aplaudido, desafiando la pedagogía de la responsabilidad.


La madre como cómplice: Refleja el pragmatismo de quien prioriza el resultado sobre el método.


El robo estratégico: Jack no actúa por impulso una vez; planifica tres incursiones exitosas.


Falta de remordimiento: En el universo interior del cuento no hay espacio para la lucha ética interna.


El gigante invadido: Una visión objetiva revela que el gigante es la víctima de una violación de propiedad.


Vacío de autoridad: El conflicto se resuelve mediante la fuerza privada, sin mediación social.


Argumento del azufre/olor: El "olor a carne" justifica moralmente ante el lector la muerte del ogro.


Energía para la tragresión: La leche y el pan de la gigante son el soporte físico del robo.


El pozo sin fondo: Simboliza el entierro definitivo de la miseria y del opresor.


Madurez estancada: Jack alcanza la riqueza, pero su fisonomía moral permanece inalterada.


Contexto del siglo XIX: Refleja las tensiones de una sociedad en transformación económica.


El deseo y la planta: Jack proyecta la solución en sus sueños antes de ejecutarla en la realidad.


Riesgo vs. Seguridad: Cambiar la vaca por semillas es el génesis de una visión audaz.


Escenario de esplendor: El castillo contrasta violentamente con la precariedad de la cabaña.


Silencio narrativo: El cuento está diseñado para que el observador no cuestione la justicia del acto.


Fantasía de escape: No nace para educar, sino para fantasear con el fin de la pobreza.


Jerarquía de necesidades: El botín evoluciona de lo monetario a lo biológico y finalmente a lo estético.


Vulnerabilidad del poder: El sueño del ogro demuestra que la fuerza bruta es fácil de burlar.


Ruptura metódica: La planta altera el orden natural para permitir el ascenso de la unidad humana.


Incomodidad ilustrada: El éxito sin castigo molesta a la visión moderna de la justicia.


Astucia vs. Virtud: El relato enseña que, en la injusticia, el ingenio es la única defensa del débil.


Conclusión: La visión del equilibrio

En fin, Jack y las habichuelas mágicas es un recordatorio de que la historia humana está hecha de riesgos y decisiones grises. El final de esta leyenda es satisfactorio materialmente, pero deja un vacío en el razonamiento ético. La traición a la justicia no debería ser el precio del éxito. 

Por eso, hoy más que nunca, debemos leer estos relatos con los ojos abiertos, recordando que no basta con sembrar habichuelas mágicas; hay que saber hacia dónde nos lleva el tallo y qué estamos dispuestos a sacrificar en el camino.


Las habichuelas mágicas, Cuento

Autor: Hans Chiristian Andersen