Análisis literario de “La misa de las ánimas” | Cuento clásico explicado
El relato se abre con una descripción costumbrista precisa y afectuosa. Las mujeres madrugadoras —religiosas y trabajadoras— representan una forma de vida ya casi desaparecida, regida por el ritmo del sol, del río y de la fe. Juana Franco encarna ese mundo:
pobre, laboriosa, honesta, cargando agua y moliendo maíz, atrapada entre la necesidad material y el deseo espiritual de cumplir con la misa. Esta tensión inicial es clave, porque prepara el terreno moral del relato: Juana no es pecadora, pero vive en deuda consigo misma y con Dios.
La noche “blanca de luna, clara como el día” funciona como umbral. No es una noche oscura y amenazante, sino engañosamente luminosa. Esa claridad confunde a Juana, la saca de su tiempo humano y la empuja, sin saberlo, a otro plano. En la tradición popular, la medianoche es la hora liminal por excelencia: no pertenece ni al día ni a la noche, ni a los vivos ni a los muertos. Justamente ahí ocurre la misa de las ánimas.
La iglesia, espacio sagrado por definición, se transforma en escenario sobrenatural. González Ruiz describe con gran sutileza: luces excesivas, velas blancas, cintas níveas, olor a flores. Todo es puro, bello, solemne… y sin embargo profundamente inquietante. La blancura, símbolo habitual de lo divino, aquí se vuelve también color mortuorio. No hay negro, no hay sombras dentro del templo: la muerte aparece vestida de luz.
Uno de los recursos más efectivos del cuento es el reconocimiento progresivo. Al principio, Juana solo percibe que el sacerdote y el monaguillo son nuevos; luego nota que no hay novios; después observa que todos están vestidos de blanco; finalmente reconoce los rostros de personas fallecidas. El horror no irrumpe de golpe: se filtra lentamente, como el frío que ella empieza a sentir en el cuerpo. Este avance pausado refleja el modo en que la superstición y la fe popular operan: no como susto inmediato, sino como certeza que se instala.
La música del coro cumple una función fundamental. No es música terrenal, sino “rara”, “nunca antes oída”, lejana como un sueño. El canto angelical refuerza la ambigüedad del relato: lo que Juana presencia no es una escena infernal, sino una liturgia solemne, casi hermosa. Las ánimas no son monstruos; son almas en tránsito, todavía vinculadas al rito, a la comunidad, a la iglesia que conocieron en vida.
El momento culminante llega con la intervención de la comadre muerta. No hay violencia ni amenaza: hay cortesía. “Esta misa no es para los de la tierra”. La frase, dicha con suavidad, resulta más aterradora que cualquier grito. Marca una frontera absoluta entre vivos y muertos, y al mismo tiempo muestra una misericordia inesperada. Juana no es castigada; es expulsada con cuidado. No ha cruzado por maldad, sino por error.
El regreso al mundo humano es abrupto y vacío. La iglesia aparece cerrada, oscura, silenciosa, como si nunca hubiera ocurrido nada. Este contraste subraya la fragilidad de la experiencia: lo sobrenatural no deja huellas visibles, solo marca el cuerpo y la memoria. Juana vuelve enferma, febril, aterrada. El reloj confirma la verdad: medianoche. La razón llega tarde; el miedo ya está instalado.
En el fondo, La misa de las ánimas es un relato moral, pero no moralizante. No castiga la falta de misa; advierte sobre los límites. Hay ritos que pertenecen a los vivos y otros que pertenecen a los muertos. Cruzarlos sin querer puede ser fatal. El cuento rescata una visión tradicional del mundo, donde la fe, el respeto y el orden natural mantienen el equilibrio entre ambos reinos.
Sergio González Ruiz escribe con un lenguaje claro, oral, cercano, heredero del relato contado al calor del fogón. Su prosa no busca deslumbrar, sino convencer. Y lo logra: al terminar el cuento, el lector no se burla de la superstición… la respeta. Porque hay historias que no se explican: se recuerdan. Y esta, como toda buena leyenda, deja una pregunta flotando en la madrugada: ¿y si fuese verdad?
La misa de las ánimas, Cuento
Autor: Sergio González Ruiz
La protagonista, quien solía posponer su asistencia a misa, finalmente toma la decisión de ir. Pero su descuido espiritual parece tener consecuencias, y lo que vivirá esa noche será una advertencia inesperada. Tal vez su experiencia nos recuerda que las promesas hechas con el alma no deben tomarse a la ligera.

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