sábado, 21 de junio de 2025

A la vera del brasero, Teresa Wilms Montt

Escena del cuento "A la vera del brasero", de Teresa Wilms Montt.












La narración se siente sincera, nacida de la nostalgia profunda de la autora al evocar vívidamente los recuerdos de su infancia. Nuestra lectura capta la escena como si estuviera ocurriendo frente a nosotros, real y tangible. 

La magia infantil impregna cada párrafo del cuento, dando vida a cada elemento: la noche, la luna, el perro juguetón y los mamelucos de las niñas.  

Y como un diamante encantador, surge la leyenda que un campesino humilde relata a las niñas, quien sin querer las asusta con su historia.


Análisis literario de A la vera del brasero | Cuento clásico explicado

A la vera del brasero es un texto profundamente autobiográfico y evocador en el que Teresa Wilms Montt despliega una de sus mayores virtudes: la capacidad de transformar la memoria íntima en literatura viva. No se trata de un simple recuerdo de infancia, sino de una reconstrucción emocional del pasado, filtrada por la sensibilidad poética y melancólica de una mujer que escribe desde la distancia, desde la pérdida y desde la conciencia del tiempo irrecuperable.

El relato se estructura como un ejercicio de reminiscencia. Todo nace de una imagen sensorial: el humo azul del sándalo que asciende desde el incensario. Ese humo funciona como puerta simbólica hacia el pasado. La memoria no se activa por voluntad racional, sino por el olfato, el más primitivo de los sentidos. Así, Wilms Montt se inscribe en una tradición literaria que entiende el recuerdo como algo involuntario, casi mágico, que irrumpe sin pedir permiso.

Desde el inicio, el texto se mueve entre dos planos: el presente solitario de la narradora y el pasado luminoso de la infancia. El brasero —objeto humilde, doméstico y ancestral— se convierte en símbolo del hogar, de la comunidad y del calor humano. No es un lujo aristocrático, sino un centro ritual donde se cruzan generaciones, clases sociales y relatos orales. El brasero “posee el secreto de los siglos”, y en esa frase se condensa la visión tradicional de la autora: el pasado no es atraso, es sabiduría acumulada.

La figura de la madre aparece como un espectro tierno y fugaz. No habla, no juzga: sonríe, toca la frente y desaparece. Es una presencia protectora, casi sagrada. La infancia se presenta como un territorio donde la muerte aún no es amenaza, sino misterio. A los diez años, la narradora vive rodeada de hermanas, institutrices, campos fértiles y rituales familiares. La descripción de las seis niñas —“las ondinas del Rhin”— revela una ironía sutil: niñas chilenas comparadas con figuras europeas, reflejo de una educación elitista que convive con la vida rural.

Uno de los grandes aciertos del texto es el contraste entre la educación rígida y la libertad del campo. En la ciudad, las niñas son correctas, cultas, disciplinadas; en el sur, se vuelven salvajes, ruidosas, imaginativas. Wilms Montt celebra esa transformación como una liberación necesaria. La narradora se reconoce desde pequeña como distinta: soñadora, artística, “loca”. Ese apodo, que en boca de otros es burla, se convierte en marca identitaria. La futura escritora ya está allí, dibujando mundos en los márgenes de los libros.

El relato se enriquece con la presencia de Sabina, figura fundamental de la tradición oral y moral. Sabina no es solo una criada: es guardiana de la casa, de las llaves, del orden y de la ética. 

Su honradez es tan extrema que despierta admiración casi heroica en la niña narradora. Aquí Wilms Montt introduce una reflexión temprana sobre el deseo, la tentación y la disciplina moral, comparando su propia debilidad con la fortaleza de Sabina. La infancia no es idealizada ingenuamente: también es espacio de pulsiones, de curiosidad, de transgresión.

Las escapadas nocturnas hacia la casa del capataz Anacleto constituyen el corazón narrativo del texto. Allí se mezclan el juego, el miedo, lo prohibido y la oralidad popular. 

El campo nocturno, iluminado por la luna, se transforma en un escenario casi mítico. Los cuentos de ánimas, asesinatos y aparecidos no buscan solo asustar: cumplen una función ritual, enseñan límites, refuerzan la cohesión del grupo y transmiten una cosmovisión donde lo sobrenatural convive con lo cotidiano.

El lenguaje del capataz, cargado de modismos y fonética rural, aporta autenticidad y musicalidad. Teresa Wilms Montt no lo corrige ni lo “civiliza”: lo respeta. En esa decisión hay una postura ética y estética clara: la cultura popular tiene valor literario. 

El miedo que sienten las niñas no es ridículo; es iniciático. El terror compartido fortalece los lazos, y el regreso a casa, con el cuerpo temblando y el sueño abrazado, cierra el ritual.

El final del relato vuelve al presente. El humo se disipa, las brasas se apagan, el viento deshace las figuras. La imagen es brutal en su sencillez: 

la memoria no puede sostenerse eternamente. El pasado se evoca, se revive un instante, pero no se retiene. Hay una melancolía profunda, pero no amarga. Wilms Montt no reniega del tiempo: lo acepta con una lucidez dolorosa y hermosa.

Finalmente, A la vera del brasero es un texto de memoria, identidad y tradición. Teresa Wilms Montt construye un homenaje al mundo rural chileno, a la infancia como territorio sagrado y a la oralidad como forma de conocimiento. Con una prosa delicada y sensorial, la autora nos recuerda que el fuego que nos formó puede apagarse, pero su calor —si fue verdadero— permanece en la escritura.

Conclusión

Un cuento interesante y encantador, que nos deja la grata sensación de haber visitado el universo mágico de la infancia, entretejido con las memorias de la autora. Los eventos del relato, por demás muy cautivadores, nos remiten a nuestras propias infancias, envolviéndonos con una frescura primaveral que nos cubre de armonías y colores de la naturaleza viva.


 A la vera del brasero, Cuento

Autora: Teresa Wilms Montt

Texto de Lectura 






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