domingo, 2 de noviembre de 2025

El Chivato del Monte Oscuro: La fisonomía de la ley ancestral

 

El chivato del monte oscuro


En las tierras altas de Panamá, el monte no es un paisaje; es una autoridad. Respira, observa y, fundamentalmente, recuerda. Existe un punto donde la naturaleza deja de ser un decorado para convertirse en el sujeto moral de una ley antigua. Ese lugar es el Monte Oscuro, un territorio que se rige por reglas anteriores a los caminos y las cercas, donde el silencio es la fisonomía de una justicia que mide la calidad de quien se atreve a profanarlo.

La leyenda del Chivato nace en ese umbral donde la unidad humana colisiona con lo salvaje. Hace muchos años, en un escenario marcado por el respeto a las sombras, vivía Tomás. 

Era un joven cuya fisonomía espiritual estaba definida por una arrogancia silenciosa, alguien que creía que su valor individual era suficiente para conquistar cualquier rincón de la tierra. Tomás escuchaba las advertencias de los ancianos como ecos de un pasado superado. Para él, el monte era un objeto, una unidad de recursos que esperaba ser dominada mediante el razonamiento materialista del hombre.

Los viejos contaban que el Monte Oscuro era un territorio moral. Decían que quien entraba solo bajo la luna experimentaba la disolución de su orientación y escuchaba voces que pertenecían a una conciencia colectiva. Se hablaba del Chivato no como un demonio, sino como el espíritu de un muchacho que osó robarle a la tierra más de lo que podía pagar, realizando un descubrimiento que lo condenó para siempre. 

Su fisonomía era su sentencia: mitad hombre y mitad animal, con ojos brillantes como carbón encendido, vagaba entre los árboles midiendo la humildad de quienes cruzaban sus fronteras.

Tomás decidió que era hora de ejecutar su propio descubrimiento. Una noche de neblina espesa, cuando el aire se sentía cargado de una electricidad ancestral, se encaminó hacia el corazón del bosque. No llevaba la intención de pedir permiso; entró con la soberbia del que cree que el silencio de la montaña es un vacío por llenar, y no una autoridad a la cual respetar.

Al principio, el impacto del monte fue puramente físico. El crujido de las hojas bajo sus pies era el único componente de su entorno. Sin embargo, a medida que se internaba en la espesura, el escenario de esplendor comenzó a transformarse en una trampa metódica. El horizonte desapareció y la orientación empezó a fallar. Tomás descubrió que la montaña no es un plano estático, sino un laberinto vivo que se cierra sobre el imprudente. La neblina no solo cubría los árboles, sino que parecía borrar su propio universo interior, dejándolo solo con una respiración que revelaba su vulnerabilidad.

Fue entonces cuando escuchó el primer silbido. Era un sonido agudo y burlón que parecía seguir cada uno de sus pasos, una ironía sonora que desafiaba su lógica. No era el viento; era una presencia consciente que lo acechaba con una paciencia aterradora. "¿Quién anda ahí?", preguntó Tomás, pero el único retorno fue un silencio tan pesado que sentía el impacto negativo de su decisión oprimiéndole el pecho.

De pronto, entre la arquitectura gélida de los árboles, apareció una figura pequeña y encorvada. No era un monstruo gigante, pero su presencia llenaba el espacio por completo. Tenía cuernos diminutos y una mirada que parecía realizar un análisis profundo de su alma. Era el Chivato. Su risa resonó como el eco de miles de pasos antiguos, una carcajada que no buscaba la agresión inmediata, sino el juicio definitivo sobre su conducta.

—Bienvenido al Monte Oscuro —dijo el ser con una voz que era la suma de todas las ramas rotas—. Aquí los secretos de la tierra no se toman prestados sin pagar el precio de la soberbia.

Tomás intentó realizar un movimiento de huida, pero sus piernas no respondían. Sintió cómo el vello de su nuca se erizaba al comprender que, en ese territorio, su voluntad ya no tenía poder. El Chivato se acercó lentamente, dejando huellas humeantes en la humedad del suelo. Los arbustos parecían moverse solos, como manos vegetales que intentaban atraparlo para integrarlo definitivamente al bosque.

El guardián le mostró visiones de otros que, como él, habían creído que el monte era un objeto y no un sujeto moral. Vio rostros perdidos en la niebla, unidades humanas que habían sido absorbidas por el territorio hasta convertirse en simples advertencias. El Chivato no era un verdugo, sino el ejecutor de una ley anterior a cualquier camino de asfalto. El castigo no era la muerte, sino el paso trascendental de formar parte de la memoria del bosque, perdiendo para siempre la identidad del individuo.

Al amanecer, los aldeanos solo encontraron las huellas de Tomás en la entrada del sendero. No hubo rastro de lucha ni señales de violencia material. Simplemente se había desvanecido. En la lógica ancestral de estas tierras, desaparecer en el monte significa ser absorbido por su carácter. Tomás dejó de ser un hombre para convertirse en un susurro entre las hojas, en una sombra más en la fisonomía del Monte Oscuro.

Desde aquel día, los campesinos enseñan a los jóvenes que la naturaleza no es un fondo decorativo, sino una unidad de autoridad que mide la humildad de nuestro paso. El Chivato sigue allí, caminando entre la niebla, vigilando a quienes no comprenden que el mundo no nos pertenece por derecho de conquista. 

La verdadera fisonomía de esta historia no reside en el miedo, sino en la comprensión de que el monte nunca olvida y nunca corre: simplemente espera. Aquellos que rompen una rama o cruzan un límite sin la debida visión de respeto, terminan descubriendo que el precio del descubrimiento sin permiso es la pérdida de uno mismo.

Porque, al final, el monte es un juez silencioso. Nos recuerda que todo acto tiene un impacto trascendental y que, en la inmensidad de la naturaleza, nosotros somos los únicos que necesitamos pedir permiso para existir. El monte no persigue; el monte espera a que el hombre revele quién es realmente frente al misterio de lo sagrado.

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